Sólo para sus ojos
Ene 3, 2006
Juan Pablo Roiz

El año que viviremos en peligro

A Felipe le podremos exigir –como lo hemos hecho con Fox– a López y a Madrazo sólo podremos suplicarles que no nos hagan daño. Menuda diferencia.

Las elecciones de julio de este flamante año 2006 serán para los mexicanos cruciales. La probabilidad de que elijamos mal es muy alta, ya que las opciones, en el caso de la Presidencia de la República, van desde lo pésimo hasta lo mediocre, sin que destaque –de veras– alguna opción que garantice un futuro promisorio.

 

Además, la tendencia tan mexicana al fatalismo y al providencialismo invita a muchos compatriotas a dejarse llevar por la corriente de las promesas mágicas y de los paraísos instantáneos y para nadie es un secreto que el señor Andrés M. López ha fundado su estrategia política –desde hace más de seis años– en ese tipo de ofrecimientos facilones y cómodos que eximen de responsabilidades (y de libertades) a los ciudadanos. Todo lo que necesitamos hacer –se nos dice– es votar por López para que llegue al poder un supremo desfacedor de entuertos que nos llevará la felicidad a domicilio. Entre los seguidores –cada vez más fanatizados– de este personaje nadie advierte que para poder hacer todo lo que dice que hará (terminar con los corruptos, terminar con la pobreza, darnos trabajo o dinero a todos, frenar la migración hacia Estados Unidos, construir fastuosas obras públicas, revisar el Tratado de Libre Comercio y corregirlo, hacer del banco central un despachador instantáneo de dinero y decenas de sueños guajiros más), el señor López requerirá y exigirá un poder prácticamente absoluto, dictatorial, despótico, que terminará con las libertades y con la incipiente democracia mexicana. Así, de ese tamaño, sin exagerar, son los despropósitos que ofrece López.

 

Por su parte, Roberto Madrazo representa lo peor del PRI, significaría –en la Presidencia un demencial intento de rehacer el presidencialismo corrupto y corruptor que, aliado con los intereses de unos cuantos adinerados poderosos, reparta el país como un botín entre amafiados y socios que los acompañan. Ellos dormirían tranquilos, sabiendo que el viejo PRI está de vuelta para cuidar –como perro feroz e implacable– sus intereses mercantilistas, en las telecomunicaciones, en la televisión y en la radio, en los trastupijes en el mercado de valores, en la evasión fiscal bendecida desde lo alto, en los fraudes electorales, en los contratos amañados de obra pública, en el contrabando a través de las aduanas, en el sindicalismo más corrupto y humillante para los trabajadores.

 

Nos queda, sin duda, la esperanza en el menos malo de los candidatos: Felipe Calderón. Hasta ahora se ha mostrado –a diferencia de sus rivales– como una opción moderna e inteligente. Pero no es, como no lo es Vicente Fox ni lo es nadie en este mundo, ni infalible, ni super poderoso para cambiar a este país de pies a cabeza y hacerlo trabajador, progresista, libre, democrático hasta las cachas, un país donde reine el Derecho –la ley– en igualdad para todos. No es Felipe, ni siquiera, uno de esos grandes liberales que México tuvo en el siglo XIX y que nunca supo aprovechar. Al menos, y a diferencia de López y Madrazo, es demócrata, cree de veras en el respeto a las libertades y al Estado de Derecho y se sabe falible. A diferencia de López y Madrazo está más que dispuesto a gobernar acotado por los otros poderes y por la fuerza de la sociedad expresada en la opinión pública auténtica (que no es, hay que enterarse, lo mismo que “la opinión que se publica”), puede y quiere garantizar que no se perderá lo mucho que se ha ganado en el gobierno de Fox en materia de estabilidad económica y responsabilidad fiscal y monetaria (algo que ni por asomo conoce López), sabe que sería imperdonable volver a saquear los bolsillos y el patrimonio de millones de mexicanos con desplantes populacheros e irresponsables. Cree, también, en la verdadera transparencia del quehacer público para que los ciudadanos podamos escrutar puntualmente acciones y omisiones del gobierno. No está nada mal esta opción –aun con sus limitaciones– frente a las otras dos.

 

A Felipe le podremos exigir –como lo hemos hecho con Fox– a López y a Madrazo sólo podremos suplicarles que no nos hagan daño. Menuda diferencia.

 

Viviremos, pues, en peligro durante este 2006. En el peligro de volver a perder las oportunidades del siglo XXI, ya sea por dejarnos llevar por la corriente de lo populachero e irresponsable o ya sea por la resignación ante la vuelta de uno de los sistemas políticos y de gobierno más corruptos que se han conocido. Cada cual sabe su responsabilidad ante el peligro.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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