MARTES, 18 DE NOVIEMBRE DE 2008
La esencia

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“Aquellos que no dejan de criticar a los defensores de los mercados libres por ser materialistas son los primeros en creer que la esencia de una nación son las empresas como entes materiales.”


Recientemente, un conocido locutor ante la noticia del millonario rescate que las autoridades de los Estados Unidos realizarán en beneficio de la industria automovilística celebraba argumentando que rescatar a estas empresas era rescatar la esencia de aquella nación.

 

No deja de sorprenderme que aquellos que no dejan de criticar a los defensores de los mercados libres por ser materialistas sean los primeros en creer que la esencia de una nación son las empresas como entes materiales. La esencia es lo que caracteriza una cosa: su origen, su razón de ser, su base. Ni Ford, ni Chevrolet, ni Cadillac son la razón de ser de los Estados Unidos. Tampoco lo son McDonalds, Wal Mart, Google o cualquier otra de las empresas realizadas con el esfuerzo y los sueños de sus creadores.

 

La base sobre la que se fundaron los Estados Unidos es el respeto a los derechos de los individuos. Las palabras que Thomas Jefferson plasmó en la Declaración de Independencia no pueden ser más claras al señalar que todos estamos dotados de derechos inalienables y que “entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Sobre este principio se fundó esa gran nación y gracias a esa libertad florecieron grandes creaciones, importantes descubrimientos y las más grandes empresas.

 

Sin embargo, no debemos olvidar que todas esas magníficas empresas son la consecuencia de la libertad, pero no su fin. Hoy nos encontramos en tiempos difíciles y no deja de resultar tentador pedirles a los gobiernos que rescaten a las empresas para que millones de empleos no se pierdan. Pero no debemos justificar esto arguyendo que se hace para preservar los principios de la nación, el American way of life o el capitalismo. Al contrario, los rescates son una traición a las bases sobre las que dicha nación fue fundada.

 

Se trata de un pisoteo a los principios que ya ha ido demasiado lejos. Las políticas intervencionistas contrarias al laissez faire se han venido agudizando a lo largo del siglo pasado y siempre han acarreado terribles resultados. Tal es el caso de la profunda depresión de los treintas provocada por el intervencionismo de la FED, las torpes medidas que tuvieron lugar durante del gobierno de Hoover (como el arancel Smoot-Hawley) y que se prolongó severamente hasta bien entrados los cuarentas por culpa de las políticas populistas del New Deal rooseveltiano.

 

Sin embargo, el gobierno estadounidense y muchos de sus ciudadanos creen o quieren creer que aquella crisis fue culpa de un capitalismo desbocado y que Roosevelt fue quien arregló la situación. Del mismo modo hoy piensan que el remedio pasa por rescatar a todas las empresas y bancos que se presenten y por aumentar las inmensas regulaciones que hoy existen.

 

En definitiva, todo ese vano intento por preservar las empresas impidiendo su natural reajuste o quiebre no deja de recordarme al decreto que, en la obra La Rebelión de Atlas, se impuso con el fin de preservar el estado existente de las cosas. En la novela, el intentar congelar la economía destruyó todo el sistema y la riqueza material. El sistema intervencionista acabó colapsando destruyéndose a sí mismo.

 

Tras la destrucción, los Estados Unidos volvieron a sus orígenes libertarios pero bajo una gran precariedad económica. Por supuesto, no creo que todas estas intervenciones vayan a acabar por completo (aunque sí parcialmente) con la riqueza y producción de los Estados Unidos ni del mundo. Pero ha estado y continúa destruyendo algo mucho más importante: la libertad, su esencia.

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