JUEVES, 14 DE FEBRERO DE 2008
Defendiendo el petróleo... como perro

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“La paraestatal petrolera, PEMEX, continua siendo una vaca sagrada en materia fiscal, lo que significa enormes dificultades para innovar, para desarrollar nuevas tecnologías, para transformar riqueza potencial en riqueza real.”


Si el petróleo es "nuestro," y si cualquier intento de cambiar la situación actual con el sector de energía es calificado como un atentado a lo que es "nuestro," y si "nosotros" conformamos la patria, se puede inferir que cualquier cambio propuesto (desde el modesto hasta el más radical) es causa de traición a la patria—y, como ya han subrayado otros, a la vez merecedor de un tiro ante el paredón.

 

Vaya, o su equivalente moderno: la transformación de la "resistencia pacífica" en resistencia violenta.

 

Este ayatolismo petrolero (concepto que pido prestado de un estimado colega), o, incluso, talibanismo anti-reformador, es completamente incongruente con las bases de una conversación civilizada, con la oportunidad de un diálogo productivo sobre los problemas y prospectos que enfrenta el entorno energético del país. Si uno no está con la patria, está en contra de ella.

 

En los hechos, más no en la teología política de la izquierda primitiva, esta tesis es equivalente a defender el petróleo como en alguna ocasión se pretendió defender el peso—como perro. Las consecuencias pueden, sin embargo, ser mucho peores. Pero ese es el precio de la intolerancia, del talibanismo petrolero, como agenda política personal, no como proyecto de desarrollo. Ya sentenció Aristóteles: si la contraparte no escucha, se rehúsa a todo dato, toda propuesta, todo argumento, esto es como hablar con un vegetal.

 

¿Acaso no podemos explorar la posibilidad de mantener la propiedad nacional de los hidrocarburos y a la vez permitir que terceros, con sus propios recursos, lleven a cabo la refinación de los mismos? ¿Es realmente imposible pensar en un cambio estructural, sin que este viole nuestra dichosa soberanía nacional? Si permitiéramos la refinación dentro del país, podríamos estar captando alrededor de siete mil millones de dólares anuales en inversión directa—inversión que está encontrando otras oportunidades en otros países.

 

Los hechos no discriminan entre ideologías, teologías o talibanes. En las palabras de Bishop Butler, una cosa es lo que es, y no otra cosa. La producción de crudo enfrenta una tendencia de rendimientos (aceleradamente) decrecientes. Las reservas probadas son escasas, mientras que las reservas probables esperan una masiva ronda de inversión, en las sofisticadas tecnologías de extracción, para poder dar servicio a las necesidades de nuestro sector energético. La paraestatal petrolera, PEMEX, continua siendo una vaca sagrada en materia fiscal, lo que significa enormes dificultades para innovar, para desarrollar nuevas tecnologías, para transformar riqueza potencial en riqueza real. Además, internamente, los procesos burocráticos imponen altísimos costos de transacción en la operación integral de la entidad.

 

De no cambiar las cosas, seremos talibanes, podremos defender con aullido, hasta con rabia, nuestro petróleo nacional, pero en unos cuantos años tendríamos que enfrentar el espectro de importar crudo de otros países. Ya, hoy, por no contar con las plataformas tecnológicas, por no contar con la inversión fresca que se requiere, tenemos que importar productos refinados. Para colmo, nuestra soberana paraestatal puede celebrar proyectos de asociación con otros terceros en la economía global, como es el caso de Shell, más sólo sí estos se dan… ¡fuera de nuestra jurisdicción!

 

Esto, y más, discriminan contra los mexicanos. Pero estos problemas no se podrán enfrentar exitosamente sin renunciar la defensa salvaje, como perro, del petróleo. Este es un medio, no un fin, y los medios hay que explotarlos de forma racional, para logra el fin ulterior, que en economía, aquí, en Cuba, en China, en todo momento, es vivir mejor.

 

• Reforma energética

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