MIÉRCOLES, 3 DE DICIEMBRE DE 2008
Diálogo económico

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“Todo gobierno, por supuesto, va contra la Libertad.”
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“La esencia del diálogo es saber aprender, corregir, escuchar. Es parte de un temperamento, típico de un verdadero liberal. Hoy, detestar al liberal se ha convertido en imperativo moral. Pero en una sociedad de diálogo, una sociedad abierta, el principio reinante es que ningún miembro de la sociedad puede imponer su visión sobre otros.”


El Economista celebra veinte años de edad—toda una generación al frente del debate económico nacional.

 

En ese lapso, hemos presenciado y participado en debates sobre política cambiaria, la inflación, el comercio, la apertura, los impuestos, las reformas, la informalidad, y por supuesto, el tema capital, la libertad individual.

 

Empero, una característica muy relevante de la participación de El Economista en el diálogo económico ha sido eso, precisamente—el compromiso de avanzar el dialogo en ese campo tan difícil, tan impopular, como es la economía. La palabra “diálogo” deriva de “dialéctica”—un proceso de conversación civilizada, de intercambio libre y responsable de ideas, con el fin de mejorar nuestro entendimiento sobre el mercado, el intercambio, el orden espontáneo, los incentivos, el homo economicus, o la oferta y demanda de bienes.

 

Sin duda, como todo proceso intelectual, este diálogo está sujeto a ensayo y error, a criterios de “falseabilidad.” Así, en estas páginas, hemos observado posiciones a favor y en contra de diversas propuestas, debates sobre las bases del crecimiento, o posturas que se modifican a la luz de nueva evidencia. Recordamos la pasión con la cual se llegaron a defender esquemas de tipo de cambio ultra-fijo; o cuando se cuestionó la designación de un Secretario de Hacienda al frente del banco central, o el cuestionamiento político de este mismo para repetir un segundo término, seis años después; hasta cuando llegamos a decir, ingenuamente, que habían suficientes pesos y contrapesos económicos para neutralizar un régimen de absolutismo tropical.

 

Una sabrosa anécdota, de este espíritu de diálogo, donde tenemos libertad de decir, pero a la vez debemos asumir la responsabilidad de desdecir, proviene ni más ni menos de nuestro director editorial, Ricardo Medina Macías. A principios de este año, Ricardo decía que las cosas no pintaban mal en materia económica, que a pesar de la crisis hipotecaria se vislumbraba un horizonte positivo. Pero la reflexión (el diálogo) de un amigo en común lo hizo pensar las cosas dos veces, y en cosa de días concluir lo contrario: “Muy rápido debo atemperar mi optimismo acerca del futuro de la economía mundial. Un amigo lector me hace notar que las hipotecas de baja calidad pueden tener consecuencias desastrosas si los bancos centrales… suponen… que dichos préstamos valen, en dinero contante y sonante, lo que no valen.” ¡Vaya curva de aprendizaje!

 

Esa es la esencia del diálogo, de saber aprender, saber corregir, de escuchar. Es parte de un temperamento, típico de un verdadero liberal. Hoy, detestar al liberal se ha convertido en imperativo moral. Pero en una sociedad de diálogo, una sociedad abierta, el principio reinante es que ningún miembro de la sociedad puede imponer su visión sobre otros. Esa es la fuente de la libertad: las decisiones sobre el deber ser, se toman en forma independiente de una previa concepción de cómo se debe vivir la vida del humano—ya sea algún nacionalismo tropical, una corriente talibán, un tecnócrata sabelotodo o un neo-conservador estatista. En las palabras de Mario Vargas Llosa, “el liberal que aspir(amos) a ser ve en la libertad un valor fundamental.” Es, gracias a esta libertad, a dejar hacer pero a  respetar las visiones de otros, que la humanidad prospera.

 

En ese mismo tenor, Gabriel Zaid escribe, sobre el mercado y su naturaleza como proceso de diálogo: “Nació como una institución preferible a la rapiña o guerra. Proviene del saludo, la conversación y el intercambio de regalos entre las tribus. El mercado no es la ley de la selva: es una institución de la libertad civilizada.”

 

Es decir, la libertad como valor que impone límites al uso de la autoridad—y por ende, de abandonar la vanidad de planear, orientar, dirigir otros proyectos de vida. Esa es la esencia de esta generación de diálogo económico, de conversar con la historia, la vida cotidiana y la actividad de hacer más con menos, en menor tiempo.

• Liberalismo

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