Para reconquistar el futuro
Nov 23, 2005
Roberto E. Blum

El perverso sistema de partidos mexicanos

Hoy, todos los partidos son piloteados por marinos de la misma “famiglia” y de la misma estirpe. Tenemos ocho o diez pequeños monstruos hambrientos y en proceso de devorarse unos a otros arrasando con todo lo que encuentran a su paso.

El 2006 será un año electoral otra vez. Decir que será electoral es por lo menos un eufemismo, ya que en realidad esos años no significan otra cosa que las dirigencias partidarias obtendrán nuevas y mayores prebendas multimillonarias a costa de millones de contribuyentes cautivos.

 

A pesar de la reciente reducción en el presupuesto dedicado a eso que se llaman elecciones, México y los mexicanos somos rehenes de esos grupúsculos que se han apoderado del sistema político del país y que se encargan de cobrar muy caro sus servicios.

 

Si durante setenta años México fue el botín que se repartían los miembros de la familia revolucionaria, hoy en día las cosas no son tan diferentes. Con Vicente Fox en la presidencia el mito de la Revolución Mexicana se ha desdibujado y ha sido prácticamente enterrado. Es cierto que ya ni los presidentes Zedillo, Salinas o De la Madrid realmente creían en ella. López Portillo con sus mujeres y sus excesos de criollo, derribó el cadáver al que Daniel Cosio Villegas le había extendido su certificado de defunción años antes, pero que seguía siendo mantenido en el altar de la Patria. En otras latitudes, las momias de Mao Zedong o de V. I. Lenin se mantienen aún en formol.

 

Sin embargo, enterrar la Revolución no significó ningún cambio benéfico para el país. Si antes había reglas no escritas que toda la “famiglia” respetaba, hoy ya no es una sola familia sino que son múltiples mafias las que se han apoderado del país. Mafias que no han logrado todavía ni siquiera acordar un sistema mínimo de reglas y que están dispuestas a cualquier cosa con tal de lograr sus perversos fines. Solo habría que recordar la violencia que estos sedicentes grupos generaron en el ‘93 y el ’94.  

 

Hoy son las mafias políticas las que están dispuestas a compartir sus mal habidos privilegios con otras mafias de estirpe criminal si así les conviene. Si Rusia pasó del socialismo soviético al gobierno de las mafias en tan solo unos cuantos meses, en México hemos ido un poco más lentamente, pero el proceso es parecido. El gobierno de una “nomenklatura” revolucionaria marxista cedió su lugar a los peores miembros de esa claque que de inmediato se aliaron con los grupos del crimen organizado. Estos fueron sus mosqueteros y sus sicarios. Así se apoderaron del control de todo ese enorme país.

 

En México, la antigua “familia revolucionaria” se echó a la mar al ver a su partido hundirse, pero de inmediato lograron apoderarse de los barquichuelos, partidos, que antes habían lanzado a la deriva. Hoy, todos los partidos son piloteados por marinos de la misma “famiglia” y de la misma estirpe.

 

El PRI sin capitán que logre imponer un mínimo orden es en el mejor de los casos una coalición de caciques locales, “señores de horca y cuchillo” que controlan celosamente sus feudos y sus privilegios. Su futuro es sumamente incierto. El PRD no es sino el otro PRI, un partido que se originó como una alternativa de centro izquierda pero que ha sido colonizado y capturado por priístas tránsfugas del naufragio largamente anunciado. Hoy, el PRD es el clon del PRI populista del Jolopo y de Echeverría.

 

Pero, seguramente el PAN es otra cosa. Eso quisimos creer muchos desde el año 1982 cuando López Portillo nacionalizó despótica e ilegalmente los bancos. Y durante esa década, muchos mexicanos trabajamos para construir un país más democrático y un gobierno sujeto a la ley y no al capricho de gobernantes fatuos o mesiánicos. En Baja California, Chihuahua, Durango, Sinaloa, en 1983 y después en 1986 y 1989 se fueron logrando avances democráticos. El PAN, a pesar de ser también un retoño de la “familia revolucionaria” parecía una opción de cambio real para el país.

 

En el 2000 Vicente Fox “sacó al PRI de los Pinos” como lo había prometido, pero de inmediato fue otra vez colonizado por grupos priístas. El número de ellos en el gobierno y en la misma casa presidencial no es hoy muy diferente al que había durante los setenta años del príato. ¿Nombres?, basta leer la lista de altos funcionarios de este gobierno.

 

Parecería pues, que en lugar de un monstruoso leviatán revolucionario que gobernó México por setenta años, hoy tenemos ocho o diez pequeños monstruos sumamente hambrientos y en proceso de devorarse unos a otros y de paso arrasar con todo lo que encuentran a su paso. Un verdadero ejército de mafias políticas y criminales enzarzadas en una guerra de baja intensidad en la que el único resultado previsible es un país de tierra quemada, desolado y abandonado por sus habitantes. El perverso sistema político mexicano ha logrado expulsar ya a 1 de cada 5 mexicanos. ¿Puede haber una mayor perversión política que esta? Enfrentar esta perversión es la única esperanza para reconstruir nuestro futuro.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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