Ideas al vuelo
Feb 9, 2006
Ricardo Medina

México: ¿Una tribu o una sociedad?

“Una característica crucial de las sociedades libres es que, al revés de las tribus, no tienen objetivos comunes. Tienen reglas comunes, nada más. Respetando esas reglas, cada cual es libre de perseguir los objetivos que quiera”: Carlos Rodríguez Braun.

La mejor oferta política que podemos recibir hoy los mexicanos es aquella que ofrezca ampliar las libertades de cada cual y garantizar sin cortapisas los derechos de todos y cada uno a la vida, la libertad y el patrimonio.

 

Aunque suene políticamente incorrecto, en una sociedad libre NO compartimos un objetivo común al que se subordinen los objetivos individuales; como bien dice Rodríguez Braun, en la cita que encabeza estas líneas, lo que tenemos en común son “reglas”, un acuerdo institucional que posibilita que cada cual busque sus fines personalísimos sin interferir ni ser interferido por la búsqueda que los demás hacen de sus propios fines.

 

Esas reglas deben garantizar los derechos del hombre que son preeminentes y previos al Estado: el derecho a la vida, el derecho a la libertad (a las diferentes libertades: de creencias, de expresión, de trabajo y demás), el derecho a la propiedad (lo que incluye, desde luego, la garantía de que los contratos serán cumplidos y respetados). Por ejemplo, si el Estado debe combatir los monopolios NO es por un prurito moralista en contra de la riqueza o de la acumulación de capital, sino porque los monopolios atentan contra la libertad de los consumidores y contra la libertad de emprender o de trabajar.

 

Está comprobado que una sociedad prospera en la medida que sus miembros tienen libertad y gozan de un Estado de Derecho en el que se garantiza la seguridad física y patrimonial de todos, el cumplimiento de los contratos y condiciones de libre competencia y concurrencia de oferentes y demandantes en los mercados.

 

Sé que la simple formulación de estas ideas –normales en las democracias liberales prósperas- causa escozor en algunas personas en México. Ello es signo de un lamentable atavismo cultural que quisiera ver a los individuos como siervos del Estado, de una idea que se presume superior o de una ideología colectiva a la que se desean subordinar todos los fines individuales. Ese atavismo indica que, por asombroso que parezca, la nación concebida por los liberales mexicanos del siglo XIX –alimentados por los ideales y hallazgos de la Ilustración en Europa- sigue siendo ignorada por muchos políticos e intelectuales mexicanos.

 

No deja de ser una cruel burla histórica que algunos de esos políticos se proclamen, por ejemplo, “juaristas” y propongan para el país proyectos tribales y colectivistas que el Benemérito habría abominado.

 

Por favor, lean y entiendan la obra de Benito Juárez y la de los liberales mexicanos del siglo XIX. Tomen de ella lo esencial –el profundo respeto por la libertad y por las reglas que la preservan– y dejen de esconder sus proyectos de colectivismo revanchista –propio de una secta– detrás de las estatuas del Benemérito.



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