Economía para todos
Ago 8, 2007
Rigoberto Stewart

Los gurúes y el comercio

La producción nacional de un bien genera riqueza únicamente cuando esa producción constituye la mejor solución (la más barata) para la necesidad de consumo de los habitantes del país. Sin embargo, nuestros gurúes plantean, erróneamente, que toda producción nacional enriquece a la sociedad.

Todos los seres humanos consumen bienes y servicios para su subsistencia y bienestar. Sus necesidades de consumo pueden resolverse únicamente de dos maneras: en autosuficiencia ―cada persona produce, aisladamente, todo lo que necesita para vivir― o en cooperación con otros. El hombre resolvió esas necesidades en autosuficiencia hasta que descubrió el maravilloso principio de especialización e intercambio, según el cual, dos o más individuos pueden resolver mejor sus necesidades de consumo si en lugar de producir todo lo que desean consumir, cada uno dedica sus recursos a los bienes y servicios que produce mejor, y luego los intercambia por aquellos que otros ofrecen en condiciones ventajosas. La aplicación generalizada de este principio da vida al sistema de especialización e intercambio, una intrincada red de interrelaciones e interdependencias, en la cual, cada individuo produce un bien (o muy pocos) y obtiene todos los demás mediante el proceso de intercambio. Este sistema es el único capaz de generar riqueza para cientos de millones de personas. No existe otro. Su motor es la satisfacción de necesidades de consumo. De hecho, el sistema genera la máxima cantidad de riqueza cuando cada participante encuentra, donde pueda, la mejor solución (la más barata) para cada una de sus necesidades de consumo.

 

Aclarémoslo con el ejemplo arrocero. Partamos de un precio de $400/tm para el grano de producción nacional, y analicemos dos escenarios. Escenario uno: se liberaliza el comercio y el arroz ingresa en el país a $200/tm. ¿Qué sucede? Todos los que consumen arroz se enriquecen. Pero eso no es todo; hay una segunda ronda. Al pagar menos por el arroz, todos esos consumidores tienen más dinero para consumir otros bienes: frijoles, carne, verduras, libros, zapatos, vestimenta y un largo etcétera. En todas estas actividades se incrementan la producción, el empleo y las ganancias. Y los productores de todos esos bienes se enriquecen aun más. Los únicos que pierden son los grandes arroceros; pero sus pérdidas palidecen con respecto a las ganancias de la sociedad. Por esta razón, ellos deben incrementar su productividad o utilizar sus recursos para resolver otras necesidades de consumo de la población.

 

Escenario dos: en lugar de reducirla, el gobierno incrementa la barrera arancelaria, y el arroz de producción nacional se vende a $600/tm. ¿Qué sucede? Todos los que consumen arroz se empobrecen. Pero eso no es todo; hay una segunda ronda. Al pagar más por el arroz, todos esos consumidores tienen menos dinero para satisfacer sus necesidades de frijoles, carne, verduras, libros, zapatos, vestimenta y un largo etcétera. En todas estas actividades se reducen la producción, el empleo y las ganancias. Y los productores de todos esos bienes se empobrecen aun más. Los únicos ganadores son los grandes productores de arroz; pero esas ganancias –tomadas de los consumidores a cambio de nada– palidecen con respecto a las pérdidas de la sociedad.

 

¿Qué dicen los gurúes? De lo anterior, se colige que la producción nacional de un bien genera riqueza únicamente cuando esa producción constituye la mejor solución (la más barata) para la necesidad de consumo de los habitantes del país. Sin embargo, nuestros gurúes plantean, erróneamente, que toda producción nacional enriquece a la sociedad. Además –y aquí está lo verdaderamente mortal–, están convencidos de que cuanto más caro sea el bien, es decir, cuanto más mala sea la solución para determinada necesidad de consumo, mayor es la riqueza social generada. Para que no haya duda, veamos las siguientes manifestaciones. Con referencia a los bienes baratos europeos, el exministro de la Producción, Alfredo Volio, señala: “Los subsidios no son del todo malos, en este tipo de productos que deben ser importados por nosotros al no tener producción nacional, sin embargo en otros sí existen repercusiones negativas, como por ejemplo en el arroz y algunas hortalizas, que los convierten en mercancías sumamente baratas en el mercado internacional, contra las cuales los productores nacionales no pueden competir” (La Prensa Libre, 8/3/07). Patricia Rodríguez dijo exactamente lo mismo en La Nación (16/3/07). Para ellos, si el bien no se produce en el país, entonces el ingreso barato produce riqueza; pero si se produce aquí, entonces no; y no se debe permitir su libre importación. Para confirmar esta errónea tesis, la actual viceministra de Comercio Exterior ha señalado que “el TLC con EE.UU. es un acuerdo internacional que otorga, por un lado, condiciones comerciales muy favorables a nuestro país, de acceso en libre comercio inmediato para la casi totalidad de bienes para los productos costarricenses y hasta 20 años de plazo para eliminar los impuestos al comercio a los productos estadounidenses que compiten con nuestros sectores productivos” (La Nación, 3/01/2007). ¿Muy favorables? ¿Cómo llega a esa conclusión?

 

Acuerdo de asociación. Como el concepto básico –que la riqueza social se genera a través de mejores soluciones para las necesidades de consumo de la población– elude la capacidad de discernimiento de nuestras “autoridades económicas”, el craso y empobrecedor error de mantener caros los alimentos (mediante elevados aranceles) será reiterado en la negociación con la Unión Europea. Llegado el momento, lo primero que hará el “equipo negociador de lujo” es lo que hace siempre: sacar una inmensa lista de todos los bienes y servicios cuyo ingreso en Costa Rica será vedado por ser excesivamente baratos, por constituir magníficas soluciones para las necesidades de consumo de los costarricenses pobres.

 

En esta nueva edición de la comedia comercial, que nos exhibirá ante el mundo inteligente como tontucios tropicales, se gastarán cientos de millones de dólares (quizá miles) para que la sociedad, como un todo, obtenga el 19 por ciento o menos de lo que hubiese podido obtener sin gastar un cinco. El subdesarrollo… un asunto mental.



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