Ideas al vuelo
Ene 22, 2009
Ricardo Medina

Gran discurso, nada más

La plegaria cívica del martes fue impecable, pero no sirve para los 1,459 días de prosa dura, fatigosa, oscura y ambigua, que habrán de seguir.

Magistral. El discurso inaugural del presidente Barack Obama es una gran pieza retórica. La manufactura de un discurso político memorable, como el que escuchamos el martes, es un trabajo que requiere una cultura amplia, un dominio minucioso de la sintaxis, de la delicada arquitectura de palabras y silencios, un vasto vocabulario que permita al autor encontrar siempre el adjetivo preciso y, desde luego, olfato político. Un conocimiento acucioso del personaje que habrá de pronunciarlo y de su papel en el entramado histórico.

 

Todo eso reunió el mensaje inaugural de Obama, además de impecable gusto y una notable afinidad con la rica tradición literaria estadounidense que hunde sus raíces en la épica y la lírica del Antiguo Testamento: la cadencia de los salmos, las oraciones pareadas típicas de la plegaria y ese tono del peregrino que invoca constantemente a Dios en medio del peligro y de las contrariedades; y a quien Dios le exige ser fiel a un destino que lo sobrepasa. Orgullo templado de humildad sincera. Autocrítica afilada que se consuela, para no abatirse en la desesperación, con las imágenes del paraíso prometido.

 

El buen discurso, en estas ocasiones que de antemano se saben históricas, debe traducirse en el ánimo de los oyentes en una saludable sacudida moral, justo el mismo efecto que provoca una buena homilía que alimenta el fervor y la conversión de los pecadores fieles. Estados Unidos, la democracia moderna por antonomasia, no puede negar sus profundas raíces religiosas. El día que las olvide podría derrumbarse sin remedio. 

 

Todo eso es inspirador; no más. La prosa de los 1,459 días que restan a este mandato de Obama –cuatro años menos el día único de la inauguración- sigue siendo una incógnita irresuelta. Las recetas para salir de la recesión –que siguen tres vertientes complementarias: monetaria, fiscal e institucional– no terminan de convencer; atrapadas en mitos seductores, como el del hombre providencial (ni Obama, ni político alguno lo es), o en etiquetas ideológicas de ocasión, como la del gasto público a raudales que bastará y sobrará para sacarnos de la postración. Mentira: el gasto público a raudales nunca basta, pero casi siempre sale sobrando y se paga muy caro.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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