LUNES, 18 DE ENERO DE 2010
Vivir del cuento, deporte mexicano

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Mercado significa libertad para producir y libertad para consumir. Atacarlo es atacar la autonomía de la voluntad.”
Antonio Escohotado


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“Dile a la gente durante casi dos años que el gobierno es omnipotente y puede “congelar” el precio de un bien cada vez más escaso en México y que en el resto del mundo está sujeto a vaivenes de oferta y demanda y después sal con la sorpresa navideña de que siempre no... Pues sí, la gente se enoja. Porque la gente se tragó enterito el anzuelo...”


Una legisladora del PRI, Marcela Guerra, ya anunció que promoverá una iniciativa de ley para quitarle al Presidente de la República –Poder Ejecutivo, Secretaría de Hacienda- la facultad de fijar los llamados precios “administrados” (como el de la gasolina o las tarifas eléctricas) y darle dicha facultad al Congreso, es decir a diputadas, diputados, senadoras y senadores.

 

Eso sí que sería dejar de hacer mal las cosas, para comenzar a hacerlas peor. De Guate-mala a Guate-peor. Del error al desastre. Dios nos ampare.

 

Miren, queridos lectores: Hace algunos años, por ejemplo en el sexenio de Vicente Fox, dichos precios los fijaban los técnicos de Hacienda basándose, sobre todo, en las necesidades de las finanzas públicas. Era un mal arreglo, desaconsejable, pero que al menos tenía la ventaja de que los dichosos precios “administrados” estaban en manos de gente que más o menos sabía del asunto, más o menos competente, más o menos responsable. Después llegó el Presidente Felipe Calderón quien, vayan ustedes a saber porqué, cree que sabe mejor que los técnicos de Hacienda cuáles deben ser los precios y, entonces, son esos mismos técnicos los que ahora tienen que ir a Los Pinos para que el mero mero Presidente les dé instrucciones respecto qué hacer con dichos precios; las instrucciones, obviamente, van de acuerdo con los vientos políticos del momento. Así, si hay elecciones en puerta, como sucedió hace un año a principios de 2009, se anuncia con bombo y platillo que los precios de gasolina y diesel quedarán “congelados”… y se omite anunciar que esa ocurrencia demagógica nos costará a los contribuyentes –como en realidad nos costó- alrededor de 200 mil millones de pesos. Luego, como sucedió a fines de 2009, nos empieza a llegar el agua a los aparejos y hay que ajustar al alza los precios, para empezar tímida y erráticamente a alinearlos con los precios internacionales. Esto es: Para dejar de pagar un inmenso costo de oportunidad implícito en el subsidio. Entonces, cuando el patrón de Los Pinos ya dio permiso de volver al realismo económico, se desempolvan impecables argumentos económicos y el nuevo Secretario de Hacienda esgrime razones para el aumento de precios que tienen toda la lógica del mundo.

 

Lo malo es que a él y al Presidente se los comen vivos por empezar a hacer las cosas bien. ¡Es que ya nos había gustado vivir del cuento!

 

Aquí todo mundo, o casi, tiene la culpa. El Presidente, por ejemplo, se queja de que la reforma energética se quedó corta (los sarcásticos preguntan: ¿acaso hubo alguna reforma?) pero su política de precios administrados (“congelados” por cortesía del primer mandatario) era el mejor argumento en contra de una verdadera reforma a Pemex: La gente no puede imaginar que a México se le está acabando el petróleo –como efectivamente está sucediendo- si ve que le están reglando un subsidio de tres o cuatro pesos por cada litro de gasolina. Claro, dile a la gente durante casi dos años que el gobierno es omnipotente y puede “congelar” el precio de un bien cada vez más escaso en México y que en el resto del mundo está sujeto a vaivenes de oferta y demanda (frecuentemente especulativa) y después sal con la sorpresa navideña de que siempre no… Pues sí, la gente se enoja. Porque la gente se tragó enterito el anzuelo del subsidio gratuito (no hay tal cosa, ni lonches, ni subsidios gratis) y el cuento de que el Presidente es poco menos que Dios Padre Todopoderoso y puede decretar qué precios suben y qué precios bajan, a despecho del mercado.

 

Por supuesto, para diciembre las finanzas públicas ya no aguantaban y empezaron las rectificaciones sigilosas, como con ganas de que nadie se diera cuenta de que aquí alguien –por soberbia- metió la pata… y que ese alguien fue el Presidente. La rectificación debería ser bienvenida, todo error rectificado es un acierto, pero al Presidente no se le ocurrió que el ajuste debería venir acompañado con el reconocimiento de la culpa. Claro, si el Presidente no hace la menor autocrítica, mucho menos se atreverá su flamante Secretario de Hacienda a realizarla: ¡Lo corren! El escenario, entonces, quedó que ni mandado a hacer para la demagogia de los priístas y perredistas. Tuvimos a Manlio Fabio levantando la ceja amenazante y regañando a Calderón por hacerlo bien (esta vez), por rectificar. Tuvimos al muñeco de ventrílocuo del propio Beltrones, ese pobre senador Carlos Navarrete, del PRD, diciendo sandeces. Y tenemos a la diputada Marcela Guerra, priísta,  haciendo alharaca de que va a proponer una reforma para que ahora el papel de Dios Todopoderoso dispensador de subsidios y engaños les toque a los legisladores. Claro, si ese disparate prospera tendremos una nefasta imitación de dios con 628 cabezas enfebrecidas y poco iluminadas (628 es la suma de diputados y senadores) moviendo los precios o congelándolos y vendiendo sus favores al mejor postor: ¿Quién da más por congelar los precios de la gasolina?, ¿los transportistas, los dueños de las líneas aéreas, los sindicatos?  Un desastre.

 

¿Cuál es la solución? Dejar funcionar al mercado y a la oferta y la demanda. Claro, pagaremos más por la gasolina, nos costará lo que vale, aprenderemos a apreciarla y a no malgastarla.

 

Y eso, dejar de vivir del cuento, es lo que nos convendría a todos, excepto a los políticos a quienes les gusta no sólo el cuento, sino la blasfema fantasía de que son dioses todopoderosos. Pobrecitos: Se creen omnipotentes y no pueden siquiera articular un argumento convincente.

• Populismo • Control de precios

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