Ideas al vuelo
Dic 2, 2005
Ricardo Medina

Para superar el siglo XIX (6 y final)

El inversionista que se asocia con el empresario innovador tendrá todo el derecho de exigir –a cambio- conocer oportunamente toda la información y las decisiones que atañan al proyecto; hoy en día, por razones evidentes, esto incluye también, desde luego, al accionista minoritario, que lo es muchas veces a través de una Sociedad de Inversión.

No se puede sino admirar la perspicacia de Schumpeter en su análisis de la innovación empresarial, que es el motor del capitalismo, y en su previsión acerca de las consecuencias que estas “nuevas combinaciones” de los factores de producción –como él mismo les llama– generan en términos de productividad.

 

Hay, sin embargo, al menos dos características contemporáneas del fenómeno de la destrucción creativa (innovación empresarial) que Schumpeter no previó: 1. La aparición de empresarios-tecnólogos o inventores; un ejemplo paradigmático son los fundadores de Google que a partir de un algoritmo han generado uno de los negocios más revolucionarios de la historia. Schumpeter creía –porque esa era su experiencia respecto de la revolución industrial a fines del siglo XIX– que uno era el inventor o tecnólogo, otro el empresario innovador que tomaba la idea y un tercero el capitalista que la financiaba. Hoy es frecuente que sean los propios inventores o tecnólogos –como Bill Gates- quienes se transforman en empresarios; otra cosa que no previó el economista austriaco fue

 

2. Que el mercado de capitales adquiriría tal profundidad y extensión que en los países desarrollados o medianamente desarrollados serían, entre otros, los trabajadores comunes y corrientes los nuevos capitalistas-inversionistas a través de las sociedades de inversión y específicamente de sus fondos de pensiones.

 

Dada esta segunda condición es evidente que el mayor riesgo que asume el capitalista que invierte –vía el mercado de capitales- en un proyecto innovador debe acotarse de alguna manera similar a como está acotado el riesgo del ahorrador bancario (fuente del crédito) con garantías preestablecidas. En el proyecto innovador NO existen tales garantías preestablecidas –el empresario pocas veces dispone de ellas y, si las tuviera, él mismo sería su patrocinador y no tendría que recurrir al mercado de capitales– y el socio inversionista –del tamaño que sea- tiene su mejor garantía en la transparencia de la información y en la posibilidad de participar y de ser escuchado, directamente o mediante su representación en el mercado, en las decisiones que atañen a la esencia del proyecto productivo.

 

Esa, y no otra, es la razón por la cual las empresas que financian sus proyectos (innovadores o no) acudiendo al mercado de capitales se convierten, por ese hecho, en “empresas públicas”, cuya gestión y decisiones estratégicas (las que afectan a la naturaleza o a la esencia del proyecto) deben ser difundidas y conocidas oportunamente por el público inversionista.

 

Y estas exigencias de información transparente se han hecho más agudas ante los dramáticos fracasos (quebrantos) de empresas como Worldcom o Global Crossing.



Comments powered by Disqus
El punto sobre la i

Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

Rafael Ramírez de Alba
Entrar
Encuesta de la semana
¿Es el sorteo de la Lotería Nacional en torno a la rifa del avión presidencial la peor de las ocurrencias del presidente López Obrador?
Artículos recientes...
Isaac Katz
• Estado obeso (I)
Arturo Damm
• Oferta y demanda agregadas
Manuel Suárez Mier
• Friedman, 50 años después
Arturo Damm
• Tipo de cambio: $20.99
Ricardo Valenzuela
• Más vientos de guerra
Arturo Damm
• Progreso social