LUNES, 20 DE ABRIL DE 2009
Sobre el narco y la violencia

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“Más progreso lograríamos los mexicanos con mayor libertad económica que insistir tercamente en la prohibición de drogas. Más progreso con mayor libertad económica y, lo mejor, menos derramamiento de sangre.”


Se fue de México el Presidente estadounidense Barack Obama (en su primera visita como Presidente) y al parecer problemas fundamentales como el narcotráfico y la violencia que trae aparejada seguirán latentes en los próximos años. Y es que no se entiende que esto no se arregla con promesas y “palmaditas” (ya que la palabreja se puso de moda, aprovecho y la utilizo).

 

La prohibición no sólo no ha logrado disminuir el consumo de drogas, sino que ha acelerado de manera violenta los asesinatos entre narcos y de policías tanto corruptos como honestos. Y lo peor, a veces han sido agredidos también víctimas inocentes.

 

Es muy común citar a la ciudad de Chicago en los años treintas del siglo pasado para demostrar que la legalización de la droga, si bien no terminó con el consumo de la misma, sí acabó con los crímenes violentos. La razón: al legalizarse el alcohol, se derrumbó su precio, pues además de aumentar los oferentes, bajó el enorme costo que era el riesgo de comerciar el mismo. Pero para demostrarlo no tenemos que irnos tantos años atrás.

 

Ya nadie recuerda a la Ciudad de Nueva York en los años ochentas. Además de tener el índice delictivo -en ese momento- más alto del mundo, estaba lleno de ejecuciones producto del narcotráfico (datos de la policía de esa Ciudad tenían estadísticas que demostraban que de los asesinatos cometidos, un 25% estaba relacionado con las drogas, especialmente entre jóvenes de la raza negra).

 

¿Cuál era la causa de que buena parte de los crímenes cometidos en Nueva York estuvieran relacionados con el tráfico de drogas? Como lo ha demostrado el economista de la Universidad de Chicago, Steven Levitt, lo que inicialmente desató la violencia por drogas en dicha ciudad fue el precio súper atractivo de una droga llamada crack. Y cuando decimos súper atractivo, nos referimos a que era muy rentable entrar al comercio de crack; valía la pena para muchos jóvenes negros sin educación correr el riesgo de ser arrestado y/o asesinado. Con mucho, las ganancias compensaban el riesgo de vender crack.

 

Aunque los que realmente se enriquecían eran los líderes distribuidores de crack, la alta rentabilidad daba un poderoso incentivo a los jóvenes comerciantes de crack de bajo perfil para incluso asesinar y llegar lo más rápido posible a la cima del negocio.

 

 ¿Cuándo declinaron de manera impresionante los crímenes por crack? El precio de la cocaína -bien sustituto del crack- llevaba años descendiendo y a medida que aumentaba la oferta de crack, el precio caía y las ganancias se desvanecían. Los traficantes de cocaína y crack emprendieron una verdadera guerra de precios, que llevó al derrumbe en las ganancias por la venta de crack. Muchos jóvenes que comerciaban crack vieron que no era ya atractivo “jugarse el pellejo”. No valía ya la pena matar a alguien para robarle su territorio de comercio de crack y menos aún morir por esa causa.

 

Ojo, aunque el crack no se legalizó, el derrumbe de precios desincentivó a proseguir matándose por un producto barato.

 

Durante varias administraciones priístas en México, el comercio de drogas fue ampliamente tolerado, por lo que los productores no corrían grandes riesgos y podían vender con facilidad drogas duras y blandas a consumidores en EU. Ello sin duda condujo a precios bajos para los consumidores. Asimismo, los crímenes violentos eran mucho menores y no acaparaban la atención de los medios de comunicación. Pero, ¿qué ocurrió en épocas de duros golpes de las autoridades al comercio ilegal de drogas? Economía elemental amigo lector; a menor oferta, mayores precios. Todo bien escaso trae aparejado el alza en su precio. Así que aún cuando caía alguno que otro importante capo, inmediatamente se llenaba su lugar. Asimismo, el alza en las ganancias incentivaba de manera poderosa a muchos jóvenes mexicanos sin educación -también a no pocos campesinos pobres- a dedicarse al comercio de drogas. De ahí que el problema no radica en la producción (ojalá lo entiendan algunos testarudos), sino en el consumo. Es el consumo la etapa final del proceso económico, y es a través de los precios, que envían señales a los productores, de que es atractivo seguir ofertando determinado bien, y la droga no es la excepción.

 

Por supuesto, los narcos también razonan como empresarios y cuando ven que se dispara demasiado el precio de una droga, segmentan mercados, es decir, no dejan de proveer de droga cara a, por ejemplo, jóvenes de Beverly Hills, sino que innovan y crean drogas sintéticas baratas, pero incluso más peligrosas y letales que las no sintéticas.

 

En los dos primeros años de Calderón como Presidente, el decomiso de toneladas de droga ha nuevamente disparado los precios de drogas como la cocaína original, lo que prosigue incentivando a comerciar droga ilegal, y peor, a un alza en los índices de criminalidad.

 

Legalizar las drogas no traería como objetivo el reducir el consumo, sino en disminuir la violencia entre narcos y que a veces ya afecta a la población civil inocente, así como en bajar el alto riesgo para los consumidores de droga que sin regulación alguna, muchas veces no saben lo que se meten al organismo.

 

Al legalizar el mercado de drogas, inicialmente se atrae a mucho más productores, pero en el mediano plazo los precios se derrumban pues a mayor oferta -y menor riesgo de intercambiar- menores precios, lo que implica que muchos narcos tengan el incentivo a dedicarse a otra cosa. Ojo, porque algunos periodistas bisoños ven en esto un problema. ¿Qué pasa si los narcos al ver que ya no vale la pena arriesgarse en el mercado de drogas deciden dedicarse al secuestro, como de hecho ya ha pasado? Hay una enorme diferencia, pues en el comercio de drogas, los narcos “satisfacían” necesidades de consumidores enfermos. En el secuestro no, y con una policía eficiente (como en su momento lo fue la AFI), se puede bajar de manera importante el número de los mismos. Imagine el lector ¿qué no podría hacer el gobierno si en vez de dedicar 10 mil millones de dólares a la construcción de una refinería -que bien podría ser construida enteramente con dinero de inversionistas privados- lo asignara al fortalecimiento y profesionalización de las fuerzas policiales?

 

Ya antes lo hemos expresado en este espacio, para bajar el consumo de drogas la prohibición NO es la solución. Para bajar el consumo de drogas lo fundamental es la educación, y ello antes que al gobierno compete a los padres de familia. Más haría el gobierno dedicando sus recursos millonarios -que año con año crecen- para combatir el narco, si los asignase a campañas masivas en los medios de comunicación que adviertan los peligros de consumir drogas. Habría más campañas (efectivas y de buen gusto y no como las que hoy predominan en radio y t.v. de políticos haciendo proselitismo de sus populismos y que para ello a veces usan a actrices guapas), menos drogadictos (aunque ello pasa, insisto, por los padres), y sobre todo menos sangre derramada.

 

Legalizar no es libertinaje, legalizar es poner reglas claras a un mercado que hoy además de ser negro es sangriento. Legalizar es prohibir que niños consuman drogas. Legalizar es castigar ejemplarmente a quien no respete las reglas y envenene a niños y consumidores adultos (sí, es cierto, la adicción a las drogas es finalmente veneno con el tiempo, pero no se compara con el efecto de muerte instantánea que provocan algunas drogas sintéticas al mezclarse con el alcohol; una droga legal que no mate de manera instantánea, da oportunidad al consumidor enfermo de que se cure de su adicción).

 

Las prohibiciones -o regulaciones que entorpecen los intercambios- no funcionan. Las prohibiciones sólo hacen más poderosos a los productores que actúan en los mercados negros, y los narcos no son la excepción.

 

Veo que aún los estadounidenses -lo que incluye a su gobierno- no le entienden al tema, y probablemente pasarán otros años más para comenzar a tomar las medidas adecuadas. México no debería esperarse este tiempo. Mucho haría para desalentar -no acabar- el narco, si hace que suba el empleo y rentabilidad de otros mercados legales -y de menor riesgo- y ello pasa por mejorar el régimen de inversión (cambiar a los obsoletos artículos constitucionales 27 y 28 que estúpidamente inhiben la inversión privada en los sectores estratégicos, que precisamente por serlos no deberían estar en manos del gobierno sino de particulares) y aumentar con ello la libertad económica.

 

Más progreso lograríamos los mexicanos con mayor libertad económica que insistir tercamente en la prohibición de drogas. Más progreso con mayor libertad económica y, lo mejor, menos derramamiento de sangre.

• Drogas

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