LUNES, 3 DE DICIEMBRE DE 2007
Comunicadores muy impresionables

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Ricardo Medina







“Algunos de nuestros insignes comunicadores son tan impresionables que en cualquier charco se ahogan... desde el punto de vista emocional, al menos.”


Los viejos manuales de periodismo recomendaban la ascética de la objetividad. Aun a sabiendas de que la total objetividad es inalcanzable, el reportero profesional –que eso, ante todo, es un periodista- debía saber mantenerse imperturbable para informar mejor.

 

Esta exigencia –que sólo puede ser satisfecha con abundante disciplina mental y dominio del ánimo- se contrapone, paradójicamente, con otra recomendación clásica que nos hacían a los aprendices del oficio: “Busca lo insólito, lo excitante, lo extraordinario. El peor enemigo del periodismo es el aburrimiento”.

 

Resolver el dilema entre la ascética de la objetividad y la mística de la emoción no es nada sencillo e implica cierta impostura: O finges –te impones- la objetividad aunque no estés siendo objetivo, o finges –te impones- la emoción, aunque en el fondo te aburra profundamente lo que estás comunicando.

 

Tengo para mí que la mejor manera de resolver el dilema es darle prioridad a la ascética de la objetividad y dejar que sea el lector, el televidente o  el radioescucha, quien ponga la emoción o el aburrimiento según corresponda al asunto, o según sea el estado de ánimo del mismo receptor del mensaje. Es lo más honesto.

 

Poniéndolo en términos literarios, prefiero cien veces la prosa de Flaubert a la de Víctor Hugo, la poesía de Borges a la de Jaime Sabines.

 

Sin embargo, otros prefieren darle prioridad a las emociones, dejando a un lado esa laboriosa ascética de la objetividad. Esa escuela es, podríamos decir, la de los impresionistas –que se desvelan por impresionar- e impresionables, que aún ante lo más rutinario y soso sacan del maletín un rosario de adjetivos.

 

El jueves pasado se publicó en un diario la opinión de un colega de esta escuela de los impresionables, con un párrafo que decía:Hacía más de un año y medio que yo no había hablado con López Obrador. ¿Mi impresión ahora? Que sigue siendo un gran comunicador, con una impresionante capacidad para simplificar temas complejos y convertirlos en apoyo para sus ideas. Tengo la impresión de que tarde o temprano será presidente de México, por lo que nos conviene conocerlo lo mejor posible.”

 

Pido perdón de antemano, pero tantas impresiones me dejan frío. Me parecen palabrería vana. No me impresionan. En lo absoluto.

• Periodismo barato

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