Pesos y contrapesos
Jul 25, 2008
Arturo Damm

Consumidor, libertad y bienestar (VI)

Una buena manera de lograr más competencia, y por lo tanto más y mejores opciones de consumo, es por medio del comercio mal llamado internacional, y digo mal llamado porque las naciones no comercian entre si.

“Todo aquel, nacional o extranjero, que quiera participar en cualquier sector de la actividad económica, o en cualquier mercado de la economía, en reconocimiento y garantía de la libertad individual y la propiedad privada, y para beneficio del consumidor, lo podrá hacer sin otro límite que el respeto al mismo derecho en el caso de los demás”.

 

Como se habrán dado cuenta mis lectores, sobre todo quienes tuvieron la paciencia (¡gracias!) de seguirme en las últimas cinco entregas, al enunciado anterior le ha agregado la frase en cursivas, para beneficio del consumidor, lo cual me permite redondear el argumento.

 

Todos los sectores de la actividad económica, y todos los mercados de la economía, deben estar abiertos a la participación de todos, con el fin, primero, de respetar la libertad y la propiedad de todos los posibles oferentes de bienes y servicios y, segundo, con el objetivo de que el consumidor cuente con todas las opciones de consumo posibles o, dicho de otra manera, con todas las opciones posibles para elevar su nivel de bienestar.

 

Queda claro que una cuestión de principio, el respeto a la libertad individual y a la propiedad privada, materializado en el acceso de todos, nacionales y extranjeros, a todos los sectores de la actividad económica, comenzando por los estratégicos (por ejemplo: energía), y a todos los mercados de la economía, comenzando por los de bienes y servicios de primera necesidad (por ejemplo: alimentos), se traduce, por el lado de la oferta, gracias a la competencia que ese acceso hace posible, en mayor competitividad, y, por el de la demanda, gracias a esa mayor competitividad (menores precios, mayor calidad y mejor servicio) en más y mejores opciones de consumo, que hacen posible (de hecho son sinónimo de) mayores niveles de bienestar. Y todo comienza por una cuestión de principio: el respeto a la libertad individual para trabajar y emprender, para ahorrar e invertir, para comerciar y consumir, y el respeto a la propiedad privada sobre los ingresos, el patrimonio y los medios de producción. Todo comienza por una cuestión de principio, es decir, ética.

 

Una buena manera de lograr más competencia, y por lo tanto más y mejores opciones de consumo, es por medio del comercio mal llamado internacional, y digo mal llamado porque las naciones no comercian entre si. El mal llamado comercio internacional es comercio entre personas de distinta nacionalidad, es, en pocas palabras, comercio sin más, aunque con la intervención, siempre arbitraria, del poder político. Es en ese comercio, el mal llamado internacional, en el cual los mexicanos hemos avanzado considerablemente en los últimos veinticinco años, al pasar de ser, la mexicana una de las economías más cerradas del mundo a ser, hoy, una de las más abiertas, apertura que, sin embargo, todavía deja mucho que desear, tal y como lo muestra el Índice de Libertad Comercial, recientemente publicado, por primera vez, por el Foro Económico Mundial, y que muestra lo mucho que nos falta, a los mexicanos, para practicar el verdadero libre comercio. La calificación de México, en escala de 0 a 10, es de 6.3. La buena noticia es que pasamos, la mala que lo hicimos de panzazo. El lugar de México, entre 118 países es el 65. La buena nueva es que nos ubicamos lejos de los últimos lugares, la mala es que igualmente lejos nos encontramos de los primeros. Calificación y posición se resumen en una palabra, mediocridad, que muestra lo mucho que falta para hacer realidad el acceso de todos a todos los mercados de la economía. Sirvan estas reflexiones para avanzar por el camino del respeto a la libertad individual y la propiedad privada.

 



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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