JUEVES, 7 DE AGOSTO DE 2008
Ayn Rand (II)

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“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
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“Hoy el Estado, sus leyes y sus gobiernos nos exigen que entreguemos, a favor de los demás, parte de nuestra vida, desde el servicio militar hasta el servicio social, y que cedamos parte de nuestra energía, de nuestro trabajo, del producto de nuestro trabajo, por medio de todos los impuestos que se cobran con fines redistributivos, eliminando o limitando la libertad individual y la propiedad privada, siendo la última muestra de ello el precio único en la venta de libros.”


Petrogrado olía a fenol”; “Howard Roark rió”; “¿Quién es John Galt?”, primeras frases, respectivamente, de Los que vivimos, El manantial y La rebelón de Atlas, la trilogía randiana, disponible hoy, como no lo estuvo durante muchos años, en las librerías mexicanas, novelas de Ayn Rand que, además de entretener, sobre todo por la trama, cuestionan, ante todo por los principios que mueven a sus personajes.

 

¿Cuál es la idea que recorre toda la obra de Rand? Parafraseando a la autora, esa idea es la siguiente: De la misma manera que el ser humano se esfuerza por producir aquellos valores materiales (casa, vestido y sustento) que le permiten mantener su vida, debe esforzarse en adquirir aquellos valores morales, culturales y espirituales que hagan de su vida algo digno de mantenerse, que hagan de su vida una existencia a la altura de sus posibilidades reales, que van más allá de lo sensible, para desembocar en la vida intelectiva, la más propia del ser humano. Esa es la lucha de Kira Argounova, de Howard Roark y de John Galt, protagonista principales, respectivamente, de Los que vivimos, El manantial y La rebelión de Atlas, lucha de Argounova en contra del sistema comunista soviético; sublevación de Roark contra la mediocridad y la envidia; rebelión de Galt contra el mercantilismo y la economía mixta, lucha de cada uno de ellos en contra de lo que, genéricamente, podemos llamar colectivización, que se expresa de muchas maneras, desde el comunismo de inspiración marxista hasta la economía mixta de vena giddeana (por Anthony Giddens, uno de los principales promotores de la Tercera Vía), colectivización que está más presente de lo que a primera vista podría creerse, tal y como lo muestran, sobre todo, los discursos de los políticos, atrapados en las redes de dicho discurso.

 

Rand se ubica en las coordenadas del Romanticismo, es decir, en el campo de esa expresión artística que resalta la vida del individuo y su lucha por vivirla a partir de, y hacia, sus valores, reconociendo un solo límite: el respeto a los demás, entendido, ¡como debe ser!, como algo negativo: no dañar. La tesis es la siguiente: “Mientras yo no te dañe, tú no tienes derecho a exigirme nada más, mucho menos que te haga el bien, y mucho menos cuando, para exigírmelo, echas mano del poder político y de la fuerza que lo respalda”. Esta tesis la encontramos implícita en toda la obra de Rand, y su mejor expresión es el discurso que, en su defensa, después de haber dinamitado el conjunto de edificios, de interés social, Cortland Homes, pronuncia el arquitecto Roark, (páginas 661 a 668 de El manantial), del cual tomo el siguiente párrafo: “He venido aquí para manifestar que no reconozco a nadie derecho alguno sobre un minuto de mi vida. Ni sobre parte alguna de mi energía. Ni sobre ningún logro mío. No me interesa quién lo pida, cuántos son los que lo hacen, ni el tamaño de su necesidad”.

 

Hoy el Estado, sus leyes y sus gobiernos nos exigen que entreguemos, a favor de los demás, parte de nuestra vida, desde el servicio militar hasta el servicio social, y que cedamos parte de nuestra energía, de nuestro trabajo, del producto de nuestro trabajo, por medio de todos los impuestos que se cobran con fines redistributivos, eliminando o limitando la libertad individual y la propiedad privada, siendo la última muestra de ello el precio único en la venta de libros.

 

A usted, lector, ¿le parece radical, extremo, egoísta, individualista, lo dicho por Roark en su defensa?, entonces a usted le invito a que lea la obra de Rand, hoy ofrecida de manera conspicua, ¡ya era hora!, en las librerías.

 

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