MARTES, 19 DE AGOSTO DE 2008
Sangre esperanzada o sangre estéril

A un año del comienzo del gobierno de López Obrador, usted cree que hemos mejorado en...
Economía
Seguridad
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Ninguna de las dos



El punto sobre la i
“El gobierno es, esencialmente, poder frente al ciudadano. ¿Qué lo justifica?”
Othmar K. Amagi


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“La pelea civil contra la delincuencia es la lucha por nuestro futuro. Lo perderemos irremisiblemente por muchos decenios (como ocurrió en el XIX) si no logramos voltear la tortilla y sujetar al poder a la jurisdicción del ciudadano.”


lejandro Martí perdió un hijo a cambio del execrable lucro material y temporal de un hatajo de canallas. Fernando Martí perdió la vida para que una banda de lo peor ganara un dinero sangriento que para nada le servirá. Por actos así, pienso yo, más les valiera no haber nacido. Humano soy, sin embargo; ¿cuál será la justicia, la de verdad? No sé. No tengo más entendederas que las que caben en mis limitaciones. Y son muchas.

 

México ha reaccionado con estupor y casi inédita indignación. Matar con todas las agravantes a un inocente a cambio de vulgarísimo dinero, es cosa que clama al cielo. Ese clamor insta a lo que no existe: seguridad y justicia. Y peor aún, quiere venganza.

 

La gente de bien se reconoce en su dignidad. En cómo reacciona ante actos tan brutales como una muerte precipitada por la más feroz injusticia. Qué valor humano: a lo peor, aún le encuentran sentido. Así hizo el padre de este muchacho:

 

“La muerte de mi hijo debe de tener algún sentido. Queremos asegurarnos de que ningún padre o madre vuelva a sufrir algo así, y por eso hemos decidido dedicar lo que queda de nuestras vidas a coadyuvar a la sociedad para presionar a las autoridades y terminar con la impunidad, que es algo que nos está destrozando.”

 

Cuando Josefina y Raúl Nava perdieron también a un hijo a manos del mutilador y multiasesino Arizmendi, decidieron fundar un movimiento que lograra precisamente responder con paz y rotunda acción a la impunidad y la agresión. Nació de ese empeño la organización más prestigiosa y activa, que luego de 11 años, lastimosamente sigue siendo necesaria: México Unido contra la Delincuencia.

 

El empeño por que el sufrimiento no sea inútil, es un fenómeno conocido entre la gente de bien. No es admisible un sacrificio estéril. La historia registra el caso sobrecogedor de un crimen de guerra contra un general conservador que había sido presidente de la dividida República Mexicana, llamado Manuel Robles Pezuela (1817-1862), cuyo mensaje póstumo a los mexicanos dice:

 

“…En los momentos en que voy a morir creo que cumplo con un deber manifestándoos en pocas palabras mis sentimientos y mis convicciones. Espero que será creído un hombre que habla al borde del sepulcro… La experiencia y la reflexión me han convencido, sí, de que en nuestro estado de desmoralización y desorden, ya no podemos atajar el mal por nuestros solos esfuerzos… No son los desórdenes, el pillaje, los ataques a la libertad del país y las sangrientas ejecuciones los medios que han de salvar a la patria… Olvidad todo sentimiento de odio y de venganza; perdonaos unos a otros como yo perdono a los que van a derramar mi sangre. ¡Quiera el Todopoderoso que sea yo la última víctima de nuestras discordias!”

 

Lástima. El Todopoderoso respeta —como hombre, pienso que en exceso— la acción de sus hijos. La muerte de ese hombre no sólo fue estéril, sino casi olvidada hasta hoy, por tratarse de un miembro de la facción derrotada. Mas, al borde del sepulcro, logró escribir una carta que me gusta rememorar, porque a más de un siglo de distancia, sigue apelando a un espíritu de perdón y de concordia, de justicia y de paz. Esa voz sigue siendo indispensable hoy que los asesinados no son enemigos políticos sino víctimas inocentes jóvenes cuya vida fue puesta como mercancía. Para aquél, mercancía política: Ignacio Zaragoza lo hizo prisionero por orden de Juárez tras capturarlo en acción no bélica, de modo que su fusilamiento fue un crimen. Hoy, la vida-mercancía tiene un valor monetario.

 

Al menos Robles Pezuela tuvo oportunidad de un último pensamiento y una carta a sus compatriotas. Los homicidas de Fernando Martí no dan a sus víctimas esa gracia. Pero a sus padres, como a quienes nos consternamos con tales actos, queda la oportunidad de no abrigar ánimos de venganza —la reacción más a la mano— sino algo mucho más difícil: ejercer ciudadanía. Me refiero a revelar a los beneficiarios del poder y usuarios de nuestro dinero, que quien les paga somos nosotros; son nuestros servidores. Va sobre todo para los policías, los procuradores, los jueces, los legisladores y demás burócratas que manifiestan una indeclinable vocación de servirse.

 

La pelea civil contra la delincuencia es la lucha por nuestro futuro. Lo perderemos irremisiblemente por muchos decenios (como ocurrió en el XIX) si no logramos voltear la tortilla y sujetar al poder a la jurisdicción del ciudadano. Y sí: se puede hacerlo.

 

La gente de mi generación y de la que me antecedió quizá no esperó que llegara la democracia electoral, pero la conseguimos. Fue logro de la acción libre de la sociedad civil. (Los políticos de hoy son tan chaparros que disfrutan echando a perder lo que funcionaba bien, pero eso no invalida mi argumento: la democracia con elecciones limpias la logramos los ciudadanos.)

 

La exigencia cívica por la seguridad y la justicia es el gran proyecto de la generación nuestra, y de la que nos sigue. De esa lucha no podrá formar parte Fernando Martí, ni las demás víctimas de los miserables que valúan más al dinero ensangrentado, que a la vida humana; pero a su nombre, lo que hagamos será para bien. Y marcará una diferencia relevante para el destino de este país.

 

No puede ser de otra manera. Esa lucha contra la delincuencia la estamos librando los mexicanos de bien (que somos la inmensa, la grandísima, la no aún suficientemente aplastante mayoría). Y eso no es palabrería. Generará un auténtico proyecto. La pelea por la seguridad, la justicia y la concordia es el mayor proyecto de nuestra nación.

• Inseguridad / Crimen

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