MIÉRCOLES, 14 DE ABRIL DE 2010
Respetuosas estupideces

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No sé



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“Ahora resulta que como quien dice las sandeces es Joaquín Sabina, cuyas canciones disfruta el Presidente Calderón en sus momentos de solaz, las sandeces no son tales sino “respetuosas” opiniones de un “hermano español”. Patético.”


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Desde luego que Joaquín Sabina o el hijo de la tendera de Calatayud pueden opinar lo que les venga su real gana acerca de la “guerra” del gobierno mexicano contra el crimen organizado, sin temor a que sus ocurrencias verbales provoquen censuras o sanciones, pero de eso a que las tonteras que dijo el cantante español sean una “crítica respetuosa sobre un dilema universal”, y le merezcan al Secretario de Gobernación de México una especie de arrobamiento porque vienen de un español al que ve “como un hermano”, hay un abismo.

Las estupideces lo son aunque las diga un lírico cuya música cautiva al Presidente en sus ratos de bohemia. Dijo Fernando Gómez Mont: “Yo sé que el Presidente Calderón tiene especial gusto por la música de don Joaquín Sabina”. ¿Y qué con eso? A mí me gustan una barbaridad las miraditas melancólicas de Gael García, pero reconozco que el chico es más bien un bobalicón con tres o cuatro lugares comunes de la propaganda “progre” y sería una de las últimas personas a las que pediría su opinión sobre cosas de mayores, asuntos de gente seria.
 
Para darse una idea del nivel intelectual de “don Joaquín” basta saber que declaró, en la misma tirada en la que motejó de ingenuo al Presidente Calderón por querer combatir a los delincuentes que trafican narcóticos, que él jamás criticaría a la dictadura de los hermanitos Castro en Cuba, mientras siguiese existiendo la prisión estadounidense de Guantánamo. Es tan inteligente como decir: “No voy a censurar la pederastia mientras exista el adulterio”. Vaya con el vejete…

Pero el asunto tiene más mar de fondo que ese arrobamiento bobalicón ante los figurines del espectáculo. Hunde sus raíces –el asunto de la incongruencia- en la incapacidad del gobierno de Felipe Calderón para diseñar una estrategia intelectualmente coherente que explique y apoye su lucha contra la delincuencia organizada.

Veamos. A últimas fechas nos empezamos a enterar de que el Presidente ya no tiene la peregrina ilusión de que tal lucha evitará “que la droga llegue” a nuestros hijos y vislumbra, de forma vaga, que más bien se trata de recuperar espacios que gobiernos cobardes y/o corruptos cedieron a los delincuentes. Por ahí tendrían que haber empezado hace cuatro años.

Una estrategia es el conjunto de medios y recursos que se destinan para lograr un fin. No puede haber una estrategia donde ni siquiera se sabe a dónde se quiere llegar, ni qué se puede alcanzar. Ya lo decía el viejo Séneca: “Cuando el navegante no sabe a qué puerto se dirige, todos los vientos son contrarios”. Como el gobierno de Calderón parece ignorar a dónde quiere y puede llegar en ese combate contra los narcotraficantes parecería que tiene la guerra perdida de antemano.

Digámoslo de una vez: Es iluso pretender que la drogadicción –un terrible flagelo que afecta no sólo a los jóvenes sino también a muchos viejos y famosos de la farándula- se erradicará persiguiendo a los narcotraficantes. No se trata de eso. De que la droga “no llegue a mis hijos” ya me encargaré yo misma (informándoles de los peligros que conllevan tales adicciones y formándolos en ciertos valores o virtudes) o se encargarán, en último término, mis propios hijos, ya que no puedo ir contra su libre albedrío en caso de que las razones y el afecto no hayan sido suficientes. No se me ocurriría, ni en una pesadilla, renunciar a mis responsabilidades de madre para dejar que los señores Calderón o Gómez Mont o Córdova o García Luna hagan lo que a mí, y sólo a mí, me corresponde hacer. Esa propaganda, con la que nos atosigaron durante años, era más falsa que los nuevos encantos que se compró mi comadre Lupita con el cirujano plástico.
 
El asunto de fondo es que la delincuencia se había infiltrado hasta la cocina en los ámbitos del gobierno y de la política. Y el objetivo de la guerra –al menos, el objetivo deseable y alcanzable con sangre, sudor, lágrimas y talento- sería sacarlos de ahí. Si alguien duda de tal infiltración basta recordarle la foto del recuerdo que se tomó el anciano Julio Scherer con un zafio y palurdonarcotraficante y cómo la progresía local ahora nos la quiere vender como muestra sin par del periodismo sublime. Basura y patrañas. Eso es lo que es. Y el gobierno de Calderón haría bien en definir con inteligencia –no con ñoñerías de monjitas bien intencionadas- su estrategia y saberla comunicar a los mexicanos (que no somos tan idiotas) para de tal forma concitar apoyos. Eso es mucho más inteligente que andarle haciendo reverencias de púber a cualquier sandez que diga un cantante español en vísperas de alcanzar su fecha de caducidad.

 

• Intelectuales iluminados

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