MARTES, 24 DE JULIO DE 2007
La mala imagen de los empresarios, ¿gratuita?

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“Nadie esperaba que una propuesta de reforma fiscal que “muerde” las ganancias de algunos poderosos grupos empresariales fuese aceptada, por tales grupos, sin oponer resistencia. Lo sorprendente es la mala estrategia de rechazo que han adoptado y la pésima imagen de la figura abstracta del empresario ante la sociedad en México.”


Nadie esperaba que una propuesta de reforma fiscal que “muerde” las ganancias de algunos poderosos grupos empresariales fuese aceptada, por tales grupos, sin oponer resistencia. Lo sorprendente es la mala estrategia de rechazo que han adoptado y la pésima imagen de la figura abstracta del empresario ante la sociedad en México.

 

El primer reproche que se les puede hacer es que, como dijo algún comentarista, muy rápido “se les vio el plumero” por más que lo quisieron esconder. ¿Qué quiere decir esto?

 

1. Que no calcularon que en la misma medida que manifestaran oposición a la reforma se estaban delatando como aficionados, más o menos exitosos, al deporte de la evasión tributaria,

 

2. Que cándidamente creyeron que esgrimir el argumento de que la reforma dañaría al empleo –supuesto que no soporta el menor análisis, ya que la reforma propuesta contiene, por el contrario, algunos premios excesivos para las empresas con nóminas abultadas- alejaría las miradas inquisitivas sobre sus propios pecadillos y pecadotes fiscales y dotaría a la resistencia hacia la reforma de un halo de “causa popular” exitosa e irrefrenable, como la que lograron los populistas hace seis años al oponerse al IVA en alimentos y medicinas. El problema, aquí, es que hábilmente el nuevo impuesto de control –la aduana adicional que cierra los espacios a la evasión y elusión que se pueden hacer con el Impuesto Sobre la Renta- fue bautizado como Contribución Empresarial a Tasa Única (CETU). El adjetivo “empresarial” indicó a las claras para quién iba dedicada la reforma y más del 90 por ciento de los mexicanos –que no son empresarios, sino asalariados, desempleados o, peor todavía: políticos- se dijo: “Conmigo esto no va… mejor vamos a ver si Hugo Sánchez resulta entrenador exitoso de la selección nacional de futbol”.

 

3. Para hacerles más fastidioso el asunto, los negociantes objetores de la reforma fiscal de pronto se vieron a sí mismo hablando en el mismo tono y usando los mismos argumentos fantasiosos ¡de Andrés Manuel López Obrador! Todo un caso de justicia poética –de castigo de los dioses- a la arrogancia de ambos: de los empresarios y del mesiánico político tabasqueño. No puede ser tan malo, cavilaron muchos, algo que hermana en su contra a ciertos negociantes mercantilistas llenos de privilegios con el político más desquiciado de México.

 

4. Tarde, quisieron cambiar de táctica y eligieron el asunto de la filantropía, presuntamente afectada porque la CETU no permite, en su versión original al menos, la deducción fiscal de los donativos. Mal y de malas. Nadie se creyó la leyenda de que en México no hay empresarios que buscan utilidades sino una pléyade de Madres Teresas de Calcuta que no tienen más remedio que aparecer en las secciones de Sociales de los periódicos en desfiles de moda con fines caritativos o en rumbosas fiestas con objetivos altruistas.

 

5. El colmo de la mala estrategia fue usar a las universidades privadas como parapeto. Los rectores de universidades privadas que acudieron a cabildear con los legisladores fueron arrogantes y esgrimieron un chantaje chocante: “Si aprueban la CETU vamos a subir las colegiaturas”. ¿Más?, preguntaron los legisladores que asistieron a esas universidades o que pagan elevadas colegiaturas para que ahí estudien sus hijos.

 

Así pues, fracasó en toda la línea la estrategia de cabildeo y comunicación de los negociantes enojados por la reforma fiscal.

 

No sólo se trata de un problema de mala imagen de la figura del empresario en México, sino de que muchos de estos empresarios –especialmente los agrupados en tradicionales organizaciones y cámaras empresariales- jamás se han preocupado en serio por promover los principios y las bondades del libre mercado, de la libre competencia y de la actividad emprendedora entre la sociedad.

 

Llenitos de mala conciencia acerca de sí mismos –porque muchas veces deben sus fortunas a privilegios, al capitalismo de compadres, al mercantilismo duro y maduro o, incluso, a la corrupción o al gangsterismo– buena parte de los grandes negociantes mexicanos han despreciado a los consumidores y han manipulado a los mercados y, en lugar de presentarse a sí mismos como empresarios, han optado por los más variados disfraces: redentores populares, luchadores sociales, filántropos, predicadores cristianos, nacionalistas vehementes, benefactores angelicales.

 

Pocos de estos empresarios, por ejemplo, se atreven a decir en público que su objetivo es generar utilidades para los accionistas de sus empresas o que el lucro no es un pecado horrendo. Por el contrario, fingen despreciar las ganancias, cual si fueran príncipes del Renacimiento o religiosas de la caridad curando leprosos en Calcuta. En no pocas ocasiones, posan hasta de socialistas moderados que ven con buenos ojos las “conquistas obreras” (que disfrutan sus compadres, los líderes sindicales, no los obreros de a de veras) o las reivindicaciones con reputación de progresistas. Otros parecen haber errado la vocación y se dedican a promover el más duro conservadurismo social, regañando a los liberales (a los que confunden con libertinos). De ahí que sin empacho hace un par de años promovieran la absurda campaña de que “la chamba de las empresas es crear empleos”. ¡Pamplinas! La chamba de las empresas es brindar productos y servicios útiles y de calidad, en mercados competidos, para obtener utilidades y generar valor. Los empleos, en el mejor de los casos, vendrán por añadidura.

 

Pobres, más que empresarios parecen políticos verdes o social-burócratas en busca de votos.

 

Si les avergüenza tanto ser empresarios, ¿por qué les extraña tener tan mala imagen?

• Reforma fiscal

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