LUNES, 4 DE ENERO DE 2010
Uno más uno menos

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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Fernando Amerlinck







“Alborea el año que algunos celebrarán, como si fuese causa de regocijo haber sufrido dos guerras destructoras de cuanto teníamos hace uno y dos siglos. Como si de algo hubiesen servido esas acciones destructoras y fratricidas, iniciadas en 1810 y 1913.”


Un año más de vivencia pasada. Un año menos de sobrevivencia futura.

 

Alborea el año que algunos celebrarán, como si fuese causa de regocijo haber sufrido dos guerras destructoras de cuanto teníamos hace uno y dos siglos. Como si de algo hubiesen servido esas acciones destructoras y fratricidas, iniciadas en 1810 y 1913 (en 1910 se inició un golpe de estado; la auténtica “revolución mexicana” no fue contra Porfirio Díaz sino contra Victoriano Huerta).

 

Independientemente de la demagogia sobre nuestro “glorioso” pasado, rico en destrucción, traiciones y guerras inciviles, la partida de un año empuja a hacer reflexiones a cual más disparatadas. Cuando alguien de mi rodada mira los años idos al acumularse a la cuenta uno más, llegan como en asalto los recuerdos viejos. Me encuentro al pasado que vuelve, implacable, a enfrentarse con mi vida.

 

No puedo alejar mi pasado; no debo. ¿Para qué? La inmensa mayoría de mi tiempo ya la he vivido, y está allí. No sufro la arrogancia de decir que haría lo mismo si llegara a renacer. Mi tiempo —a pesar de mis infinitos errores, y de mi riguroso proceso de reingeniería y rediseño personal— no ha sido vano ni inútil. Con una familia que este año creció (en número de dos), y con un nutrido grupo de amigos, el mundo estará una ñapa mejor que si yo no hubiese venido a él. Con eso tengo bastante.

 

Me gusta decir (creédmelo, vivo pensando así) I am beginning. Tiempo y vida tengo siempre más. Pero lo pasado regresa sin pausa. Siento vértigo ante la antigüedad insondable de mis recuerdos, como si hubiese vivido varios cientos de años en este cuerpo mío que está fundamentalmente intacto y en envidiablemente buena salud.

 

Me asaltan escenas sueltas de mi precámbrico personal; pensamientos y recuerdos inconcebiblemente viejos, ninguno tanto como mi primer encuentro con el ser: ¿Qué hago aquí? fue mi primera pregunta filosófica, hecha de muy niño, y que difícilmente he llegado a responder.

 

En tan perdidos ayeres las aletas en los coches eran novedad y las carcachas tipo Ford 30 tenían forma de carcacha. Examiné el Cadillac Fleetwood último modelo cuando lo compró mi abuelo en 1951; vi llegar los exitosos Thunderbird y esperé en 1957 a los fracasados Edsel, que vendían en Insurgentes. Los Buick sonaban diferente de los Oldsmobile, los Ford eran más atractivos, y los Lincoln, admirables. La ciudad era limpia pero no me daba cuenta; era segura pero no lo notaba; era amable y las calles se andaban a pie, pero jamás me habría imaginado que llegasen a no serlo.

 

Viví entonces (llevaba siete años en este mundo) un primer encuentro con la velocidad, desde entonces gran afición. Entre Puebla y México vi pasar velocísimo un Lancia D24 rojo, número 34, en primer puesto delante de Taruffi y Fangio; “éste va muy despacio”, recuerdo claramente que dijo mi padre. Tres horas después Felice Bonetto, en Silao, perdió su primer lugar y me reveló por primera vez cuán súbita era la muerte. Y me sorprendí porque el despacioso Fangio ganó la IV Carrera Panamericana.

 

Habría de ver, en Avándaro y en la Mixhuca, a Ricardo Rodríguez, a Pedro, Jim Clark, Moisés Solana, Jochen Rindt, Godin de Beaufort, Lorenzo Bandini, Ayrton Senna. Todos perecieron con el casco puesto. Qué importante es cada segundo y cada milímetro en toda la vida de un hombre, si uno de ellos puede significar morir o seguir viviendo.

 

Cuando nací aún no empezaban a cimentar mi entrañable Torre Latinoamericana y Polanco estaba rodeado de alfalfares. Gobernaba Ávila Camacho, de modo que me eché completos los sexenios de Alemán, Ruiz Cortines, López Mateos (cuyo discurso inaugural oí), Díaz Ordaz, y para qué seguir… y pretendo concluir en el 2012 un proyecto de resolución personal que culminará con el presidente Calderón, poco antes de que en el solsticio de ese año se acabe al estilo maya el mundo. Y quiero seguir adelante. Quiero ver más. Veré más. Estoy comenzando. Este 1º de enero fue un nuevo principio.

 

Allá en mi individual paleolítico, mi primaria parecía diseñada en la tenebra de Manchester. Mis cancerberos maristas se han de haber entrenado dando reglazos a —como relata en sus memorias— Winston Churchill. Me castigaban dejándome de pie y en cruz, brazos extendidos, a veces bajo la siempre torrencial lluvia de la ciudad de México. Recuerdo mi pánico tras expulsarme de un lóbrego salón de clase, por mal portado, y que me encontrara afuera el director de la primaria, que se marchó en silencio, acaso apiadado de mi ostensible terror. Me estremece aún recordar al psicópata director, sacerdote que gozaba pelando los ojos y levantando las cejas al niño despavorido que lo recuerda. Rememoro los exámenes traumáticos, el temor a reprobar, y el de que en un internado de Puebla me enseñaran a ser buen estudiante. Y aquél célebre maestro de geografía, que advirtió en el pizarrón “quedará reprobado el que pegunte algo”.

 

Pero siempre, a la salida de esa escolar sordidez de agresivo y feo talante adonde acudía con pantalones cortos, me esperaba un por fin amable, sonriente, amoroso rostro que ya no veré más. Me llevaba cada mayo a ofrecer flores, y a ayudar como monaguillo la misa de las 9, todos los días de vacaciones, sábados y domingos, con sus amigos redentoristas. En 2009 dejó este espacio y este tiempo, esta mi vida y esta mi experiencia.

 

Viajé con ella a Yucatán, tierra de mis abuelos, en DC-4, dos semanas luego de morir allí Pedro Infante, en un predio que visité. Y aquél viaje hace 50 años en un DC-6 a Los Ángeles, donde murió una de las personas más entrañables, mi abuelo Miguel, presencia indispensable en mis recuerdos hasta hoy.

 

Una abuela se me fue en diciembre de 1954, por una enfermedad mal atendida. La otra iba siempre rezando el Magnificat a bordo de su Dodge 41: Glorifica ni alma al Señor, y mi espíritu se llena de gozo al contemplar la bondad de Dios mi salvador… Pasábamos en Insurgentes frente a una tienda llamada Abril, y sé que pasé por allí muchos abriles y cualesquier otros meses: la cuenta de abriles, en algún año la perdí.

 

Viví con plena consciencia a mis 40 el quiebre que marcó lo que vivió el Dante, Nel mezzo del cammin di nostra vita… Con la misma consciencia sé que he pasado la mitad de ese camino. Ya no veo tan indefinida la vida, aunque esté ya lejos aquella mitad.

 

Sesenta y tres años no es nada, dice mi mirada. Errante en esas sombras busco y nombro y me asombro, mi alma aferrada a tantos recuerdos. Las nieves del tiempo han despoblado mi cabeza, que debo cubrir. Y bajo el ala del sombrero miro a tantos que no se pudieron detener; son muchos que ya no están, y al ver cuán aprisa se acelera el pasar de cada año, siento con fuerza lo que Alfredo Le Pera: es un soplo la vida.

 

Y no huyo, como el viajero que tarde o temprano detiene su andar; no estoy triste y solitario en la pendiente, y mucho menos vencido. Y si aquí me quiero confesar, será al estilo Neruda y Aznavour: he vivido, lo confieso. Mas irremediablemente, ante el tiempo perdido imposible de reponer, por esta vida breve, corta como un sueño, yo habría dado siempre más.

 

Pero he vivido, diré en mi postrera defensa. Ya será para el Creador juzgarme. Espero que quienes se quedan digan si el mundo está un poco mejor que si yo no hubiese llegado, cuando ya no los pueda acompañar a tomar una cerveza, y acaso brinden por mí o eleven una oración por mi duradera salud. È stato meglio lasciarci che non esserci incontrati mai, dijo mi gran contemporáneo Fabrizio de André. Mejor dejarnos, que nunca habernos encontrado.

 

Escribo estas desordenadas líneas al comenzar un nuevo año y decenio y por terminarse la primera década del siglo XXI. Espero de quien tenga la paciencia de leerlas, que también vea conmigo el fin de este año que comienza, siempre y cuando sea con salud y paz; es decir que, como lo desea mi cuate Fárber, el SAT lo trate con poca malevolencia. Así sea.


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