Ideas al vuelo
Nov 29, 2005
Ricardo Medina

Para superar el siglo XIX (2)

Generar productividad es una operación netamente intelectual, que requiere un conocimiento abstracto –desmaterializado– del proceso de producción. El dinamismo, entonces, proviene de la inteligencia, no de los recursos materiales.

Si algún hallazgo de la ciencia económica es pertinente para explicar los grandes éxitos de las nuevas empresas de la sociedad del conocimiento –tomemos el caso paradigmático de Google– es la Teoría del Desarrollo (desenvolvimiento para algunos traductores) Económico de Joseph Alois Schumpeter. Y en esa obra decisiva de Schumpeter hay una frase clave que dice: “El desarrollo económico no es un fenómeno que se pueda explicar sólo económicamente”.

 

¿Por qué? Porque entender el fenómeno de la evolución dinámica de la economía, generada por los cambios tecnológicos y por el conocimiento en general, requiere incursionar en los terrenos filosóficos de la teoría del conocimiento o gnoseología, así como en la antropología. Y esto es así, porque es precisamente el talento innovador del empresario (inventor, tecnólogo, personaje que se mueve por diversos incentivos, desde la ambición hasta la curiosidad, pasando por el reconocimiento ante sus pares) lo que explica esos grandes saltos en la productividad que dan lugar a períodos caracterizados por disminuciones espectaculares en los costos de producción y por ende en los precios al consumidor, mejoras sustanciales en la capacidad de los productos o servicios ofrecidos, mayores márgenes de utilidad para los accionistas de las empresas innovadoras y, a la postre, una espectacular mejoría en el bienestar que NO puede explicarse sólo por la teoría económica usual del equilibrio.

 

De hecho, es justamente lo contrario: Un desequilibrio venturoso, una destrucción creativa.

 

Enfrentado el investigador a este fenómeno único de la capacidad humana para innovar y progresar –no sólo en avances graduales, sino mediante episodios más o menos extraordinarios de saltos espectaculares- es preciso dilucidar la esencia (lo que hace que sea lo que es) de la innovación o, dicho en términos de la fenomenología de Edmund Husserl, el noumeno que persiste tras el “fenómeno”.

 

  Esa esencia no puede ser sino intelectual, una muestra de la capacidad humana de discernir, precisamente, lo esencial de un proceso productivo, despojarlo de sus accidentes o elementos circunstanciales, descomponerlo en sus partes y hallar la causa o las causas eficientes del producto final.

 

Dicho en términos más familiares a los economistas y empresarios: Descomponer intelectualmente –proceso abstracto– los factores de la producción y ponerlos en crisis para descubrir nuevas potencialidades que podrían provenir de: Sustituir algún factor de la producción oneroso por otro más rentable o eficaz, eliminar factores (procesos, procedimientos, insumos) innecesarios o hasta ruinosos, alterar el orden de los factores (un nuevo acomodo de los mismos) de forma que, al contrario de lo que dice la regla matemática clásica (“el orden de los factores no altera el producto”), el producto final sea mejor y/o más barato para el consumidor.

 

Luego: Algunos ejemplos específicos y por qué la innovación productiva está orientada siempre al consumidor.



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El punto sobre la i

Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

Rafael Ramírez de Alba
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