MARTES, 3 DE NOVIEMBRE DE 2009
Los políticos mexicanos no son de Marte

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“Los políticos mexicanos no son de Marte, el problema es el arreglo institucional con el que operan, el arreglo institucional que da lugar a no cooperar eficazmente, aunque esto sea a costa del resto de la sociedad.”


Mezquindad, cinismo, mala fe, hipocresía, mentira, y en general cualquier objetivo similar a éstos se aplica a la clase política mexicana. Sólo hay que ver su comportamiento en la aprobación del presupuesto de ingresos. Todos y cada uno metiéndose el pie. No sé en qué acabe esto, pero qué desastre y vergüenza.

 

Ahora bien, un poco de racionalidad nos permitirá entender el por qué de este nefasto comportamiento. Hay una razón: los incentivos de los políticos no están alineados con los del electorado común y corriente (la mayoría). Los incentivos con el que se mueven los políticos responden a intereses propios de grupo y en general a intereses bien organizados de grupos privados que son verdaderos privilegiados del presupuesto, verdaderos privilegiados que viven a costa del bolsillo de los contribuyentes.

 

La teoría de juegos (una herramienta útil que ayuda a entender la interacción estratégica, negociación, cooperación ó no cooperación entre agentes económicos ó políticos) nos ofrece respuestas útiles del por qué de la conducta de la clase política mexicana. Un juego clásico se denomina el dilema del prisionero.

 

El dilema consiste en dos delincuentes que son arrestados e interrogados por separado por la policía. A ambos se les promete un castigo menor si confiesan y ayudan a resolver totalmente el delito. Si ambos no confiesan, entonces la policía no puede resolver totalmente el caso, y lo único que podría hacer sería imponer un castigo mínimo ó de plano liberarlos. Esa sería la mejor situación para ambos prisioneros (óptimo de pareto). El problema es que la estrategia dominante es la no cooperación, pues los dos delincuentes quieren sacar provecho de confesar y salir libre ó con un castigo mínimo. El resultado es decepcionante, pues al perseguir cada uno maximizar su bienestar, en conjunto no lo logran, y al no cooperar entre ambos prisioneros (se delatan mutuamente) la pena acaba siendo mayor (predomina el equilibrio no cooperativo ó equilibrio de Nash).

 

¿Hay solución al dilema del prisionero? Sí, y éste pasa por jugar el juego no una vez, sino varias, en dónde ambos prisioneros al ver que no cooperan, se castigan mutuamente hasta darse cuenta que es mejor cooperar y evitar la estrategia dominante de Nash.

 

El dilema del prisionero tiene muchas implicaciones para el mundo real en economía y ciencia política, pues nos permite entender las estrategias que pueden usar los contrincantes para ganar mercado y/o alguna contienda política. En el caso de la política mexicana, nos ayuda entender el comportamiento mezquino y a veces medio mafioso de los políticos de todos los partidos. No hay incentivos a cooperar.

 

Los políticos mexicanos no son de Marte, el problema es el arreglo institucional con el que operan, el arreglo institucional que da lugar a no cooperar eficazmente, aunque esto sea a costa del resto de la sociedad.

 

Es necesaria una reforma radical al sistema político mexicano. Un primer paso es la reelección legislativa que de incentivos a los políticos a cooperar (hacer que el juego del dilema del prisionero se repita varias veces) y no a ponerse el pie cada vez que pueden. Hay que meterle competencia al sistema y ello pasa por la reelección. Pero no basta. Al día de hoy los políticos sirven a sus cúpulas y ello es por la simple y sencilla razón de que deben su puesto a los jefes de sus respectivos partidos. Una reforma adicional sería el introducir elecciones primarias para que las candidaturas también sean competidas y busquen el voto de los militantes y no sólo el de los jerarcas del partido. Así, con la reelección y las elecciones primarias se da pie a que el ciudadano elector sea el jefe, la figura central a quien hay que rendir cuentas. Hay evidencia empírica muy fuerte de que la reelección hace que las comisiones se profesionalicen (y también los políticos), pues los políticos, si quieren hacer carrera larga y fructífera, necesitan resolver de verdad y con prontitud los problemas de política pública (y no posponer su solución, como hace hoy el PRI, que de acuerdo a su cálculo político, ya se ve en Los Pinos en 2012; no se nos olvide que el PAN también se comportó así en la era de Zedillo). Si no lo hacen, entonces el electorado los castiga y acaba con su carrera política.

 

En el caso mexicano, estas reformas apenas son el inicio, pues se requiere acabar con el abuso, dispendio que los partidos políticos hacen con el presupuesto público. Una reforma total al financiamiento de los partidos. Lo ideal es a la gringa, que los partidos no reciban un solo quinto del contribuyente, a menos que sean cuotas voluntarias. Si alguien quiere el poder que botee. Si no, al menos a la europea, partidos políticos con presupuesto limitado y austero, con rigurosa rendición de cuentas, y cero acceso a los medios de comunicación con spots abusivos y de mal gusto.

 

Y que nos se nos olvide, es de vital importancia eliminar la actual ley electoral que convierte al IFE en órgano censurador y carísimo que amordaza a los ciudadanos para denunciar y señalar a los malos políticos en los medios de comunicación. A mí la situación económica de México me preocupa, pero jamás me haría irme del país. En cambio, lo que me da un verdadero temor y me hace pensar en emigrar, es la mordaza que nos impusieron en los medios de comunicación, una mordaza que podría llevar a que elijamos en el futuro a nuestro propio Chávez, Correa ó Morales. Horror nada más de pensarlo. ¡¡Esta nefasta ley electoral debe cambiar!!

 

En el caso de la revocación de mandato, ésta debe ser pensada y analizada cuidadosamente, pues puede acabar en un instrumento para intentar imponer la dictadura como sucedió en Honduras. Debe haber revocación del mandato para todo aquel gobernante y político que viole los derechos naturales del hombre (el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad) y/o intente romper el equilibrio entre los tres poderes, el Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

 

Como liberal no soy partidario de la democracia vulgar (esa en la que la mayoría que triunfa sirve para aplastar y/o expoliar a la minoría que pierde), pero sí en la democracia liberal, esa que aunque no perfecta, preserva los derechos naturales de los seres humanos y razonablemente responde a los distintos problemas de políticas públicas. Lo ideal es una República Federal, pero en ausencia de esta figura, al menos hay que hacer que predomine, al igual que en los mercados, la competencia entre los políticos, los incentivos por servir a los intereses de los electores y al de grupos privados que quieren chupar del presupuesto.

 

Por cierto, como bien decía Milton Friedman, es muy importante que el elector se organice como sociedad civil y forme agrupaciones de consumidores y contribuyentes (celebro que en México al fin haya surgido la Unión Nacional de Contribuyentes) para evitar el abuso de los gobernantes y/o de grandes corporativos que buscan evitar la competencia, ó chupar del presupuesto.

 

En este tenor, también sería deseable, pero con reglas claras, el permitir candidaturas independientes, candidaturas fuera de la esfera de los partidos políticos oficiales, para que los ciudadanos, vía un examen meritocrático, puedan acceder a puestos de elección popular.

 

Los políticos mexicanos no son de Marte, pero si queremos que no se comporten y persigan incentivos perversos que los convierten en una partidocracia al servicio de los intereses de los buscadores de rentas (y de los intereses propios por supuesto), debemos cambiar el marco institucional en el que se mueven. Si no, seguiremos viendo las mismas miserias, las mismas mezquindades con la que los políticos mexicanos operan en el Congreso y que evita que los mexicanos entremos a la modernidad que merecemos. Cambiar ó morir, esa es nuestra disyuntiva política.

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