Pesos y contrapesos
Dic 18, 2009
Arturo Damm

Salario mínimo

El salario mínimo, y la manera en que se decide su aumento, van en contra de la lógica económica, por más que se consideren políticamente correctos.

En algún momento alguien lo entendió al pie de la letra y consideró que el salario mínimo tenía que ser eso, mínimo, y hoy, en promedio, es de 53.33 pesos, no por hora, sino por día.

 

El nivel que hoy tiene el salario mínimo es una de las consecuencias de la inflación que se padeció en los sexenios de Echeverría, López Portillo y De la Madrid, 1971 a 1988, a lo largo de los cuales la inflación promedio anual fue 34.9 por ciento, lo cual dio como resultado una inflación acumulada, ¡en 18 años!, de 48 mil 798 puntos porcentuales. Tal es el poder destructivo de la inflación, misma que sigue presente: la inflación acumulada de 2001 a 2009, suponiendo que terminemos este año con inflación del 4.00 por ciento, será 50 por ciento.

 

Si el poder adquisitivo del salario mínimo es eso, mínimo, la manera en la cual se determina su aumento es una vergüenza. Primer acto: el Banco de México presenta su proyección de inflación para el año entrante. Segundo acto: los integrantes de la Comisión Nacional del Salario Mínimo deciden, después de sesudas consideraciones y agotantes negociaciones, otorgar un incremento algunas décimas de punto porcentual por arriba de la inflación proyectada por las autoridades monetarias. Tercer acto: si, al paso del año, la inflación observada resulta menor que la proyectada, el salario mínimo recupera algo de poder adquisitivo, pero si, por el contrario, la inflación observada resulta mayor que la proyectada, el poder adquisitivo del salario mínimo pierde poder adquisitivo.

 

Al paso de los años, suponiendo que uno y otro escenario se turnen, como de hecho ha sucedido, el poder adquisitivo del salario mínimo permanecerá más o menos igual, tal y como sucedió de 2001 a 2009, años a lo largo de los cuales el poder adquisitivo del salario mínimo aumentó, solamente, 1.4 por ciento. Lo ganado en los años buenos (los nones: 2001, 2003, 2005, 2007 y 2009) se perdió en los malos (los pares: 2002, 2004, 2006 y 2008), y el resultado final, por demás mediocre, es el citado: en diciembre de 2009, con el salario mínimo, se puede comprar solamente 1.4 por ciento más que en diciembre de 2000.

 

Decidir el incremento al salario mínimo en función de la inflación proyectada, como se hace año tras año, es poco ético, porque trata a todos por igual (se otorga el mismo aumento a todos quienes perciben el salario mínimo), y porque hace caso omiso de los aumentos en la productividad del trabajo (en función de los cuales se debe otorgar cualquier aumento salarial). Dicho sea de paso, el aumento a los salarios contractuales se otorga en función del incremento otorgado a los mínimos, razón por la cual adolece de los mismos excesos y defectos.

 

El salario mínimo, y la manera en que se decide su aumento, van en contra de la lógica económica, por más que se consideren políticamente correctos, sin olvidar que el 15 por ciento de la población ocupada gana el salario mínimo.



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El punto sobre la i

Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

Rafael Ramírez de Alba
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