VIERNES, 26 DE FEBRERO DE 2010
El Bicentavario o qué poco geniales mitos

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“El gobierno es, esencialmente, poder frente al ciudadano. ¿Qué lo justifica?”
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“El político prepriísta Porfirio Díaz sabía que la edad no le alcanzaría para el verda-dero centenario: 1821. Y agregó la mentira de que éramos independientes desde 1910, conforme a la mexicana costumbre de festejar los principios, no los finales. (Y mucho menos los resultados.) ”


El equívoco 2010 festeja, al indispensable estilo porfiriano, dos sucesos que no ocurrieron como los plantean. Díaz modificaba las fechas para su provecho político: acomodó para su cumpleaños el 15 de septiembre la fiesta del Grito, y festejó el centenario a 89 años de la independencia.

 

El político prepriísta Porfirio Díaz sabía que la edad no le alcanzaría para el verdadero centenario: 1821. Y agregó la mentira de que éramos independientes desde 1910, conforme a la mexicana costumbre de festejar los principios, no los finales. (Y mucho menos los resultados.)

 

No se sabe bien qué gritó Hidalgo el 16 de septiembre de 1810, pero sí que no quería independizar la Nueva España. Su insurrección defendía al rey legítimo Fernando VII contra el espurio José Bonaparte, invasor y usurpador del trono.

 

Semanas después discurrió Hidalgo ir por la independencia, tras incendiar a su patria en una guerra civil de cuya causa, motivaciones y métodos abjuró ante la cruz y tomando chocolate antes de enfrentar el pelotón de fusilamiento. La independencia se hizo a 11 años y 11 días del grito. Pero el independizador Iturbide era tan políticamente incorrecto que no se le recordó en las celebraciones de 1910.

 

Sufrimos diariamente la demagogia de otro mito: “200 años de ser mexicanos”, con el implacable espoteo radiofónico con que, fuera y dentro de la infame Hora Nacional, castigan al buen gusto y lastiman nuestra inteligencia. Morelos en 1813 hablaba de la América. También se habló de América Septentrional. Llevamos de ser mexicanos lo mismo que de ser independientes: 189 años. Y este país jamás se ha llamado oficialmente como se llama en realidad: “México”.

 

El primero en hablar de Nación Mexicana fue Agustín de Iturbide, al presidir la Junta Soberana que firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano tras la llegada del Ejército Trigarante a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821: “La Nación Mexicana que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido…”

 

Un mito más es que en 1910 comenzó la famosa Revolución. Discutible. En 1910 hubo un golpe de estado —sorprendentemente incruento— en que triunfó Madero luego de que prudentemente el patriota Díaz dimitiera en mayo de 1911. La Bola, la de verdad, la que conocemos como “Revolución Mexicana”, no fue contra don Porfirio sino contra el traidor Victoriano Huerta, asesino de Madero y de la democracia y de tantas cosas más.

 

Por más y muchos defectos que haya tenido e inconformidad que haya concitado (Félix Díaz, Pascual Orozco, Zapata, y finalmente Victoriano Huerta), Francisco Ignacio Madero triunfó tras el golpe de estado que inició en noviembre de 1910. A Carranza quizá ni se le había ocurrido pasar a la historia como gran reformador. Los generales finalmente triunfadores (Obregón y Calles) no se sublevaron contra Madero. Todo eso cambió cuando se inició la Bola.

 

¿Es digno de festejarse el principio de dos guerras civiles que mataron a millones de compatriotas y destruyeron por decenios el país? A mi parecer son fechas de luto.

 

La guerra civil iniciada en 1810 destruyó las capacidades productivas de una nación que venía de lo que llamo nuestro Siglo de Oro. Nueva España era un país serio. Y esa guerra se acabó cuando Agustín de Iturbide creó la independencia, aunque tras sus torpezas y las intrigas en su contra se iniciara un siglo de destrucción y más guerras civiles, que terminó con una dictadura.

La guerra civil iniciada en 1913 destruyó las capacidades productivas de una nación que sólo llevaba tres décadas de desarrollo sostenido y buen crédito nacional. México era un país serio. Y esa guerra se acabó cuando en las trojes se acabó la comida, los caudillos se mataron, el peor asesino —Álvaro Obregón— acabó con sus enemigos, y el último acabó con él. Con el maximato de Calles se iniciaron siete décadas de dictadura perfecta.

 

Yo no doy a los festejos del bicentenario más valor que los dos pesos de Bartola. O dos centavos. Por eso hablo del Bicentavario, si nuestra moneda es una pálida sombra de aquellos reales de plata que refulgían hasta en China. Por lo visto, sólo los políticos le dan importancia si le cambian el nombre a viaductos que no hicieron.

 

La destrucción y división entre mexicanos que cantan al grito de la guerra incivil no es motivo de gozo. Mejor dediquémonos a inventar cómo construir una nación que por fin se llame oficialmente México, con un verdadero proyecto hacia el futuro. Protegiéndonos de los políticos, el fisco, el desempleo y los balazos, difícilmente sentiremos orgullo de ser mexicanos.

• Historia no oficial

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