MARTES, 25 DE MAYO DE 2010
9. Como Brahma los trajo al mundo

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Fernando Amerlinck







“Un país que da tanto espacio a tantas manifestaciones de la libertad humana, tiene que ser muy, pero muy grande y muy valioso. ”


Kahjuraho, Uttar Pradesh – Llegamos a esta pequeña ciudad por carretera desde la población marginal de Ochhra, en Madya Pradesh (Provincia del centro; Uttar Pradesh es Provincia del norte). Ochhra será marginal, pero no por sus monumentos. Hay dos palacios estupendos del maharajá local, pinturas evocadoras de Vishnu y sus enemil reencarnaciones; se muestra a Rama y a su esposa Sita, a Hanuman el dios mono que rescató a Sita de sus secuestradores, y todo el martirologio de la que probablemente sea la más rica épica religiosa del planeta. Y que sigue muy viva en la devoción del pueblo.

Bajo un árbol sagrado —un baniano, especie de ficus que es el árbol nacional de este país, árbol que según dicen produce oxígeno de día y de noche, con hojas en forma de corazón, y bajo uno de los cuales nació Buda— celebraba el pueblo una ceremonia hindú rodeada de santones semidesnudos, pintados y cubiertos de ceniza; vacas, niños, flores de cempasúchil y toda clase de pinturas para las mujeres. Deslumbrante. Y no era la única ceremonia hinduista que veríamos.

La carretera para carretas, de unos 150 km desde allí hasta Kahjuraho, me desdijo de mi observación de los caminos modestos pero decentes de la India. Resultó francamente infame, repleto de baches y digno de la práctica mexicana de la ingeniería terrestre, esa que sólo gasta en construcción pero nunca en mantenimiento, y que encontró en los caminos de mano de obra de Luis Echeverría su creación más representativa. Terrible carretera, peligrosa, cansadísima. Pero como todo esfuerzo que se haga por visitar algo en este país, valió la pena. Habíamos llegado a un pequeño pueblo llamado Kahjuraho.

Hay en esta ciudad un templo hinduista, el de Matangeshwar, donde en el muy especial día en que llegamos se celebraba una fiesta religiosa con ceremonias más deslumbrantes aún que la de Ochhra, y no sólo porque el templo parece pirámide, con escaleras escarpadas y un copete que aloja la estatua de siempre, la de Vishnu (el conservador, en la trinidad hindú). Y como siempre, a la entrada, el popular Ganesha, hijo de Vishnu, con cabeza de elefante, el más invocado y siempre presente a la entrada de casas y templos, con justificada razón: es el de la buena suerte y la prosperidad.

Enfrente de ese templo tan vivo está la zona que alberga varios templos hinduistas grandiosos, magníficamente bien conservados a pesar de haberse construido alrededor del año 1000 por la dinastía Chandela. Verdaderas obras de arte religioso (en India la arquitectura religiosa es inseparable de la escultura) con estatuas pequeñas de piedra, delicadísimamente labradas, famosas en todo el mundo por su valor erótico, y que para ciertos ojos occidentales raya en lo pornográfico.

Sin embargo, son templos. Son edificaciones religiosas. En parte muestran la boda de Shiva (regenerador, destructor del mal) con Parvati, En varios de ellos hay culto, imágenes vivas y necesidad de descalzarse para entrar. Son templos donde aún se puede hacer culto, pero los ojos occidentales no están avezados para conjuntar religión con sexualidad explícita.

Y es que nuestros ojos no son los ojos de la India. Así lo observa Octavio Paz:

“Según la ética tradicional, son cuatro los caminos de la vida humana: artha, kama, dharma, y moksha (o mutki). El primero se refiere a la vida práctica, al mundo de las ganancias y de las pérdidas, los éxitos y los fracasos; el segundo, dominio del placer y la vida sexual, no está regido por el interés sino por el deseo; el tercero comprende a la vida superior: el deber, la moral y los principios que norman la conducta de cada uno frente a su familia, su casta y la sociedad; el cuarto consiste en la liberación de las cadenas de la existencia… Los cuatro fines son legítimos pero en la escala de los valores el placer es superior al negocio, el deber al placer y la liberación a los otros tres.”

Kama es, según otros, no sólo el placer sino el amor. Kamasutra es, literalmente, Técnica del amor, pero no es un amor como el cristiano porque en la religión hindú (y en sus derivaciones jainista y budista) la liberación es asunto individual y el amor no es el desprendimiento de sí mismo en beneficio de otro; amar al prójimo como a uno mismo. El desprendimiento hindú es para provecho propio. Probablemente por eso hablaba Paz de deseo y placer, no de amor, para no confundirnos con lo que conocemos.

Explora él esa diferencia con el explícito o implícito aborrecimiento, en ciertas tendencias cristianas, contra el cuerpo mortal frente al alma inmortal. Esta partición entre el alma sacra y el cuerpo profano proviene de la tradición eclesiástica, no de los evangelios ni del antiguo testamento. Y Paul Johnson lo achaca al maniqueo que quiso dejar de ser maniqueo sin lograrlo, el importante pero muy dificultoso (y para mi gusto, nefasto) San Agustín.

Es indispensable entender eso para colegir cómo es posible que en un templo haya tales imágenes. Dice así Paz:

“El placer sexual es, en sí mismo, valioso. Para los hindúes es uno de los cuatro fines del hombre. Aparte de ser una fuerza cósmica, uno de los agentes del movimiento universal, el deseo (kama) es también un dios, semejante al Eros de los griegos…en su forma más pura y activa, es energía sagrada: mueve a la naturaleza y a los hombres.”

Y luego liga eso con la abstinencia, que ve como un proceso de atesoramiento de esa energía creadora que “transforma su energía en pensamiento y el pensamiento en poder”.

Creo que esto aclara por qué son para una mejor práctica religiosa los templos como los de Kahjuraho, y la concordancia de esa forma de pensar con las disciplinas que aconsejan las grandes prácticas religiosas indias: la hindú, la jainista y la budista.

Hay en Kahjuraho una sección de templos que no son hinduistas sino jainistas, y que muestran el mismo tipo de escultura delicadísima y del mismo estilo explícito de las de enfrente; acaso más delicadas aún.

Lo mas insólito es que mientras mirábamos las esculturas, aparecieron de repente dos monjes jainistas (ya habíamos visto a una pareja a la vera del camino, peregrinando rumbo al templo de mármol de Ranakpur). Pero estos dos monjes son de una tendencia aún más estricta. No sólo no usan transportes ni comen nada de carne, ni legumbres que hayan sido removidas de la tierra; y ejercen una implacable noviolencia ante todo, sino que ni siquiera se visten, para apartarse más del mundo y de sus cosas. Caminan por las calles y entran a los templos completamente descalzos de todo el cuerpo, y sin pelar a nadie. Yo pensaba que estaban confinados a templos o monasterios pero por lo que vi no es así. Andan por las calles tranquilamente en pleno traje de su propia piel.

Y en este país tan inmensamente respetuoso, donde la gente no suele agredie a nadie ni siquiera cuando un viajero impertinente apunta una cámara fotográfica hacia ella, respetan hasta que haya gente que no usa ropa, ni carga nada, no tiene credencial de elector ni usa dinero y desde luego no paga impuestos. Quién sabe qué nombre tengan o cómo sean conocidos por el tremendo ogro burocrático que es el gobierno de India, pero los dejan ser y hacer lo que ellos quieren hacer, que es alcanzar la liberación de su alma a base de una vida extraordinariamente estricta y limitada, con trances sin duda riquísimos de meditación, y bastante más limitados que los célebres monjes cartujos.

Imagino cuánto se necesita de cultura y civilización para que un país pueda prohijar tendencias religiosas y místicas de este calibre. India da espacio para la expresión y convivencia de religiones tan diametralmente contradictorias como la hindú y la musulmana; aquí florecen interpretaciones tan extremas como las de los jainistas buscadores de la pureza y el dominio sobre el cuerpo, que ni ropa usan, y a quienes probablemente conoció con admiración Alejandro Magno (aparentemente eran ellos los gimnosofistas, refiere Paz). Y todo eso continúa vivo en 2010.

Las causas y consecuencias de que tales cosas ocurran son enormes y sorprendentes. En India es posible para los pavorreales volar libremente sin ser cazados; he visto parvadas de pericos, una de ellas posándose en la altísima estupa que celebra en Varanasi el lugar donde Siddarta Gautama Buda dio su primera enseñanza, y cerca de donde hay un baniano que resulta nieto del árbol donde se dice que nació Buda. Hay templos repletos de changos a quien nadie ataca; árboles que nadie toca. Y monjes que se conducen así, con plena libertad.

Un país que da tanto espacio a tantas manifestaciones de la libertad humana, tiene que ser muy, pero muy grande y muy valioso.

 

• India

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