VIERNES, 16 DE ABRIL DE 2010
2. Vislumbres de Octavio Paz en Bombay

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“Es una inmensa bienvenida para quien desee adentrarse en el interminable arte indio. Todo en India es interminable.”


Bombay, Maharashtra – La mayor ciudad de este inmenso y grandioso país, primera que visitamos en un periplo por Asia, es un fenómeno arquitectónico y humano que rebasa toda descripción. Hay que vivirlo para imaginarlo.

 

Octavio Paz llegó aquí por primera vez en 1951. Comienza su libro recogiendo la experiencia de un joven visitante primerizo con trazos potentes, vívidas y muy masticables narraciones de un primer día que comenzó mirando a bordo mirando con el sol de la madrugada el gran arco que da entrada a la ciudad, y que concluyó así:

 

Caminé por una calle solitaria y, al final, una visión vertiginosa: allá abajo el mar negro golpeaba las rocas de la costa y las cubría de un manto hirviente de espuma. Tomé otro taxi y volví a las cercanías del hotel. Pero no entré; la noche me atraía y decidí dar otro paseo por la gran avenida que bordea a los muelles. Era una zona de calma. En el cielo ardían silenciosamente las estrellas. Me senté al pie de un gran árbol, estatua de la noche, e intenté hacer un resumen de lo que había visto, oído, olido y sentido: mareo, horror, estupor, asombro, entusiasmo, náuseas, invencible atracción. ¿Qué me atraía? Era difícil responder: Human kind cannot bear much realitiy. Sí, el exceso de realidad se vuelve irrealidad pero esa irrealidad se había convertido para mí en un súbito balcón desde el que me asomaba ¿hacia qué? Hacia lo que está más allá y que todavía no tiene nombre…

 

Bombay —hoy los políticos la llaman Mumbai, olvidando la raíz portuguesa original del apelativo, cercana a “Buena bahía”— era en 1951 lo que sigue siendo en 2010. La gente sigue durmiendo en las banquetas. Las calles aún son sinfonías de claxonazos. Los camioneros materialistas requieren que les piten, con letreros Horn please pintados con lujo de color, como coloreados están casi todos los camiones; el cláxon sirve como ayuda y advertencia, jamás como reclamo y mucho menos como insulto. Muchachas bellísimas con saris luminosos, su frente pintada y sus caras y orejas cubiertas de joyas y bisutería, así como sus manos y tobillos. Gritos corteses de vendedores ambulantes de toda mercancía, gente de generalizado buen humor, taxis Fiat Millecento de hace 40 años con otra marca y reinterpretados a lo indio; color deslumbrante en todas partes, y pocas vacas: el tráfago las ha ahuyentado, para dejarlas a la vera de vendedoras con yerbajos que los viandantes cambian por unas cuantas rupias para dar a tan nobles animales un alimento y una caricia.

 

Son todo un poema los decimonónicos edificios ingleses, obra de mala época; multicolor pasticcio que toma estilos indios donde se añade lo neogótico a lo musulmán, y los arquitectos victorianos dan un tinte tropical a la severidad manchesteriana de ladrillos, cornisas y ventanas. Esa tropicalidad inglesa los hace elegantemente cursis y exuberantemente austeros, a veces aderezando su perviviente solemnidad con modernos tendederos y mosquiteros de plástico, y recogiendo con óxido y mugre la pátina implacable de la historia junto con —como narra Paz— cuervos, cuervos, cuervos.

 

Y claro, un pavoroso desorden vial. Pero nadie choca: se meten automotores y biomotores por donde pueden y se le cierran al vecino pero sin jamás insultarse, no dejan bloqueada jamás una bocacalle y todo el mundo llega a todas partes por donde quiere. No hay camiones de transporte público (mucho menos microbuses), los taxis son pequeños, abundan, y especialmente —gran herencia de Inglaterra— los sentidos de casi todas las calles son dobles, hay poquísimos semáforos, no hay vueltas prohibidas y se vira en U donde uno quiera, de modo que las calles se aprovechan a cabalidad. Justo la estrategia contraria de la del GDF para “agilizar” el tránsito.

 

La mayoritaria religión hindú y las tradiciones que la originaron, conservan a una hora en barco desde Bombay la más sobrecogedora de las manifestaciones artísticas en un inmenso templo monolítico en la isla Elephanta, excavado todo en roca volcánica, con columnas y amplios recintos, con estatuas semidestruidas por la intolerancia portuguesa y musulmana; tanto, que ya no funciona como templo y se puede entrar calzado. Está dedicado a Shiva en sus tres acepciones —el creador, el preservador, el destructor del mal— y rodeado de inmensas estatuas que dentro de la montaña hacen hablar en piedra al Ramayana, al Mahabarata, al Bhagavad Gita.

 

Es una inmensa bienvenida para quien desee adentrarse en el interminable arte indio. Todo en India es interminable.

 

Continuará…

 

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