Nostalgia del porvenir
Ago 10, 2007
Fernando Amerlinck

Homenajear al enemigo

Mi propuesta apunta a la liberación psicológica, vital del mexicano. El perdón es un acto profundo de la sociabilidad humana, indispensable para soltar el lastre de los agravios viejos y caminar adonde los demás países caminan: adelante.

En mi reciente serie sobre Juárez y Maximiliano hice una propuesta desbocada, ilusoria y prácticamente imposible: como símbolo de perdón nacional a las discordias de nuestro pasado, erigir monumentos a enemigos que guerrearon entre sí, antes de que uno venciera y matara al otro.

 

Hablaba de poner juntos en efigie al emperador y al presidente reformador, por ejemplo; no falsear la historia haciéndolos darse la mano si en vida se combatieron, pero sí paralelos, evocando que tenían dos visiones de país (que cada uno compartió con millones, pero sólo uno venció en la guerra y en los libros oficiales). ¿Qué tal ver en bronce juntos a Madero y Porfirio, Cortés y Cuitláhuac, Iturbide y Guerrero con los virreyes vencidos, o Miramón y Escobedo? Ganadores y perdedores, víctimas y victimarios. El mensaje será de reconciliación y perdón. Que la historia no se detenga en las cuentas y rencillas viejas; que la veamos como algo que pasó pero que ya NO sigue pasando.

 

Los mexicanos de hace muuuuuuuchos años fueron enemigos de otros mexicanos pero todos ellos están muertos. ¿Por qué debería yo hoy fusilar a Maximiliano o a Iturbide, encapuchar a Juárez, o quemar los pies de Cortés?

 

Propuse mi idea a una persona inteligente, con amplia voz pública, e ideas definidas que expresa magníficamente. Su reacción inmediata fue la usual en quien la oye por primera vez: rechazo total. Le pareció inadmisible homenajear a un dictador, o peor aún, a un emperador extranjero que combatió al máximo exponente de la nacionalidad mexicana (aunque lo apoyara la mitad de la población).

 

Le platiqué de cómo los alemanes han dejado atrás crímenes peores como el bombardeo de Dresden. Los japoneses prefieren vencer a los gringos exportándoles coches y no andan refregando a sus niños que los gringos bombardearon todas sus ciudades antes de echarles bombas nucleares. Respuesta automática: “¡pero somos un país conquistado!”.

 

Ésa es la clave. El mexicano se siente conquistado (aunque sólo hayan pasado 486 años) en lo cual se parece al negro de Alabama que sigue rumiando el esclavismo; pero quien haya sido esclavo debe tener 150 años hoy. Y más difícil será encontrar a una víctima personal de Hernán Cortés. Son víctimas en su mente. Sólo allí vive lo que no ya pasó y que no tiene remedio.

 

A menos que me demuestren qué daño personal me hará un encomendero español, el rey Carlos I, un esclavista de Louisiana o un tendero de raya de una hacienda porfirista, prefiero ahorrarme el daño psicológico que tales agraviadores siguen infligiendo en las modernas mentes mexicanas, especialmente desde que los niños “aprenden” a temer a quien sólo vive en los libros que le recetan desde la primaria.

 

¿Para qué alimentar esos temores? ¿Acaso para manipular sus mentes? ¿Y propiciar impunidad en el muy actual daño que hacen los muy, muy vivos a quien aprende que el daño de hoy proviene del daño pasado? Alimentar resentimientos engaña a quien, porque se lamenta de lo que no tiene remedio, no acepta lo que sí se puede hacer hoy. No ve el futuro quien se encadena al pasado. No puede competir ni generar acción productiva.

 

Mi propuesta apunta a la liberación psicológica, vital del mexicano. El perdón es un acto profundo de la sociabilidad humana, indispensable para soltar el lastre de los agravios viejos y caminar adonde los demás países caminan: adelante.

 

Necesarísimo es un arduo camino previo. Educación, claro. Pero antes de ella, voluntad política. Y quien la ejerza debe tener valor. Y honradez, porque quien alimenta los complejos de víctima es porque medra con ellos. Difícil, ¿verdad?

 

Los monumentos materiales sólo sirven si simbolizan un ánimo nacional que será nuestro mayor proyecto histórico: el perdón del pasado. Ya es hora, pero ya, de que México deje de flagelarse con él. No avanzará si se sienta en el cabús de un ferrocarril descarrilado, y trata de ganar el futuro a base de contar los cadáveres atropellados sobre las vías. Pero el que nos dejó sin locomotora dice “tienes que aprender a odiar a los enemigos históricos porque eso significa ser mexicano”. Y exige que lo llamemos “maestro” y “educador”.



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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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