Pesos y contrapesos
Jul 30, 2007
Arturo Damm

Marcelo, ¡cuidado con Marcelo!

Puede ser que lo dicho por Marcelo El expropiador haya sido un lapsus linguae, y más nos vale que así haya sido, ¡porque Dios nos pesque confesados si el mentado personaje ya se identifica con La Ciudad!

Decía Lord Acton, el historiador de la libertad, que el poder corrompe, y que el poder absoluto corrompe absolutamente, lo cual es cierto, sobre todo, cuando de los gobernantes se trata, quienes tienen en sus manos el poder de eliminar o limitar la libertad y la propiedad de los gobernados, tal y como sucede con frecuencia, muchas veces sin que los mismos gobernados estén conscientes de lo que sucede, lo cual permite que los gobernantes se salgan con la suya.

 

Lo anterior viene a cuento, en primer lugar, porque Marcelo Ebrard, el gobernante de La Ciudad de México, recibe ya el apodo de El expropiador, por las razones de todos conocidas: con el fin de combatir a la delincuencia el gobernante se ha dedicado a expropiar predios en los que, supuestamente, se han cometido delitos, como si los predios, y no los delincuentes, fueran los culpables, sin olvidar otro pequeño detalle: en no pocas ocasiones terminan pagando justos por pecadores. ¿Cuántas de las personas a quienes se les han expropiado predios son delincuentes? Castigar al lugar donde supuestamente se llevó a cabo un delito tiene la misma lógica que tendría el castigar a la comida por la obesidad del comelón, suponiendo, ¡lo cual ya es mucho suponer!, que realmente se puede castigar a un predio o a la comida.

 

¿De qué se trata? De un exceso que viola el derecho de propiedad, exceso difícilmente justificable por la única razón por la cual, según la Constitución, puede expropiarse: por causa de utilidad pública, suponiendo que realmente exista tal cosa como la utilidad pública que vendría siendo… ¿qué? ¿La utilidad de todos? ¿La de la mayoría? ¿La de una minoría? ¿La de los compadres del gobernante en turno? En fin, ¡cuidado con Marcelo, El expropiador!

 

En segundo lugar, y esto ya lo hizo notar Ricardo Medina, hay que tomar nota de la manera en la que ya habla el gobernante de La Ciudad de México, usando la mayestática identificación de su persona con La Ciudad, lo cual, por decir lo menos, es una enorme imprecisión. Al referirse a la posible construcción de la Torre del Bicentenario, el mentado gobernante dijo lo siguiente: “La Ciudad se felicita de este proyecto…”. ¿Qué quiso decir? ¿Qué todos los ciudadanos nos congratulamos por la posible edificación? No, ya que no todos lo hacen, habiendo aquellos que se oponen a su construcción, sin olvidar que, en todo caso, quienes pueden congratularse de algo son los ciudadanos, no la ciudad. Vuelvo a la pregunta, ¿qué quiso decir? Muy sencillo: que él, Marcelo Ebrard, mejor conocido como El expropiador,  se felicita del citado proyecto, gobernante de la ciudad que no se aguantó las ganas de identificarse con ella, razón por la cual habría que apodarlo, además de El expropiador, La Ciudad. ¿Que al final de cuentas no se trata más que de una manera de hablar? Concedámoslo, ¿pero que hay detrás de esa manera de expresarse a la Luís XIV,  a quien se le atribuye la siguiente oración, “El Estado soy yo”, con todo lo que ello puede llegar a representar en términos de amenazas a libertad individual y a la propiedad privada.

 

Puede ser que lo dicho por Marcelo El expropiador haya sido un lapsus linguae, y más nos vale que así haya sido, ¡porque Dios nos pesque confesados si el mentado personaje ya se identifica con La Ciudad!

 

Por cierto, ¿con qué se le identifica a Luís XIV? Con la monarquía absoluta.



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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

Miguel Ángel Boggiano
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