Nostalgia del porvenir
May 22, 2007
Fernando Amerlinck

Del bronce al lodo (12). ¿Para qué la historia?

Quien sepa observar cómo operan los estados de ánimo en la vida diaria, y sensibilizarse a ellos, estará a medio camino en la posibilidad de influir en el diseño del futuro. Allí está —a mi ver— la pertinencia de estudiar la historia: en ver cómo esos ánimos siempre se proyectan hacia delante.

Me he basado para esta miniserie en “Juárez y Maximiliano. La roca y el ensueño”, de Armando Fuentes Aguirre (Catón). El abundoso libro me ha sorprendido por más de un motivo, especialmente por lo bien que muestra los ánimos y la visión de los mexicanos en su tiempo; y por la pertinencia de sus juicios.

 

Por eso lo juzgo un buen libro de historia. Narra con lujo de datos —aunque sin bibliografía— qué pasó, y cómo actuaban los actores de la historia. Al ayudar a entender por qué, sirve para aprender a prevenir semejantes desastres. Que en desgracias la época fue prolija. Todo el siglo, el terrible siglo XIX.

 

Una narración histórica es útil, si considera cómo se pensaba en la época narrada. La historia inútil explica torpemente el pasado porque lo juzga con las categorías del presente. Peor aún si generaliza gloriando a unos y deturpando a otros, con injusticia para todos porque siempre serán claroscuros y falibles, detestables y admirables, execrables e loables según la visión de cada quien; jamás enteramente perfectos o imperfectos. Vaya novedad; pero obliga a decir gansadas así la lodobroncínea historia oficial: una historia falsa, facciosa, destructiva, mala maestra, impertinente y aburrida.

 

Churchill decía: “Mientras más atrás puedas mirar, más adelante podrás ver”. Conocer e interpretar la historia es crucial para rediseñar el futuro. Sin esa visión, la historia de mera crónica queda como la sal evangélica, para que los viandantes la pisen a la vera del camino.

 

El siempre vivo libro del Eclesiastés nos recuerda diariamente que nada hay de nuevo bajo el sol. La historia vive igual hoy que en aquél tiempo, aunque el siglo XXI sea muy diferente, porque cambia el mundo pero no los estados de ánimo de la gente. Leer sobre los ánimos de aquella época —en especial, la mutua desconfianza— ayuda a explicar por qué nuestros ancestros se hicieron pedazos con tal eficacia, y ayuda a entender por qué sus sucesores se acusan e insultan y son incapaces de llegar a acuerdos que rebasen la estatura chiquita, chata y hasta infantil de sus ideologías, geometrías, intereses y pasiones.

 

La práctica maniquea, hoy como entonces, justifica lo radical y descalifica al adversario con tal rotundidad, que llega al inconcebible nivel de negar legitimidad a la existencia del otro. Podemos observarlo hoy. ¿Será capaz de construir algo positivo el autor del encabezado de hoy en La Jornada, o López Obrador en su último discurso, o un líder sindical del SME, el Seguro Social o la UNAM? Comparémoslo con un pronunciamiento de un rojo o un cangrejo del siglo XIX.

 

¿Qué hemos aprendido en siglo y medio? ¿Ha cambiado algo? ¿Podrá cambiar? ¿Debemos fotocopiar las páginas arcaicas y herrumbrosas de nuestro recelo nacional, abrigar desconfianza a priori hacia el otro, y desear destruirlo? ¿Descalificar al de “derecha” porque yo sí tengo principios y él es un traidor neoliberal? ¿O un cangrejo? ¿O un gusano?

 

Más constructivo es aprender a observar cómo se manifiestan hoy los estados de ánimo de desconfianza y suspicacia, odio y resentimiento. Acaso nos demos cuenta de cuán ridículas son las posiciones maniqueas; cuán reduccionista y destructivo es adoptarlas.

 

Observar la historia invita a vivirla: actuar en ella, al sensibilizarse de cómo vive en los estados de ánimo compartidos en nuevos tiempos y circunstancias, estos que nos quedan a la mano hoy. Son las prácticas de la vida diaria; el juego que todos jugamos, aun sin darnos cuenta. Basta observar cómo viven y practican hoy la historia antigua nuestros políticos y opinadores en sus partidos, curules y editoriales.

 

Quien sepa observar cómo operan los estados de ánimo en la vida diaria, y sensibilizarse a ellos, estará a medio camino en la posibilidad de influir en el diseño del futuro. Allí está —a mi ver— la pertinencia de estudiar la historia: en ver cómo esos ánimos siempre se proyectan hacia delante. Cancelan el futuro, o lo abren. Las aperturas y cerrazones actúan hacia adelante, pero se arraigan profundamente en el estilo del pasado al actuar en el presente: en la manera como estamos acostumbrados a mirar, a observar, a interpretar, a escuchar. Los estados de ánimo se enraizan en lo pasado pero siempre se proyectan hacia adelante. Allí —en esa hoja blanca iluminada con rasgos del pasado— aparece el tipo de futuro que entre todos diseñaremos.

 

En mi próxima y última entrega hablaré de cómo la única manera de abrir el futuro consiste en reconciliarnos con el pasado y con quienes —para bien y para mal— fueron actores en él. Citaré a Catón: “Al redimirlos nos redimimos también nosotros mismos.”



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