JUEVES, 3 DE DICIEMBRE DE 2009
Cambio climático y el derecho al escepticismo

¿A quiénes deben ir dirigidos los apoyos por parte del gobierno en esta crisis provocada por el Covid19?
A las personas
A las empresas
Sólo a las Pymes
A todos
A nadie



El punto sobre la i
“El gobierno es un mal necesario”
Thomas Paine


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“Tenemos derecho a ser escépticos y a no comprar, sin análisis ni crítica, cualquier profecía disfrazada de ciencia que, en el fondo, se sustenta en un entramado complejo de suposiciones no demostradas.”


El espectro de opiniones respecto de las amenazas del llamado cambio climático es muy amplio. Veamos.

 

En un extremo tenemos el rechazo total a las previsiones de una eventual catástrofe climática -seguida de una secuela de catástrofes económicas y sociales- y el rechazo a que se inviertan cuantiosos recursos públicos y se limiten seriamente las oportunidades de crecimiento de los países pobres fijando prohibiciones y límites al uso de combustibles de origen fósil.

 

En el otro extremo tenemos a quienes proclaman una fe ciega (de carbonero, se decía antes) en las predicciones más sombrías acerca de la catástrofe ecológica y proclaman que esta lucha -contra el llamado calentamiento global- es la más importante, urgente y noble que pueden y deben emprender hoy los seres humanos.

 

En medio de estos extremos, tenemos a multitud de gobiernos que hablan mucho del asunto, que hacen propias la mayoría de las presunciones de los profetas del desastre ecológico final, pero que a la hora de la verdad tampoco hacen mucho, en sus propios ámbitos de poder local, para disminuir eficientemente las emisiones de CO2 a la atmósfera.

 

Ejemplo del primer extremo es la excepcional -y sin duda valiente, porque se necesita mucho valor para desafiar la opinión dominante y la hegemonía de los políticamente correctos- postura del presidente de la república checa Vaclav Klaus quien sin ambages hace votos porque fracase la inminente cumbre de Copenhague: Tal fracaso consistiría en que no se acordase ninguna medida efectiva en la cumbre -a celebrarse del 7 al 18 de diciembre- porque para Klaus toda la retórica acerca del cambio climático sólo esconde una "ideología medioambiental" que socava los fundamentos del liberalismo y promueve un totalitarismo pintado de verde. (Ver aquí).

 

Por el otro, tenemos a los campeones más o menos serios del cambio climático, como Nicholas Stern (digo "serios" porque personajes como Al Gore son más estrellas pop de la política medio-ambiental que sin escrúpulos ni bases científicas incrementan las alarmas sólo para llevar agua a su molino político y dólares a sus bolsillos) quien poco menos que advierte que la cumbre de Copenhague es la última oportunidad para que la humanidad se salve a sí misma de la destrucción. (Ver en este otro sitio).

 

Me ubico más cerca de Klaus que de Stern, pero no por ello creo que debamos hacer oídos sordos a los llamados serios a evitar una mayor degradación ambiental. Tampoco creo que sea pura pérdida de tiempo buscar políticas públicas viables que limiten el uso desenfrenado del petróleo, del gas y del carbón (entre otros energéticos) y sospecho que la mejor respuesta está en la energía nuclear que injustamente ha sido calificada como excesivamente riesgosa (eso es un cuento, pregunten a los franceses que reciben la mayor parte de su energía eléctrica de plantas nucleares, sin haber enfrentado nunca un accidente serio). Pero también aplaudo la franca y valiente oposición de personajes como Vaclav Klaus porque nos recuerdan dos cosas muy importantes: 1. Tenemos derecho a ser escépticos y a no comprar, sin análisis ni crítica, cualquier profecía disfrazada de ciencia que, en el fondo, se sustenta en un entramado complejo de suposiciones no demostradas, y 2. Los costos de combatir con denuedo a un espectro -de cuya existencia no tenemos certeza- pueden ser altísimos e irreversibles sobre todo para muchos países que apenas empiezan a despegar hacia el desarrollo.

• Calentamiento global

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