MARTES, 26 DE JUNIO DE 2007
¿Aeropuerto o basurero?

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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“Dejémonos de la resignación a un aeropuerto insuficiente, tanto como de la barbaridad de destruirlo para hacer uno carísimo más lejos.”


Es sorprendente: siguen hablando de hacer un aeropuerto completamente nuevo en Texcoco, bien cerquita del bronco Atenco. Ignoro si los macheteros se hayan dado cuenta de que hicieron el peor negocio de su vida al preferir sus terregales a una modernísima terminal que los habría hecho ricos. Pero ese no es el problema.

 

Fox decidió entonces hacer una “Terminal 2”: instalaciones para pasajeros, tiendas, un horrendo techo, y un trenecito que obligó a una pista a reducirse 150 m y detener su recorrido cuando un avión va a aterrizar, en la franelera tradición del “viene viene”.

 

¿Aumentó la nuevas operaciones? No. ¿Pistas más anchas? Cero. ¿Entran los Airbus 380? Imposible. Las pistas actuales no los aguantan. Son demasiado angostas y tan cercanas a las terminales, que no hay espacio para que maniobren aviones grandes. Y están tan cerca entre sí, que no puede haber operaciones simultáneas. Pistas grandes, más anchas y separadas obligarían a colonias enteras de casas en las cercanías. Así, sólo se les ocurre decir que hace falta el aeropuerto de Texcoco.

 

Lástima de un detalle: Texcoco obligaría a destruir el actual. Mandaría a la basura los 850 millones de la Terminal Fox, junto con los más de 4,000 que vale ese aeropuerto. Empleos, comercios, hoteles, restaurantes e infraestructura cercana. ¡Fuera todo!

 

Quien pide un nuevo aeropuerto en Texcoco habla de destruir uno que ya existe. Y quien diga que el actual es suficiente para el futuro, no sabe lo que dice.

 

Hay una solución que llena absolutamente todo requerimiento aeronáutico, social, comercial y económico. Que tiene todas las ventajas. Que no parece tener desventaja alguna. La solución más obvia y llana que alguien se pueda imaginar, y que no comporta ninguna de las brutales desventajas de destruir un aeropuerto, o de aguantarse con uno insuficiente.

 

Hay un basurero que ya llegó al fin de su vida útil, contiguo, en el bordo poniente de lo que fue el Lago de Texcoco. Son cerca de 1,000 hectáreas de tierras federales. Colinda con las tierras del actual aeropuerto. Se aprovecha plenamente el aeropuerto actual (con sus pistas, terminal nueva y hasta el trenecito). Caben dos pistas enteras, grandes, anchas, y 150% más plataformas. Más del doble de capacidad de aterrizajes y despegues.

 

Simplemente hay que reutilizar un tiradero. Retirar 30 millones de toneladas de basura, embolsarla, esterilizarla y reaprovecharla como material de construcción. Hacer un rescate ecológico inmenso, y darle a la ciudad un aeropuerto que le servirá siquiera por medio siglo más.

 

Esta obra costaría apenas una fracción del aeropuerto nuevo de Texcoco, sin el costo de demoler el aeropuerto internacional, y sin necesitar una tremenda infraestructura nueva, porque mucha de ella ya existe. Además se podría ir haciendo poco a poco. Con un crecimiento programado, modular, suficiente para todo desarrollo aeronáutico previsible.

 

Esta idea de sorprendente sencillez, implacable lógica, evidentísimas ventajas, rotundo sentido común, solidez científica, valor ecológico y racionalidad económica, no se le ocurrió a un gobierno sino a un arquitecto —Carlos Hurtado— y a un piloto aviador —Alfredo Lezama—.  La Seneam (Servicios a la Navegación en el Espacio Aéreo Mexicano) conoce a todo detalle los intríngulis aeronáuticos; no hay problema.

 

No tengo duda: sus beneficios son tan claros, que prevalecerá. Dejémonos de la resignación a un aeropuerto insuficiente, tanto como de la barbaridad de destruirlo para hacer uno carísimo más lejos.


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