JUEVES, 6 DE MAYO DE 2010
8. Un magnífico viudo

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“La ciudad de Agra casi no merece el nombre de ciudad. Si no hubiese aquí lo que hay, probablemente ni carretera llegaría.”


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Agra, Uttar Pradesh – La ciudad de Agra casi no merece el nombre de ciudad. Si no hubiese aquí lo que hay, probablemente ni carretera llegaría. Es sucia hasta para los bastante laxos estándares indios, como lo es de ruidosa, desordenada y caótica. Los cables y transformadores nublan las calles de diablitos que envidiarían a nuestros muy diableros ambulantes. Los anuncios espectaculares son espectacularmente sucios. Casi no hay avenidas interesantes ni atractivos urbanos.

Entonces, ¿para qué venir?

Agra tiene un extraño parecido con las zonas pobres de Ixtapalapa pero acá el desorden urbano es peor. La basura es más abundante, y los claxonazos y desorden de las calles ensordecen a cualquiera. Cuando uno llega a Agra se pregunta, de nuevo, ¿para qué vine?

Hay una respuesta clara y muy obvia. En Agra está un monumento inmenso al amor de un viudo cuya esposa le pidió hacer algo que la recordaría para siempre.

El viudo se llamaba Shah Jahan, y su amadísima esposa era Mumtaz Mahal. Le dio ella más de diez hijos hasta que a la pobre señora se le echó a perder el cigüeñal y de plano la existencia. Poco antes de morir, su marido, que era buen esposo, prometió construirle un mausoleo digno de la belleza y virtud de aquella mujer. El monumento se llamó Palacio de la Corona (Taj Mahal).

El Taj Mahal es un monstruo por sus dimensiones, y un portento de sencillez y armonía en sí mismo y con las fuentes, jardines, mezquita y edificios que lo circundan y que cada uno es otra obra maestra. No hay palabras que hagan justicia a su grandiosidad y elegancia. El nivel de detalle es inconcebible. Y las fotos que todo el mundo conoce no son comparables con la experiencia de tenerlo enfrente y tocar sus paredes de mármol blanco calado con piedras semipreciosas de muy variados colores.

El mármol de Makarana con que hicieron el Taj Mahal, a diferencia del de Carrara, no es poroso, de modo que no recibe mugre ni se mancha. Es también el más duro del mundo. No está hecho de mosaicos el Taj Mahal sino de mármol incrustado y calado. Incrustar piedras preciosas luego de calar ese mármol como filigrana como si de madera suave se tratase, y que todo el conjunto quede terso y armonioso y las piezas no se rompan ni despeguen en siglos, requiere de una destreza y oficio que son inconcebibles para quien no se tome muy en serio su trabajo y no reciba esas prácticas de generación en generación. Y en Agra hay 200 que saben hacer eso con el mármol. Nada me ha impresionado más de la calidad de la artesanía, que el trabajo del mármol en Agra.

Tardó 22 años el emperador en construir ese monumento que vio terminado en 1653. Y Shah Jahan pidió a su hijo primogénito, el célebre Aurangzeb, que a su muerte le fabricara un mausoleo paralelo atrás, igual, pero de mármol negro, y cruzando con un puente el río que queda atrás del Taj. En él tendría que terminar de inscribir completo el Corán, que se quedó más o menos a la mitad en las paredes marmóreas del Taj Mahal. Aún hay restos de los cimientos.

No contaba el padre con la astucia del pérfido Aurangzeb, quien decidió que era demasiado caro el proyecto, le restaría poder, y además no quería tanto a su padre como para hacerle un homenaje de ese calibre. Prefirió encarcelarlo durante 8 años, tras haber matado a sus tres hermanos, uno de los cuales era bastante mejor que el hermano triunfador. (Shah Jahan no era una perita en dulce; también él mató a su hermano para alcanzar el poder, y acabó como drogadicto opiómano.)

Pero le concedió Aurangzeb una merced: desde su celda en el Fuerte Rojo de Agra podía ver como a 2 km el Taj Mahal. No lejos de allí estaba exhibido en un nicho el mayor diamante del mundo, el Koh I Noor, que cuando los ingleses se quedaron con India se quedaron también con él para adornar la corona de la reina Victoria. Está en la Torre de Londres.

• India

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