JUEVES, 20 DE MAYO DE 2010
Un caso emblemático de “autocrítica”

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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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“¿A poco no han percibido, estimados lectores, la frecuencia con que periódicos, editorialistas y columnistas ofrecen disculpas sinceras a sus lectores por haberse equivocado?, o ¿será, acaso, que jamás cometen errores?”


Voy a citar, textual, la pregunta con la que abre su columna un conocido columnista mexicano de negocios y economía, Enrique Quintana: “Si México hubiera incurrido en un déficit público de uno o dos puntos más del PIB, ¿habríamos enfrentado un desastre?”

La respuesta contundente a esa pregunta debe ser, a todas luces: ¡Sí! ¿Por qué? Porque tendríamos, entonces, un déficit fiscal de entre 3.5 y 4.5 por ciento del PIB que es absolutamente inaceptable para los mercados dadas las vulnerabilidades estructurales de la economía mexicana que son, entre otras:

  1. Fuerte dependencia fiscal de los ingresos petroleros, cuando la producción de petróleo en México (por el monopolio gubernamental a cargo) tiene una pronunciada e irreversible tendencia a la baja.
  2. Bajísima recaudación fiscal, agravada por una innegable debilidad del consumo interno y de la inversión privada que aún parece pasmada por la crisis; ello, suponiendo que la inversión privada en México alguna vez haya merecido los calificativos de dinámica, emprendedora, tolerante al riesgo y notablemente competitiva.
  3. Amplios sectores de actividad económica – mencionemos tan sólo las telecomunicaciones y la energía- con escasa competencia, lo que los convierte, para los usuarios mexicanos, en servicios caros, ineficientes, tecnológicamente rezagados e insuficientes.
  4. Un mercado de capitales de cacahuate (de risa por su pequeñez) que refleja, entre otras cosas, la profunda aversión al riesgo emprendedor de una buena parte de los negociantes mexicanos, quienes prefieren siempre un “buen enchufe” en el gobierno o en el Congreso (para obtener ventajas en la regulación, en los precios o en las condiciones de no-competencia) a recurrir a los mercados de capitales con propuestas de negocios a largo plazo atractivas y bien estructuradas en torno a la productividad.
  5. Clara ineficiencia del gasto público en todos los niveles de gobierno, que alcanza proporciones de escándalo (cuando no de abierto saqueo de los recursos públicos) en los gobiernos locales de algunos estados.
  6. Una legislación laboral obsoleta e inflexible que impide incrementar la productividad y que desalienta las inversiones productivas.
  7. Restricciones – increíbles en pleno siglo XXI- a la inversión extranjera y, en general, a la inversión de los particulares en áreas clave del desarrollo por su efecto multiplicador en toda la economía.

Podríamos seguirle, pero todo mundo conoce nuestro catálogo de impedimentos y de limitaciones para ubicarnos como una economía competitiva.

Estos impedimentos, como traté de mostrar en el artículo sobre la intolerancia a la deuda no con mucha fortuna (porque dejé tácitos varios pasos en el razonamiento que, ahora veo, era necesario hacer explícitos), no nos hace un cliente idóneo para aumentar nuestro endeudamiento público, porque más déficit fiscal es, en último término, eso: más deuda del gobierno, que serán más impuestos de mañana (la famosa “equivalencia ricardiana”, por David Ricardo) y seguramente más inflación a la vuelta de la esquina, casi dentro de unas horas.

A pesar de todo eso, a pesar de que cualquier persona con dos dedos de frente y un poquito de honestidad intelectual contestaría a la pregunta retórica de Quintana con un contundente y seguro “sí, aumentar uno o dos puntos el déficit fiscal sería suicida; sería ponernos en el candelero de los mercados para ser la versión de Grecia o de España pero en el nuevo continente”; a pesar de todo eso, Quintana responde a su propia pregunta con un: “no, no sólo sería irrelevante tener un déficit fiscal mayor, sino que sería deseable”. ¿Argumentos que ofrece el columnista para decir esto? Ni uno solo. ¿Motivos? Supongo que el principal es el siguiente que resume en el último párrafo de su columna: “En cualquier caso, resulta preocupante que haya una completa ausencia de espíritu autocrítico para valorar lo que quizá se pudo haber hecho mejor, en lugar de presumir de ser al alumno más aplicado de la clase”. Por supuesto, el reproche va dirigido al gobierno federal y al Presidente Calderón.

¿Falta de espíritu autocrítico? Si, ¡qué mal!, ¡deberían aprender de algunos medios de comunicación que todos los días, en sus propias páginas, son los jueces más despiadados de sus juicios desacertados, de sus errores garrafales y de su información tergiversada!, ¿a poco no han percibido, estimados lectores, la frecuencia con que periódicos, editorialistas y columnistas ofrecen disculpas sinceras a sus lectores por haberse equivocado?, o ¿será, acaso, que jamás cometen errores?

 

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