Pesos y contrapesos
Abr 9, 2010
Arturo Damm

El graznido del ganso

Alguien dijo (creo que fue Franklin) que el arte de cobrar impuestos consiste en desplumar al ganso de tal manera que se obtenga la máxima cantidad de plumas con el mínimo posible de graznidos. Al ganso que esto escribe lo seguirán desplumando, pero no esperen que no grazne.

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Calificar a todo lo relacionado con los impuestos en México de engendro, siendo tal, según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, una “criatura informe que nace sin la proporción debida”, o un “plan, designio u obra intelectual mal concebidos”, no es una ocurrencia, producto de la imaginación, sino una descripción, realista y objetiva, veraz y fiel, de la realidad que padece el contribuyente en México, padecimiento innecesario porque lo tributario, al margen de la justificación del cobro de impuestos, no tiene que ser tortuoso o sinuoso, pudiendo ser abierto y franco. ¿Por qué, pudiéndolo ser, no lo es?

Lo tributario, en México, es un engendro con muchas manifestaciones, entre las que destaca la declaración anual, que las personas físicas con actividad empresarial (entre otro tipo de contribuyentes: el hecho de tener distintos tipos de contribuyentes es una muestra del engendro tributario), debemos realizar en este mes de abril, después de haber realizado, a lo largo de los doce meses anteriores, mes tras mes, cada mes, uno tras otro, infinitas cuentas de un interminable rosario tributario, los pagos mensuales correspondientes, con toda la parafernalia que ello implica, lo cual, por obra y gracia de las reglas del juego tributario, consecuencia de la mente retorcida e inteligencia poco clara de quienes las redactaron y promulgaron, no es suficiente, ya que al término del “año fiscal”, hay que cumplir con la declaración anual, ¡y con toda la parafernalia adicional que la misma supone!

¿No hay manera de lograr que con las declaraciones y pagos mensuales sea suficiente, de tal manera que mes tras mes el contribuyente cumpla de la A a la Z con los recaudadores? ¡Claro que sí! Entonces, ¿por qué no se hace? Porque quienes redactan y promulgan las reglas del juego tributario, producto de inteligencias poco claras y mentes retorcidas, seguramente se preguntan lo siguiente: “¿Por qué hacer las cosas fáciles si se pueden hacer difíciles?” ¿Existe alguna otra explicación que dé razón del engendro tributario, del hecho de que además de las declaraciones y pagos mensuales se tenga que hacer una declaración anual y terminar de pagar lo que se quedó debiendo?

Si cobrar impuesto, que no es otra cosa más que obligar al contribuyente a entregarle al recaudador parte del producto de su trabajo, es algo por demás cuestionable, al grado de poder afirmar que es reprobable, el cuestionamiento aumenta si el cumplimiento de esa obligación implica complicaciones innecesarias, perfectamente evitables, como evitable es toda la correspondiente parafernalia (palabra que hoy traigo, como ya se habrá dado cuenta el lector, entre ceja y ceja), comenzando por los fiscalistas, cuya tarea es descifrar el enigma tributario, y los contadores, cuya misión es calcular el monto a tributar.

Alguien dijo (creo que fue Franklin) que el arte de cobrar impuestos consiste en desplumar al ganso de tal manera que se obtenga la máxima cantidad de plumas con el mínimo posible de graznidos. Al ganso que esto escribe lo seguirán desplumando, pero no esperen que no grazne.

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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

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