Ideas al vuelo
Nov 26, 2007
Ricardo Medina

Los desafíos del calentamiento local

En lugar de usar el calentamiento global como un cómodo pretexto, deberíamos combatir todo lo que genera mayor calentamiento local en nuestras ciudades, por ejemplo: las políticas públicas que premian la proliferación de autos-chatarra.

Hace unos días el ecologista Björn Lomborg describió de manera accesible –para nosotros, los neófitos- el fenómeno de las “ciudades horno” o del calentamiento local en las grandes concentraciones urbanas, donde el asfalto, el concreto y las construcciones que incrementan la temperatura le ganan terreno, día a día, a parques arbolados y otros espacios que refrescan y oxigenan el ambiente.

 

Lomborg mencionó, entre otros casos, el de la ciudad de Houston que en los últimos doce años creció 20% (unos 300 mil habitantes) y, como consecuencia, ha incrementado su temperatura nocturna 0.8 grados centígrados en el mismo periodo, lo que significaría un aumento impresionante de siete grados en un siglo (para leer el artículo de Lomborg, ver, entre otros, el periódico colombiano “El Tiempo” del 19 de noviembre, http://www.eltiempo.com/).

 

Si eso sucede en una ciudad del tamaño de Houston, el lector podrá imaginar que el grado de calentamiento y la velocidad a la que se incrementa la temperatura son mucho más graves aún en la ciudad de México. Y uno de los principales responsables es todo el asfalto que hemos sembrado para servicio de “su majestad, el automóvil”.

 

Por eso resulta criminal que sigamos teniendo políticas públicas tales como el contraproducente programa “Hoy no circula”, la libre importación de automóviles usados sin verificaciones ambientales previas y el impuesto a la tenencia de vehículos, que premian e incentivan la proliferación de chatarra automovilística, incrementando las temperaturas y deteriorando el ambiente.

 

Un ejemplo: El viernes 16 de noviembre la ciudad de México padeció los usuales embotellamientos de tráfico típicos del último día laborable previo a un “puente”; la lentitud exasperante de la circulación en varias arterias, y la consecuente contaminación, se agravaron exponencialmente por las descomposturas de automóviles chatarra (y por los frecuentes accidentes causados por ellos). Autos de esos que fácilmente se regularizan en estados como Michoacán, de esos que pagan una tenencia ridícula, de esos que proliferan –como auto “comodín”- cuando se restringe la circulación mediante programas como el “Hoy no circula” y de esos que el gobierno de la ciudad de México permite circular sin seguro de daños a terceros por puro desplante demagógico.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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