Nostalgia del porvenir
Nov 27, 2007
Fernando Amerlinck

La fealdad mexicana y las palabras

Señores Creel, Beltrones, Navarrete y senadores que los acompañan, no es lo mismo presentar un lineamiento oficial, que sugerirlo. No es lo mismo dar línea que proponerla. No da igual ordenar (y castigar el desacato) que sugerir (y aguantar que no guste mi sugerencia).

El senador Santiago Creel dice que “sólo” hay que cambiar una palabra a un artículo del Cofipe que existe desde 1991, donde dice que el Consejo General del Ife se reunirá con la Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la Televisión para “presentarle” (antes decía “sugerirle”) lineamientos sobre las campañas políticas a los noticiarios. Y el senador Carlos Navarrete critica a quienes temen a petates del muerto.

 

Si los senadores cambian una palabra, ¿por qué lo hacen? ¿Será porque una pobrecita palabra no importa? ¿O será porque una palabra SÍ es trascendente?

 

Los legisladores trabajan con palabras. La ley está hecha de palabras. La cultura está hecha de palabras. Toda civilización se basa en el lenguaje. Todo lo humano es, originalmente, lenguaje. En todo idioma —hasta donde yo sé, y de los que tengo esa noticia son 18— se utiliza literalmente la expresión “te doy mi palabra” al hacer una promesa o afirmar un hecho en forma definitiva, inequívoca, vinculatoria.

 

Señores Creel, Beltrones, Navarrete y senadores que los acompañan, no es lo mismo presentar un lineamiento oficial, que sugerirlo. No es lo mismo dar línea que proponerla. No da igual ordenar (y castigar el desacato) que sugerir (y aguantar que no guste mi sugerencia).

 

Ya conjugaron en la Constitución el verbo denigrar, que nadie sabe dónde empieza y dónde acaba. El derecho —que los legisladores mal conocen— usa términos más claros: calumniar (decir mentiras en contra de alguien) o difamar (divulgar verdades con propósito de desacreditar). Ambos se basan en hechos comprobables: mentiras sin conexión con verdades, o verdades que se divulgan con mala fe.

 

La ciencia del derecho evita voces interpretables como denigrar, aunque las “eleven” a rango constitucional. En el recién cambiado 41 dice “en la propaganda política o electoral que difundan los partidos deberán abstenerse de expresiones que denigren a las instituciones y a los propios partidos, o que calumnien a las personas”. Pusieron un término claro  —la calumnia— junto a una opinión sujeta a equívocos, a pleitos a dimes y a diretes. Y claro, a injusticias. Y nada puede contra eso la Suprema Corte de Justicia, porque está en la supremísima Constitución.

 

Sólo palabras, pero las palabras tienen consecuencias. Ya se rasgaron mexicanas y mexicanos las vestiduras cuando un rockero (creo recordar que Mick Jagger) opinó que lo más impresionante de México es cómo son feas sus mujeres. Dijo también el cantante Tiziano Ferro: “las mujeres mexicanas son gordas y con bigotes”. Sabía de qué hablaba: es italiano (tiene con qué comparar), y vivió en México dos años. Adal Ramones lo hizo depilarse una pierna ante la televisión, por andar denigrando a la raza de bronce. Y para acabarla de mejorar, el periodista argentino Jorge Lafauci dijo que los mexicanos somos la gente más fea del mundo. Tuvo que retractarse por denigrarnos. Oí un comentarista de radio pedirle mirarse al espejo; alguien más le recomendó juzgar la fealdad de ¡su madre! Puf.

 

Denigrar viene del latín denigrare, poner negro, manchar. ¿Quién juzga eso? ¿Quién dirá si denigro a la mexicana al concordar con Jagger, Ferro y Lafauci? Yo opino que las ruinas y los ídolos y el “arte” azteca no sólo son horrendos sino aterradores. ¡Los denigro!

 

Los encuerados de los 400 pueblos que padezco diariamente frente a (of all places) el Palacio de Bellas Artes, se cubren sus vergüenzas con la cara de Dante Delgado. Sus mujeres exhiben su vergüenza enteramente encueradas, caminando por esa explanada como vinieron al mundo hace 65 años, y repartiendo volantes a favor de algo que nadie conoce. Seguramente protestan, ellos y ellas, por tener esos cuerpos.

 

¿Los denigro o simplemente expreso una opinión? Un mexicano típico me desgarrará la ropa y exigirá retractarme por denigrarlos y porque soy políticamente muy incorrecto. Afortunadamente sólo soy ciudadano de a pie; no soy político ni me dan línea los diputados ni soy del Ife ni senador.

 

En verdad una palabra (una opinión) puede concitar desbordadas pasiones especialmente en los pueblos niños, en la gente acomplejada, en los que temen a la madurez, o en los de piel delgadita que no resisten un juicio negativo (sobre todo si ¡horror supremo! viene de un extranjero) porque eso ataca a su chiquito ser. El que por una opinión ajena sale denigrado, ennegrecido, deturpado, disminuido, ofendido, vulnerado, lastimado, herido, vituperado, agraviado demuestra ser muy, pero muy pequeñito. Muy acomplejadito. Se deja lastimar por los que dicen cosas feas de él. No quiere crecer.

 

Ah, pero la prohibición de denigrar (whatever that means) a un adversario político, ya está elevada a rango constitucional. Por eso denigro a quienes denigraron de tal manera a la misma Constitución que protege la libertad de expresión.



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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

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