De capital importancia
Oct 14, 2009
Roberto Salinas

Luz al final del túnel

Acabar con los fabulosos privilegios que gozaba esta paraestatal corrupta y obesa era ya no tanto una necesidad económica, sino un imperativo moral.

Ya era hora; y, ojalá esta sea la primera de varias iniciativas similares. Será un reto, ahora, contener a las fuerzas sindicales que han vivido de los privilegios del ogro filantrópico. Para ello, habrá que comunicar en forma efectiva el altísimo costo de oportunidad de mantener el statu quo.

 

Si bien el costo de liquidación puede ascender a veinte mil millones de pesos, la ganancia permanente será inmensamente superior, tan solo en ahorro financiero—una cifra ya bien conocida de subsidio anual, equivalente a cuarenta mil millones de pesos por año. A esto, hay que sumarle los altos costos de ineficiencia, corrupción, privilegios, apagones ad nauseaum, y un muy largo etcétera.

 

Será infinitamente más “social” destinar los nuevos ahorros permanentes para financiar una liquidación generosa, y un subsidio generoso, por la vía de gasto directo, a las familias más necesitadas. Vaya, el costo de las tarifas residenciales, subsidiadas en su totalidad, para la mitad de la población, equivale más o menos a unos veinte mil millones de pesos anuales.

 

Asimismo, el paso en la dirección correcta sería tomar esta liquidación como la primera de varias condiciones para (¡por fin!) hacer una transición hacia un sistema de mayor competencia eléctrica. La nueva paraestatal que sustituya a LFC tendrá que ser competitiva, eficiente, auto-financiable, y libre de fijar cuotas de acuerdo a lo que determine la oferta y la demanda. Los apoyos a los más necesitados, que vengan más bien por la vía del gasto.

 

Este episodio representa un caso que divide a los que han vivido del estado, y lo consideran derecho divino, y los que ven una oportunidad para modernizar al país. No es la mano peluda del innombrable, sino millones de manos visibles de consumidores que anhelan luz al final del día.

 

Esta iniciativa no es una varita mágica, pero sí un ejemplo de los duros ajustes que se deben atacar. Hay que mantener una visión de largo-plazo: para alcanzar los niveles de vida de mercados emergentes, como Corea del Sur o Irlanda, requerimos crecer a tasas promedio de 7%, en forma ininterrumpida. Esto es una meta que, hoy por hoy, es inalcanzable.

 

Empero, tenemos que empezar con lo obvio; y, acabar con la gama de fabulosos privilegios que gozaba este modelo de paraestatal obesa y corrupta era ya no tanto una necesidad económica, sino un imperativo moral.



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El punto sobre la i

Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

Rafael Ramírez de Alba
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