VIERNES, 20 DE NOVIEMBRE DE 2009
Cuestión de muros

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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“En este continente proclive a generar perfectos idiotas somos pobres a causa de los gobiernos y de su ansia por levantar barreras, muros y tapias a favor de sus privilegios y co-ntra la sociedad civil y productiva.”


México siempre ha padecido muros y murallas, paredes y paredones, bardas y barreras, desde que aquí reinaban los civilizadísimos aztecas, proclives a reclutar carne para ofrendarla arriba del Templo Mayor, bañarse los sacerdotes-matarifes en sangre, aventar intestinos por la escalinata y colgar del tzompantli los decapitados cráneos. Ese muro de cráneos adornaba la Plaza Mayor, para deleite del sediento Huitzilopochtli. (No sé por qué, con la cruz o con la espada, se apresuraron los españoles a destruir tan bellas y evocadoras construcciones.)

 

México padece un nuevo muro, feo y de fierro oxidado, que impide entrar al país vecino a buscadores de empleos que la empresa mexicana –gracias a la Secretaría de Hacienda, el Congreso y toda tramitocracia legal e ilegal– no puede generar.

 

Dice The Economist respecto a 20 años sin Muro de Berlín y con nueva libertad política y económica en un mundo globalizado: “Tanto se ha ganado, tanto se puede perder”. Por ejemplo, “500 millones de personas sacadas de la pobreza absoluta, hacia algo que se parece a la clase media” gracias al desarrollo del capitalismo.

 

Todo muro (físico, ideológico, mental, político, fiscal, económico, religioso) acaba matando y empobreciendo, como ocurrió en aquél Occidente secuestrado del que hablaba Milan Kundera, con media Europa sufriendo dos modelos de fascismo entre 1933 y 1989. Hay que ver el desempeño de esa Europa cuando pudo demoler las murallas contra la libertad.

 

Aparte de las bardas físicas, el mundo no mexicano se sacudió todo tipo de armaduras ideológicas, mentales y fiscales. Salvo las barreras al comercio exterior, que nos han permitido estupendas ventajas al consumidor al ser uno de los países más abiertos, nuestras barreras siguen enhiestas y muy firmes. El país que prohijó la pintura mural no puede destruir sus muros así como así.

 

Tenemos un muro de intolerancia religiosa (me refiero obviamente a la religión soberanista) que impide a México hacer reformas de verdad en cuestiones petroleras, económicas, legislativas, regulatorias, fiscales, laborales o sindicales. Como toda religión que en vez de religar quema o mata infieles, el soberanismo levanta muros mentales e ideológicos, intolerancias y ortodoxias; amarra mentes, ideas y acciones al catecismo de la corrección política y, al estilo Ripalda, sus fieles se obligan a defender lo que es correcto defender. Si la ortodoxia dice, por ejemplo, que es bueno y progresista el sindicalismo, defiende al aristócrata sindical aunque ordeñe privilegios, venda plazas, explote a la base, robe directamente, o infle nóminas de sindicalizados –oh portento– con parientes o compadres. (Las malas lenguas dicen que había sindicalizados inexistentes en Luz y Fuerza el Centro, y que por eso no cobraron su liquidación… ¡no lo puedo creer!)

 

A diferencia de las que viven dentro de las murallas, las entidades privadas viven fuera del presupuesto subsidiador y son ajenas a la ortodoxia, sin impuestos que las mantengan o intelectuales que las defiendan. Ésas sí tienen la prerrogativa de quebrar, desaparecer y desemplear.

 

En este continente proclive a generar perfectos idiotas somos pobres a causa de los gobiernos y de su ansia por levantar barreras, muros y tapias a favor de sus privilegios y contra la sociedad civil y productiva. Tenemos un gobierno de religión fiscalista que le manda sanearse enfermando a quien le paga. Diputados y senadores soberanistas que atan las manos a quien quiera y pueda trabajar. Ambulantes que gozan de concesiones exclusivas para trabajar y pagan muchos impuestos, pero los que les imponen sus líderes. Líderes que según el fisco no existen, y sólo rinden cuentas y salpican a quien les da permisos y concesiones. Partidos que monopolizan lo que según ellos de interés público: la política. Monopolios que dicen que no lo son pero que reciben concesiones exclusivas y gobiernan la Comisión Federal de Competencia. Sindicalizados que se sienten Elegidos del Altísimo para mantener su ombligo perpetuo pegado, hasta la tumba, al denominador común: el presupuesto.

 

Afuera de las murallas y fosos que protegen la integridad de las fortalezas que albergan a la aristocracia sindical-gubernamental-académica-legislativa-partidista-oficial-policíaca y hasta delincuencial, los guardianes de esas áreas de privilegio impiden a los de afuera acercarse a los fosos y a los muros y a los blindajes. Todos los de adentro, sin excepción, se saben con derecho a mejorar su nivel de vida obligando a que la sociedad productiva les pague. Si el poder no da eso, ¿para qué servirá?

 

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