LUNES, 14 DE JULIO DE 2008
Los incomprendidos baches

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“Debemos reconocer el efecto beneficioso de los baches, que no sólo generan derramas económicas sino que nos mantienen alerta, y por eso sabemos manejar mejor.”


Los baches —una de las más destacadas ventajas competitivas de que goza la ciudad de México— son injustamente incomprendidos y denostados, y hasta hay quien ¡los odia! Ese notable equipamiento urbano del que goza nuestra ciudad nos hace únicos entre las grandes metrópolis del mundo. ¿Qué haríamos sin ellos?

 

Hay baches de todo tipo y condición: nuevos y viejos, o hasta eternos; chicos y grandes, banqueteros y viales, superficiales y profundos, anchos como una calle o pequeños como una llanta. Los hay en el concreto y la terracería, pero especialmente en el asfalto. De un día al otro aparecen, gracias a las lluvias, y resultan fecundos en piedras, que añaden con su rodar y golpear los efectos del bache y permiten su engrandecimiento. Además, sólo en la bachefecunda ciudad de México nacen baches gracias a las lluvias. Nunca me he explicado por qué en ciudades muy lluviosas, como Londres, no hay baches. Pobres ingleses.

 

Hay baches que se van añejando con el paso del tiempo, y parece que siempre hubieran estado allí. Hay otros inmediatos, provenientes de coladeras cuyas tapas desaparecen de un momento al otro, y que duran destapadas durante muchos meses (de allí mi convicción de que las autoridades son justamente amigas de los baches).

 

Hay baches deprimidos, cuando las coladeras se quedan bajas después de repavimentar. Pero la ingeniosidad mexicana, no conforme con lo anterior, ha sabido inventar la novedosa clase del bache prominente (en los escasos lugares del resto del mundo donde hay baches, son siempre hacia abajo). Los baches sobresalientes también abundan, cuando las coladeras quedan arriba del nivel del pavimento. Jamás habrá coladeras parejas, porque eso haría del manejo algo excesivamente aburrido, detestablemente parecido a las prácticas gringas de pavimentación. Hay que proteger nuestra soberanía.

 

Acá tenemos también una genialidad de la inventiva mexicana: los topes, que pueden calificarse como baches sobresalientes. Aunque también hay baches mixtos: vecinos a los topes aparecen baches hundidos que amplifican y duplican el beneficioso efecto de los topes. Y hay topes ecológicos, también consentidos por las autoridades, cuando las raíces de los árboles levantan la capita de pavimento, de modo que los automóviles también deben detenerse para rendir homenaje a las raíces.

 

De esta manera, los baches hacia abajo, hacia arriba y mixtos son cada vez más abundantes, cada vez mayores, y cada día más profundos. Son especie protegida por el Gobierno del Distrito Federal, que bien sabe preservarlos y dejarlos crecer. Contradicen al chorrito de Cri Cri: los baches se hacen grandotes pero nunca se hacen chiquitos.

 

Y hay que ver cuántas ventajas aportan para mantener la atención del conductor. Quien lo dude, recuerde su experiencia de hoy, ayer, antier o de cualquier fecha. Más vale tenerles mucho respeto, porque se lo merecen.

 

Nos ayudan a no distraernos, porque todo bache merece nuestro irrestricto respeto. Nos obligan a bajar la velocidad, mantenernos despiertos y atentos. Debemos cuidarlos y esquivarlos. No ocurre así con los aburridos gringos en sus caminos parejitos, donde se duermen porque además los obligan a viajar muy despacito. Nos hacen manejar con pericia, fuera y dentro de las vías “rápidas” como el Periférico. Hacen el viaje más balanceado porque los coches necesitan estar zigzagueando para vadearlos; concitan constante atención y respeto, tanto, que no hay que tocarlos.

 

Además los baches y topes apoyan a los fabricantes y distribuidores de llantas, vulcanizadores, talleres de suspensiones y direcciones, hojalateros, ajustadores de seguros, hospitales, ministerios públicos y hasta funerarias. Su beneficioso efecto multiplicador genera empleos y derrama económica en beneficio de miles de familias. No sé por qué los teóricos de la destrucción creativa no han hecho tratados sobre esa especie que no está en peligro de extinción: la de los baches mexicanos.

 

Los baches se dan a conocer apenas se les toca. Conviene conocerlos, saber dónde están, y recordar su ubicación, incluso cuando se ocultan bajo las inundaciones (perdón, en esta ciudad sólo hay encharcamientos). Por eso, para mejor identificarlos, propongo a las organizaciones sociales y al Gobierno del Distrito Federal una práctica complementaria:

 

SEMBREMOS UN ÁRBOL EN CADA BACHE

 

Pero un árbol grande, maduro, que sobrepase todo encharcamiento. Así tendremos una de las ciudades más verdes del mundo, además de que se preservará nuestra noble aportación a completar el equipamiento urbano. Y si (como dicen) la lluvia produce los baches, precisamente por ellas serán frondosos y llenos de vida los árboles plantados en cada cajete, porque eso será en lo futuro cada bache.

 

Aunque no me hagan caso las autoridades (siempre me han hecho caso, pero caso omiso) debemos reconocer el efecto beneficioso de los baches, que no sólo generan derramas económicas sino que nos mantienen alerta, y por eso sabemos manejar mejor.

• Distrito Federal / CDMX

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