JUEVES, 5 DE JULIO DE 2007
¿Una reforma insatisfactoria?

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
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“La propuesta de la Secretaría de Hacienda tiene al parecer aspectos positivos. No puede ser completamente mala una propuesta que ha logrado unir en su rechazo a Andrés Manuel López Obrador y a los grandes consorcios de nuestro país.”


México necesita una reforma fiscal; de eso no hay ninguna duda. Pero no cualquier reforma. Tiene que ser una que promueva la inversión y el desarrollo, que elimine la enorme complejidad de nuestro actual sistema, y que lleve a una mayor equidad en un sistema en el que unos cuantos llevan toda la carga y muchos, entre ellos los más ricos, pagan poco o nada.

 

El problema con la propuesta de la Secretaría de Hacienda es que no favorece –por lo menos no lo suficiente-- la inversión y el desarrollo, no simplifica el sistema sino que lo complica, y no es más equitativo que lo que tenemos en la actualidad. Por otra parte, sí recaudará más dinero, pero no nos da certeza de que ese dinero se gastará necesariamente mejor.

 

¿Por qué no promueve la inversión? Los funcionarios de Hacienda señalan que las reglas de la nueva Contribución Empresarial de Tasa Única (CETU) permiten la deducción al 100 por ciento en el año de las nuevas inversiones, mientras que la ley actual del Impuesto sobre la Renta sólo contempla la amortización a lo largo de varios años. Pero los contribuyentes tendremos que pagar lo que resulte más alto: o el ISR tradicional o la CETU. Esto significa que casi nadie estará mejor que hoy. Si invierto más y bajo la CETU pagaré el ISR, y si por las deducciones logro bajar el ISR tendré que cubrir la CETU.

 

Una de las ventajas de los sistemas de tasa única es la simplicidad. Pero la propuesta de la Secretaría de Hacienda no logra ninguna simplificación. Por el contrario: construye sobre el actual sistema otro que quizá en sí mismo sea más sencillo, pero que al combinarse con el actual genera una mayor complejidad.

 

Tampoco es la propuesta necesariamente más equitativa. El impuesto contra la informalidad, que no es otra cosa que un gravamen de 2 por ciento a los depósitos bancarios en efectivo superiores a los 20 mil pesos, puede evadirse con facilidad y seguramente impulsará a quienes viven en la informalidad a simplemente no usar los servicios bancarios. La CETU parece favorecer a las empresas de manufacturas, al permitir la deducción de insumos, pero no a las de servicios, al impedir la deducción de salarios.

 

La propuesta de la Secretaría de Hacienda tiene al parecer aspectos positivos. En particular puede ayudar a que algunas empresas que pagan impuestos muy reducidos, por aprovechar los múltiples agujeros del sistema o por prácticas que rayan en la elusión, deban cubrir cuando menos un impuesto mínimo: no lo que usted y yo pagamos, pero cuando menos algo. No puede ser completamente mala una propuesta que ha logrado unir en su rechazo a Andrés Manuel López Obrador y a los grandes consorcios de nuestro país.

 

Pero no es la reforma fiscal de fondo que deberíamos estar esperando en estos tiempos: la que nos permite tener un sistema impositivo realmente moderno, sencillo y que promueva la inversión y el desarrollo económico.

• Reforma fiscal

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