MIÉRCOLES, 27 DE FEBRERO DE 2008
Los aprendices de Carlos Slim

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El punto sobre la i
“El socialismo es moralmente incorrecto, políticamente autoritario y económicamente imposible.”
Enrique Ghersi


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“El empresario estatista al unir fuerzas con el gobierno en lugar de luchar en contra de un estado activista e intruso, se convierte en parte del cáncer nacional. Ese empresario dócil y pegado a la ubre gubernamental, es la causa del gran desprestigio que el capitalismo y los mercados han sufrido en muchas partes del mundo. Este tipo de negociante es alérgico a la incertidumbre de los mercados, al riesgo natural de los negocios. Lo que buscan es un gobierno que garantice seguridad sin riesgo, la oportunidad de triunfar sin la posibilidad de fracasar. Al empresario estatista no le gusta la competencia.”


Ante el ocaso de la primera década del nuevo milenio, México continúa su ajetreado camino en busca de la ansiada prosperidad. En ocasiones anteriores hemos afirmado cómo el pacto de Calles de 1929, de una forma artera fijó como uno de sus principales objetivos evitar el desarrollo de una sociedad civil fuerte e independiente. Los resultados son una serie de sectores domesticados y totalmente dependientes; el sector obrero, campesino, popular etc. Sin embargo, un sector del que casi no se habla y el más perjudicial para el país, es el de los empresarios dependientes de las marañas gubernamentales de corrupción y complicidad.

 

El comunismo ha muerto, sin embargo, todavía prevalece el heredero de tal aberración, el estatismo. Es ahora el estatismo el que se bate con la otra ideología sobreviviente por lograr la conquista de las mentes de los hombres del tercer milenio: la libertad en manos de la sociedad civil. La responsabilidad individual del hombre para buscar el bienestar suyo y de su familia, sin que alguien se lo ofrezca a cambio de su dignidad.

 

Una posición inicia y termina con el Estado. Es la sociedad estatista en la que el gobierno regula y controla la mayoría de las relaciones de la sociedad coartando su libertad, su iniciativa, su creatividad. La otra posición inicia y termina con el individuo. Es la sociedad civil a través de la cual la gente se autorganiza en asociaciones voluntarias y de intercambio. La sociedad estatista promete la felicidad a cambio de una buena parte de la libertad y, sobretodo, de la dignidad. La sociedad civil de alguna forma garantiza la libertad. La felicidad es responsabilidad de cada individuo.

 

Tal vez pudiéramos entender el impulso estatista de los miembros de la sociedad que no tienen educación, los enfermos, los débiles. Pero, ¿por qué el empresario decide ceder su libertad? En México, desde el triunfo de “la revolución” se ha establecido ese pacto diabólico entre el estado y sus empresarios como una de las formas de repartir el botín. El empresario estatista no pregunta por qué el gobierno tiene todas las cartas, él solo acepta la mano que le dan seguro de que las recibidas están marcadas. Para jugarla conservadoramente, el empresario burócrata simplemente le sigue el juego al gobierno sin importarle la distorsión que causa en los mercados.

 

El empresario estatista al unir fuerzas con el gobierno en lugar de luchar en contra de un estado activista e intruso, se convierte en parte del cáncer nacional. Ese empresario dócil y pegado a la ubre gubernamental, es la causa del gran desprestigio que el capitalismo y los mercados han sufrido en muchas partes del mundo. Este tipo de negociante es alérgico a la incertidumbre de los mercados, al riesgo natural de los negocios. Lo que buscan es un gobierno que garantice seguridad sin riesgo, la oportunidad de triunfar sin la posibilidad de fracasar. Al empresario estatista no le gusta la competencia. Siendo ésta la base del buen funcionamiento de una economía de mercado, él busca concesiones exclusivas.

 

En nuestro país, como consecuencia de estos arreglos, las fronteras por años permanecieron cerradas no sólo para los productos extranjeros, sino para las ideas diferentes a las que se han usado para petrificarnos el cerebro. El espíritu de conquista que siempre caracterizó a los hombres del campo mexicano para dominar desiertos, selvas, pantanos, ha sido vergonzosamente aniquilado a través de las trampas invisibles que los gobiernos revolucionarios les tendieron a nuestros agricultores con los precios de garantía, los subsidios, el FIRA, Conasupo, la SARH, etc., y a nuestros ganaderos con los permisos de exportación, la reforma agraria, los certificados de inafectabilidad, el PROCAMPO, el Banco Rural etc., para de esa forma lograr un sector totalmente dependiente de las decisiones del supremo gobierno.

 

Von Mises afirmaba que las recesiones son buenas porque son las que sacuden al árbol de las economías de los países. Las sacudidas, continuaba, sirven para que los malos proyectos desaparezcan, los frutos malos caigan del árbol. Sin embargo, en una relación simbiótica como la que tienen los empresarios estatistas con el gobierno, eso no sucede, el estado de inmediato entra el rescate de los proyectos que se estructuraron sobre cimientos arenosos, de esa forma negándoles la oportunidad de aprender de sus errores y pagar ellos por los mismos. El FOBAPROA y sus derivados es una muestra de esa relación de dependencia enfermiza. Después de una serie de errores históricos que van desde la expropiación de la banca, una muy cuestionable privatización, el crecimiento irracional del crédito, el error de Diciembre, la quiebra, ahora se baja el cero y no toca, que pague Juan Pueblo.

 

Domingo Cavallo, ex secretario de Economía de Argentina, en una ocasión afirmó: “Cada peso es un contrato entre el gobierno y el poseedor de ese peso. Ese contrato garantiza que cada peso -como una unidad de valor por el cual su poseedor ha trabajado arduamente- valdrá lo mismo hoy que mañana. Si el gobierno no respeta ese contrato, está quebrantando la ley. El único papel del gobierno en la economía debe ser el de garantizar la integridad de las transacciones del mercado.” Jefferson, uno de los padres de los EU, definía la función del gobierno de la nueva nación: “Protector de vida, libertad, y propiedad.” Más de eso afirmaba, es intrusión.

 

Sin embargo, desde el invento de Roosevelt, “The new deal,” los gobiernos empezaron su invasión en todos los ámbitos de la sociedad a la que supuestamente deben servir. En el caso de México, la constitución socialista que nos ha regido por más de 90 años, lo dice de una manera muy clara; “el estado debe ser el rector de la economía del país.” Esa rectoría le ha dado también la autoridad y la forma de establecer sus pactos diabólicos con esos empresarios estatistas que han venido a distorsionar de una forma aberrante la función de una verdadera economía de mercado.

 

El sector empresarial es neurálgico en la construcción y desarrollo de una economía. Recordemos que economía es oferta y demanda. La oferta de bienes y servicios la tiene que proporcionar el sector empresarial, no el estado. Robert Mundell, el galardonado premio Nobel de economía, ha construido su reputación con base a sus teorías de cómo activar saludablemente esa oferta. El punto de partida de sus teorías es una sociedad civil con espíritu empresarial independiente. Es hora de que los mexicanos desmantelemos ese esquema en el cual una pequeña parte de la pirámide social funciona bajo ese “capitalismo de estado” que tan cruelmente representa Slim, mientras que la inmensa mayoría vive el socialismo de los pobres.

 

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