Nostalgia del porvenir
Mar 25, 2008
Fernando Amerlinck

El (a) mochaorejas, mal político

El secuestrador, mutilador y asesino Daniel Arizmendi (a) El mochaorejas ha demostrado ser un torpe político. Su causa pudo haber sido paladeable para las fuerzas vivas, si hubiese calificado su actividad como “secuestro social revolucionario de izquierda”.

El secuestrador, mutilador y asesino Daniel Arizmendi (a) El mochaorejas ha demostrado ser un torpe político. Su causa pudo haber sido paladeable para las fuerzas vivas, si hubiese calificado su actividad como “secuestro social revolucionario de izquierda”.

 

Los asaltabancos de los años 70, como José Sierra, acreditaban cada operación como expropiación revolucionaria, aunque mataran a algún proletario policía. Arizmendi secuestraba y mataba, pero a ricos. Les mochaba las orejas, pero por codiciosos: no querían soltar su dinero, cosa que lo indignaba, y así declaró al ser apresado. Investigaba las capacidades de los ricos cuyos hijos plagiaba. Les pedía de rescate una cantidad muy superior a la que tenían en liquidez, pero no más de lo que podían conseguir vendiendo a precio de ruina sus propiedades. Quitaba a los ricos tanto dinero, que los dejaba pobres.

 

Exprimir al rico para redistribuir su riqueza es una de las prácticas más socorridas por todo ideólogo o político progresista: el rico lo es porque robó su plusvalía al pobre, lo explotó, le quitó lo legítimamente suyo. Si en México hay un montón de pobres, lo son porque aquí vive el hombre más rico del mundo. (En la Nueva España también había un montón de pobres, y hace 30 años también, y no teníamos aquí al Creso mundial; pero es que ahora las circunstancias son diferentes.)

 

Precisamente esa noble labor de despojar al muy rico de lo que había robado a base de explotar el trabajo social y quitarle su plusvalía, es lo que hacía el mochaorejas. Despojaba Arizmendi de su dinero y de su oro y de su plata al que los había acumulado en el curso de varios años. Eso mismo hacen los prohombres, guerrilleros heroicos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, que (según las buenas conciencias vernáculas) sufrieron el asesinato genocida de Luis Edgar Devia Silva (a) Miguel Ángel Reyes (a) El canciller, que había disminuido la frontera de Ecuador con para cobijarse en ella y regresar a Colombia, y bajo cuyas órdenes y las órdenes de su cofrade Manuel Marulanda (a) Tirofijo tiene en su poder a cerca de 500, que algunos malpensados llaman “secuestrados” pero en realidad son burgueses capitalistas.

 

Toda esa gente está plagiada bajo el purificante ropaje de una guerrilla. Y una guerrilla concita inmediatamente el romanticismo revolucionario socialista y socialjusticiero del más heroico de los guerrilleros: el doctor en medicina Ernesto Guevara de la Serna, (a) El Ché. Y de su tampiqueño émulo Juan Sebastián Guilén (a) Subcomandante Marcos.

 

Bajo esa alba vestidura acudieron rumbo a lo que conocían (la muerte) varios mexicanos que 1. son jóvenes; 2. por lo tanto, son románticos; 3. por lo tanto, inocentes. Unos murieron, una está herida.

 

Pero basta de desviaciones. La importancia de la guerrilla llamada “Fuerzas Revolucionarias de Colombia” es que tiene un objetivo eminentemente social y de izquierda. Claro, profundamente bueno. ¿Qué más dan 500 gusanos burgueses plagiados?

 

Arizmendi no estaría en Almoloya sino en Lacandonia o en Colombia si hubiese declarado que era un plagiario de izquierda con objetivos indeclinablemente revolucionarios y propósitos eminentemente sociales; si hubiese proclamado sus inexcusables propósitos de redistribución de la riqueza, haciendo primero lo más importante: quitarle a los ricos su dinero. (Qué hacer con ese dinero sería objeto de inmediatas deliberaciones, asambleas deliberativas, ejercicios de escrutinio con las bases, consultas populares y demás honestas prácticas con las cuales nadie pretende fines aviesos con el dinero, como ocurriría con cualquier corrupto capitalista que quisiera apropiarse de él para su personal beneficio.)

 

Las FARC están libres de toda sospecha (como lo estaría el secuestrador Arizmendi si hubiese sido más político) porque su lucha es social. Su querencia por las armas es indispensable, precisamente porque son fuerzas armadas, y porque sólo la violencia revolucionaria puede acabar con la violencia reaccionaria. Su apoyo al tráfico de drogas tiene por objetivo el mercado demoníaco de los Estados Unidos; ¿qué más da envenenar con cocaína a los jovencitos burgueses egresados de Yale, si estudiaron allí para defender al imperialismo? Y servir al mercado diabólico de la capitalista Europa a través de un aliado conveniente, el compañero comandante Hugo Chávez, quien también manda aviones con drogas allá y al neoliberal México, cachorro del imperio; ¿quién puede estar contra eso?

 

La lucha de las FARC se extiende a la heroica pelea de Euskadi ta eskatasuna (a) ETA por la liberación del País Vasco de la opresión imperialista española. También ETA acude al secuestro y los impuestos revolucionarios (únicos impuestos simpáticos) para lograr sus nobles propósitos. Y si la neoliberal-socialista España, que insiste en llamarla “banda terrorista”, la prensa de México la llama “organización separatista”. Nobles fines. Y además mata a pura gente de derecha.

 

De igual manera, resulta encomiable el empeño de las FARC por deslindarse de toda práctica terrorista. Nadie puede criticar tan granítica firmeza contra George Bush (a) El gran Satanás y su paranoia ante el terror.

 

¿Podrá mi desocupado lector pasarle a Almoloya (a) La Palma este artículo —para que pueda salir de su injusta prisión— al heroico secuestrador Daniel Arizmendi (a) El mochaorejas?

• FARC


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Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

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