JUEVES, 8 DE OCTUBRE DE 2009
La vida, la muerte y el DDT

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“El objetivo de la ONU es reducir a 30 por ciento, para el año 2014, la utilización de DDT a nivel mundial y totalmente para alrededor del año 2020. Eso equivaldría a asesinatos masivos y al triunfo definitivo de la politiquería ambiental sobre la salud pública.”


(AIPE)- Recientemente se detectó la primera evidencia de resistencia a la más efectiva medicina contra el paludismo, la artemisinina. Esto podría convertirse en una verdadera catástrofe porque la malaria, transmitida por zancudos anófeles, es una de las peores enfermedades que sufren los países pobres del trópico. Ocurren entre 350 y 500 millones de casos de paludismo cada año y 41 por ciento de la población mundial vive en esas regiones tropicales.  

 

El paludismo o malaria impone inmensos costos a individuos, familias y gobiernos, impidiendo que muchos países pobres logren desarrollarse. Se estima que el crecimiento económico de naciones con alta incidencia de paludismo avanza a un ritmo 1,3 por ciento más bajo que otros países.

 

Alrededor del 40 por ciento de la población mundial, unas 1.300 millones de personas, viven en el sureste asiático, donde ocurren más de 120 mil muertes por esa enfermedad cada año. Y quienes la sobreviven quedan gravemente debilitados, convirtiéndose en un peso para sus familiares.

 

En 1972, la Agencia Protectora del Medioambiente prohibió el uso en Estados Unidos del DDT, un efectivo y barato pesticida. Posteriormente, bajo el Convenio de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes se extendió, en el año 2001, esa prohibición a casi todo el resto del mundo.

 

Aunque el DDT es una sustancia moderadamente tóxica, hay una gran diferencia en su aplicación a extensas áreas de terrenos sembrados y su uso moderado dentro de viviendas, para exterminar los nidos de mosquitos.

 

Los regulaciones que prohibieron el uso del DDT no tomaron en cuenta lo poco efectivo que resultan las alternativas, varias de las cuales son tóxicas para los peces. Al no poder utilizar el DDT, las autoridades gubernamentales encargadas de exterminar plagas y mosquitos derrochan sus presupuestos en alternativas que no son efectivas, por lo que han aumentado los casos de enfermedades transmitidas por mosquitos, como el dengue y la malaria. Por ello, en 2006, luego de unos 50 millones de muertes que se hubieran podido evitar, la Organización Mundial de la Salud de la ONU dio marcha atrás y aprobó el uso del DDT por ser la sustancia más efectiva.

 

Sin embargo, en mayo de este año ese mismo organismo de la ONU anunció que su objetivo es reducir a 30 por ciento, para el año 2014, la utilización de DDT a nivel mundial y totalmente para alrededor del año 2020. Eso, en ausencia de vacunas y otras medicinas efectivas, equivaldría a asesinatos masivos y al triunfo definitivo de la politiquería ambiental sobre la salud pública.

 

¿Cómo evitar esa tragedia? Primero que todo, los gobiernos deben evaluar la documentación elaborada desde los años 70 sobre el DDT y permitir su uso dentro de las viviendas. Segundo, los gobiernos deben suspender todos los aportes a organismos de las Naciones Unidas que se opongan al uso de la mejor tecnología para controlar enfermedades transmitidas por mosquitos. Por último, las autoridades sanitarias deben lanzar una campaña informativa para educar tanto a los funcionarios como al público en general sobre la importancia y la seguridad del buen uso del DDT.

 

Para poder controlar el flagelo de la malaria hay que eliminar el estigma que erradamente se le impuso al DDT, haciendo buen uso de él y poder evitar así la muerte de millones de personas.

 

___* Médico y biólogo investigador de Hoover Institution, Universidad de Stanford.

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