VIERNES, 30 DE ABRIL DE 2010
7. Historia de un santón y un elefante

La decisión de López Obrador de liberar al hijo del "Chapo" Guzmán recién capturado fue...
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Fernando Amerlinck







“Por algo lo llamaban Akbar el Grande.”


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Fatehpur Sikri, Uttar Pradesh – El enorme emperador mogol Akbar, el de tres esposas de distintas religiones, era musulmán de amplio criterio y fue muy querido. Por ejemplo, suprimió el oprobioso impuesto (vaya pleonasmo) que debían pagar quienes no fuesen musulmanes.

Akbar, decía, tenía cuanto podía tener un hombre en este mundo en términos de poder, influencia, inteligencia. salud, placer y dinero pero le faltaba algo que no sabía cómo obtener.

Ese algo que en 34 años de existencia no había logrado: un hijo. Pero resulta que el buen Akbar conoció a un monje sufi llamado Salim Chichti en un lugar lejano de su gran palacio. Ese monje le hizo una promesa o vaticinio: su esposa Amber, la hindú, le daría un hijo. Y de plano se mudó a donde vivía ese monje, en agradecimiento y para estar cerca de él, pero se mudó con estilo: construyó una ciudad y la hizo la capital del imperio.

El lugar donde se afincó para esperar el santo advenimiento de su hijo fue construido con un cuidado exquisito, con piedra arenisca roja (que abunda en las canteras de estas provincias) esculpida como filigrana y con todas las amenidades propias de un emperador mogol, entre las cuales destaca el que cada una de sus tres esposas tenía su propio palacio. Y una gran piscina con cuatro secciones donde echaban peces para que, así como juego, cada esposa compitiera para ver quién pescaba primero y ella se ganaba los nocturnales favores del marido; si quien pescaba primero era él, le tocaba escoger, faltaba más.

Pero como Akbar no se privaba de nada y le gustaban los juegos, se ponía en medio de un tablero de parchís a tamaño humano, donde las concubinas ocupaban el lugar de las fichas para ver a quién le decía el emperador “hoy toca”. Allí está el tablero aún, debidamente esculpido en piedra y en medio de un gran patio.

Como todo palacio que se respetara y en el que habitaran mujeres, en Fatehpur Sikri había instalaciones y accesos especialmente diseñados para controlar quién entraba al palacio y evitar que procurara imitar al emperador en su gusto, tan propio de un monarca, por las mujeres. Por lo visto, no le bastaba capar a los guardianes de las esposas…

El hijo de Akbar nació en esa ciudad y su padre lo llamó Salim, como aquél santón. Su padre le fabricó todo lo suficiente para una educación digna de un heredero de su calibre, desde una escuela hasta espacios para juego. Y resultó de provecho: al tomar el poder se hizo llamar Jahangir y también fue emperador, pero no tenía tan amplio criterio como su padre, decidió que sólo Alá era grande y arruinó los sueños paternos de inaugurar para el imperio mogol una religión que integrara a musulmanes e hindúes, aunque siguió siendo tolerante. Tuvo Jahangir varios hijos, y el que se llamaba Shah Jahan habría de hacer algo memorable en honor ya no de su hijo sino de su esposa. Pero no adelantemos historias.

El emperador hacía también audiencias públicas a las que acudía el pueblo para buscar justicia, en una sala abierta especialmente dedicada a ese objeto (y un recinto especial para albergar a los espías). Las hay en todos los palacios de emperadores y maharajás, todas con el prominente trono para el rey; pero Akbar hacía justicia de un modo peculiar, que recuerda los famosos juicios de Dios de la Europa medieval: ponían a competir a dos, y pedían a Dios que venciera el que tuviera la razón. Probablemente algún dudoso de tan discutible método de justicia escribió aquello de:

Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos.

La peculiar manera de identificar Akbar quién tenía razón era llevar al acusado a la presencia de un sabio elefante, que podía hacer a su muy colmilluda discreción una de dos cosas: levantar con su trompa al acusado y subirlo a su lomo, con lo cual quedaba salvado; o simplemente impartir expedita justicia poniendo al debilucho bajo una de sus patas. Pero tan sabio paquidermo, como dicen en mi pueblo, se pasó a morir. Y el gran Akbar le construyó su mausoleo al elefante, que aún subsiste. Hasta un minarete le puso.

Por algo lo llamaban Akbar el Grande.

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