MARTES, 31 DE MARZO DE 2009
El titánico dólar

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El punto sobre la i
“El socialismo es moralmente incorrecto, políticamente autoritario y económicamente imposible.”
Enrique Ghersi


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“Es de elemental prudencia salirse del inhundible transatlántico; ya tocó hielo, el agua está muy fría y entra a borbotones. No vale la pena seguir bailando y prolongar la diversión hasta que se acaben los botes salvavidas. Para protegernos en lo individual, no es demasiado tarde.”


Esta crisis apenas está comenzando. Nada indica que vaya a terminar en un tiempo previsible, o que se vaya a resolver o a mejorar por un lapso sostenido.

 

Todo gobernante, autoridad o voz de políticas públicas (haya dicho o no lo del catarrito) declara: ya pasó lo más grave; estamos tocando fondo; la recuperación vendrá en el segundo semestre; estamos admirablemente blindados y preparados.

 

Orillados por los inocultables acontecimientos, los declaradores van moderando su optimismo: es peor de lo que creíamos; decreceremos este año, etcétera. Y defienden las medidas aplicadas por el gobierno (aunque sean omisas, tardías, estatistas, controlistas e insuficientes). Y siguen diciendo: todo está bien, pero tardará otro poquito. Y lo mismo dicen en ambos lados de la frontera, y allende ambos océanos, en este idioma y en cualquier otro. El optimismo se difiere poco a poco. Pero aún no desaparece.

 

Ya se vislumbra algo muy, muy, muy grande. Un cambio de época. Un fin de estos tiempos, fin de transparencias que se van opacando y desapareciendo, fin de paradigmas que han cambiado pero no vemos los nuevos: no vemos lo que no sabemos ver. Algo fuerte apenas comienza y para eso que estamos muy, pero muy impreparados.

 

Algunos hemos dicho desde hace años —más de una década— que se avecinaba una debacle de dimensiones históricas. ¿En qué basábamos tal catastrofismo? En el fundamento más fundamental de todos los fundamentales de la actividad económica: la moneda. La dominante. La que ha crecido en valor porque aún parece segura (para sufrimiento de monedas aún peores que el dólar, como el peso), aunque sus déficits habrían avergonzado a López Portillo y echado a andar al FMI si no se tratara de Estados Unidos. Los Bonos del “Tesoro” no pagan nada, pero la gente los compra. Y hasta hoy, el Tesoro (sic) y los compradores de dólares, ven que el dólar es bueno.

 

Pero nadie engaña a todos todo el tiempo. Ninguna ley física se puede alterar (por ejemplo, la gravedad). Ninguna ley natural se conculca (por ejemplo, la genética). Las leyes económicas tampoco se pueden burlar (por ejemplo, la de que el exceso de oferta baja los precios) pero la letal diferencia es que sus efectos se pueden diferir: hacen la economía las decisiones humanas, lo que las motiva (como la confianza o los rumores), y la interferencia del poder (gobiernos, tesorerías, sindicatos, monopolios, etcétera).

 

Influyen en la práctica económica los estados de ánimo, las visiones personales o colectivas, las ilusiones, las decepciones, las emociones, los sistemas nerviosos, la psicología. Por eso hay burbujas y pánicos, alzas y bajas, y monedas falsas que nada valen pero en las que la gente cree: les tiene fe.

 

Una implacable ley económica es la de Gresham: la moneda mala desplaza a la buena. No otra cosa es el dólar. La gente, que no es estúpida todo el tiempo, empieza a perder la fe (la fiducia) en las monedas fiduciarias. La declaración “este billete de papel verde tiene valor” llega a ser tan creíble como “Eine Milliarde Mark”. En 1923, cuatro millardos de marcos (4,000,000,000) compraban un vaso de cerveza.

 

¿Pasará así al potente dólar, refugio de valor en épocas de crisis? Quizá no a esos hiperextremos, pero ¿qué tanto es tantito? Cuando lo que hoy compra un dólar llegue a valer 100, veremos si el compradólares está contento de haber protegido su fortuna así.

 

No hay de otra si, pretendiendo salvar lo insalvable y ganar algo de tiempo, habrán emitido 2.5 billones. Ahora la Fed anuncia que compra 300 millardos de dólares del “Tesoro” con ese mismo dinero-basura impreso en papel que, hasta hoy, vale por virtud de la psicología económica y la estupidez humana, o peor aún, la malicia de quien la usa para su provecho (hablo de la Fed, Greenspan y bribones que los acompañan).

 

La pregunta no es si perderá su valor el dólar (indudable) sino cuándo; cuándo vendrá la plena vigencia de las leyes económicas. Preguntemos qué sucederá pronto en el G-20, o si cualquier gobierno responsable cambia de moneda de respaldo y referencia tras perderle la fiducia a una moneda que en poco tiempo parecerá de república bananera.

 

Lo relevante hoy es ¿qué hacer ante esa tremenda merma de valor? Como país: presionar para que el Banco de México sea de verdad autónomo (sacudiéndose a sus jefes de la Fed) y acepte la completa monetización de la plata, sin suprimir al peso.

 

En lo personal: un refugio de valor disponible para cualquiera hoy, es la plata en onzas Libertad (de venta en Banco Azteca, casas de cambio o en la Casa de Moneda). Que el último peso antes de la debacle bursátil lo gane otro; que mi ganancia marginal la obtenga el que me compre; o asumo mi pérdida antes de que crezca.

 

Es de elemental prudencia salirse del inhundible transatlántico; ya tocó hielo, el agua está muy fría y entra a borbotones. No vale la pena seguir bailando y prolongar la diversión hasta que se acaben los botes salvavidas. Para protegernos en lo individual, no es demasiado tarde.

• Crisis / Economía internacional • Moneda de plata

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