JUEVES, 19 DE FEBRERO DE 2009
Bardón, liberal sin temores

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“Ideologías hay varias, ciencia económica solo una, cuyas leyes, como la de gravedad, funcionan en todo el mundo, no seguirlas genera miseria y escasez.”
Luis Pazos

Hernán Felipe Errázuriz







“Nos ha dejado un personaje irrepetible, Álvaro Bardón. Coherente con sus principios, en la función pública, en la cátedra, en la polémica y en la vida privada. Él sabía que los instintos estatistas no mueren: se adaptan discretamente a las circunstancias.”


Nos ha dejado un personaje irrepetible, Álvaro Bardón. Coherente con sus principios, en la función pública, en la cátedra, en la polémica y en la vida privada.

 

Promotor del liberalismo y enemigo de la intervención del Estado en la economía, en la educación, en el matrimonio, en los sistemas electorales y en muchos temas sociales. Sus críticas al estatismo en Chile las planteó en momentos muy diferentes: durante el socialismo; después, al imponerse la libertad económica y, más recientemente, cuando el intervensionismo ha resurgido. Sabía que los instintos estatistas no mueren: se adaptan discretamente a las circunstancias. Recordaba que, una vez que los socialistas perdieron sus argumentos, descubrieron que no necesitaban controlar la propiedad, porque podían cumplir sus objetivos mediante regulaciones, y no sólo para las empresas, sino para todas nuestras actividades.

 

Estudioso de la economía y, a la vez, escéptico de la capacidad predictiva de su profesión. Presidente del Banco Central y partidario de suprimirlo y de dolarizar la economía, mucho antes de que la Unión Europea adoptara la moneda única y suprimiera a los bancos centrales nacionales. Valiente frente a la vida y a la muerte. Su formación católica no le impedía rebelarse en contra de algunos eclesiásticos que pretendían interpretar y opinar en forma normativa, apartándose de principios básicos de la economía; sostenía que Jesucristo fue el primer gran liberal de Occidente. Admirador y promotor de la actividad empresarial, no trepidaba en denunciarla, al igual que a los sindicatos y a los partidos políticos, cuando se oponían a la competencia.

 

No le importaba aparecer políticamente incorrecto. Sus lectores reconocían esa valentía y sabían dónde se encontraba él en cada debate público: su posición se conocía, pero su argumentación —y su modo de argumentar— siempre sorprendían.

 

No descalificaba a sus adversarios. Austero, muy sociable, buscaba con quién conversar y a quién acoger. Logró vencer la timidez. Y vaya que lo consiguió. Sus múltiples amistades, en los sectores más variados, apreciaron su originalidad, brillo, generosidad y simpatía, al margen de sus tajantes opiniones. Sencillo, transparente, directo, sin misterios, adivinanzas ni reservas mentales. Firme y perseverante en valores y opiniones, a pesar de desenvolverse en ambientes discrepantes. Muy probablemente, hayan contribuido decisivamente a esa invariabilidad el ejemplo de sus padres y de su familia, en particular su esposa.

 

___* Abogado chileno, ex ministro de Relaciones Exteriores.

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