JUEVES, 7 DE FEBRERO DE 2008
Guerra entre idólatras

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Ricardo Medina







“Por lo visto, el asunto de la “reforma energética” terminará discutiéndose en la subsecretaría de asuntos religiosos de la Secretaría de Gobernación. Es una discusión enconada entre idólatras: los tradicionalistas y los reformistas. Ambos sostienen que debemos adorar al becerro de chapopote, aunque en formas distintas. El petróleo no es para los mexicanos, son los mexicanos los que deben estar al servicio del ídolo.”


La esencia del supuesto debate –o intercambio de epítetos y acusaciones- respecto de la reforma energética, al menos lo que se puede leer en los medios de comunicación, es la disputa entre idólatras acerca de cómo se puede salvar y preservar el mito del becerro de chapopote al que los mexicanos debemos adorar y ponernos a su servicio. Por distantes que parezcan sus posiciones, los idólatras enfrascados en el pleito coinciden en un punto: El petróleo nacional es más importante que cualquier mexicano y que la totalidad de los mexicanos.

 

La aparente discusión –que semeja una disputa apasionada entre teólogos- se centra en qué es lo mejor que se puede hacer para que PEMEX sea –o siga siendo- un poderoso monopolio gubernamental pletórico de riquezas que extrae no sólo de las entrañas de la tierra, sino de los bolsillos de millones de consumidores cautivos. Los tradicionalistas a ultranza pretenden que el ídolo –el becerro de chapopote- es tan grande y fuerte que solito puede mantener su dominio sobre vidas y haciendas de los mexicanos; los reformistas, por el contrario, advierten que para salvar al becerro de chapopote habrá que hacer algunos cambios, como permitir que el ídolo se asocie con empresas privadas –lo que horroriza a los tradicionalistas- o que en asuntos no esenciales para el culto del ídolo (digamos, la petroquímica) se acepte que el becerro de chapopote tenga que competir con -¡herejía!- empresas normales y profanas.

 

Lo que nadie discute entre los idólatras, sean éstos avanzados o retardatarios, es que los mexicanos son propiedad del becerro de chapopote. Eso se da por hecho. Es el primer dogma que nos dictó el profeta Tata Lázaro. No estamos presenciando la discusión acerca de la propiedad de los recursos del subsuelo, sino la discusión apasionada entre idólatras acerca de cuál de las sectas que se disputan el culto del becerro de chapopote es la representante legítima del ídolo y, por tanto, la dueña de nuestras vidas.

• Reforma energética

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