LUNES, 19 DE ABRIL DE 2010
3. La ciudad azul

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“Hay algo muy importante, en elogio de las ciudades indias que he conocido hasta ahora: jamás he encontrado un bache.”


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Jodhpur, Rajasthán – Hemos llegado a una ciudad pequeña —millón y medio de habitantes— que está en medio del desierto y está mayormente pintada de azul.

¿Azul? Resulta que ese color tiene un efecto que yo no conocía: ahuyenta a los moscos. Además, junto con el verde, no lastima tanto la vista cuando cae como piano el sol quemante del desierto. Y además, fue un color de uso exclusivo para la nobleza, de manera parecida a como el amarillo dorado lo era para la dinastía imperial china, y por eso la Ciudad Prohibida de Pekín está tejada de ese color que recuerda al oro.

Yo no sabia que existiese Jodhpur, llamada Ciudad del Sol, bien puesto nombre. Los maharajás de Jodhpur vivían en un fuerte muy alto, masivo, inmenso, sobre la única gran montaña de una planicie, de donde parten murallas que aún circundan a la ciudad; y Jodhpur sigue siendo militar, con curiosas instalaciones bien camufladas pero tan cerca del aeropuerto, que las ve cualquier viajero al llegar.

La fortaleza —a diferencia de, por ejemplo, los castillos fuertes de España— está esculpida por dentro de la forma más delicada imaginable. La manera de hacer filigrana de piedra roja, arenisca, para cercar de paneles los numerosísimos patios del fuerte, no es descriptible más que viéndola de cerca. Generalmente las mujeres vivían tras esos balcones de filigrana que impiden mirarlas, pero ellas sí podían ver lo que pasaba afuera. Y eso que ese maharajá no era musulmán, pero hasta las peores prácticas de las religiones se pegan.

El maharajá de Jodhpur tenía algo sorprendente dentro de su habitación: esferas de vidrio de colores en el techo, que reflejaban al estilo discoteca las luces de las velas. Y no hablemos del lujo literalmente asiático de los aposentos. Ni de la cantidad de esposas y concubinas. Esos tipos realmente vivían como maharajás.

En este país las cosas —todas— se hacen verdaderamente bien; la gente está acostumbrada a mirar alrededor obras bien hechas, tiene respeto por su trabajo, y la artesanía roza la categoría de arte, por su delicadez, originalidad, perfección. En India, como en todo Oriente, la artesanía es trabajo serio como es imposible encontrarlo de tan generalizada calidad en ningún otro lugar que yo conozca.

Gracias a esa costumbre de hacer las cosas bien, y a que quien sabe hacerlas cobra poco por su trabajo, Jodhpur se ha convertido en un hervidero de industrias de maquila, donde los diseñadores de renombre —del más grande nombre— encargan trabajos que luego venden en los Mazaryks de todo el mundo. Y esto es, en parte, obra de Gaj Singh, último descendiente de aquellos habitantes del inmenso fuerte de Mehrangarh, que perdieron su poder cuando también lo perdieron los ingleses en 1947.

Vive el moderno maharajá de Jodhpur en un palacio inmenso, convertido parcialmente en hotel. Este último descendiente de la dinastía resulta ser uno de los más hábiles políticos de ese país. Por ejemplo, gestionó desde tiempos de Indira Gandhi que se hiciera el mayor acueducto de India, para traer agua desde los Himalayas.

Ya por ello Jodhpur no tiene sed, a pesar de estar rodeada de desierto. Ya tiene aeropuerto, y está preñada de fábricas que no le han quitado su carácter ni color azul. Pero además, también la gente trabaja en casa para los tremendos clientes internacionales. Por ejemplo, en un bazar donde las telas son de plano inimaginables, de las más finas sedas, lanas y metales preciosos, el budista Richard Gere no supo escoger entre tantos colores y modelos de grands foulards decidió llevarse todos los 104 que había en la tienda.

En esta ciudad de millón y medio de habitantes y repleta de calles y de coches, tuktuks de tres ruedas, taxis, camiones, vacas, dromedarios, bicicletas y motos, nos lo dijo el excelente guía, hay un solo semáforo. Uno. Y el tránsito fluye, en medio de los claxonazos y apretazones que cualquiera puede imaginarse. ¿Cómo? Gracias a que abundan las bicicletas y motos, mayormente los coches son chicos (a veces diminutos, como los tuktuks que son el transporte público básico); gracias a una de las maravillosas herencias que dejó Inglaterra a India: las glorietas, medio de distribución de avenidas que confluyen. Y lo que ya he dicho: las calles de doble sentido con irrestrictas vueltas en U que economizan metros de traslado, gasolina y tiempos muertos, de modo incomprensible para las entendederas de cemento de los urbanistas mexicanos.

Y hay algo muy importante, en elogio de las ciudades indias que he conocido hasta ahora: jamás he encontrado un bache.

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