LUNES, 31 DE MAYO DE 2010
El virus de la "sabiduría infusa"

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El punto sobre la i
“El gobierno es, esencialmente, poder frente al ciudadano. ¿Qué lo justifica?”
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“Le llamo virus de la sabiduría infusa a la perniciosa creencia de que podemos ahorrarnos las fatigas del razonamiento lógico y del análisis de los hechos recurriendo a “un buen rollito” o a unas cuantas etiquetas prejuiciosas.”


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Le llamo virus de la sabiduría infusa a la perniciosa creencia de que podemos ahorrarnos las fatigas del razonamiento lógico y del análisis de los hechos recurriendo a “un buen rollito” o a unas cuantas etiquetas prejuiciosas. Esta creencia irracional nos lleva a vivir muy satisfechos en el error. Incluso conjeturamos que si acaso estuviésemos equivocados ello no tiene consecuencias: no importa vivir en el error, cavilamos, siempre y cuando nuestro error sea socialmente aceptado.

No es difícil, además, conseguir esa aceptación social. Mientras nuestras opiniones y juicios no susciten escándalo, mientras nuestras cómodas mentiras sean toleradas porque son mentiras compartidas, las señales internas de alarma que debieran alertarnos dejan de funcionar.

Dos ejemplos cosechados la semana pasada, entre muchos:

  1. Un político, calificado desde hace más de 40 años como “muy inteligente” y como “prometedor líder en ciernes”, asegura que esta crisis global es culpa de los tecnócratas. Por lo tanto, advierte desde la tribuna parlamentaria (así le dicen los cursis), que “dejarles la solución de la crisis a los tecnócratas es como poner a un vampiro a cargo de un banco de sangre”. Aplausos fervientes para esta joven promesa de la tercera edad. Porfirio Muñoz Ledo, dicen los conocedores, “se aventó un buen rollito” al decir lo anterior. Es un “rollito” insostenible intelectualmente pero perfectamente funcional en sociedad. Da para seguir como político “prometedor”, aun en vísperas de cumplir los 77 años.
  2. Un “analista” ofrece a los lectores de sus colaboraciones en un periódico que hará exámenes pertinentes del acontecer económico, para que sus lectores tomen mejores decisiones. En lugar de ello ofreció esta semana una farragosa especulación, políticamente correcta eso sí, acerca de la que considera una terrible impertinencia lingüística: un funcionario público usó un símil coloquial (“bache”) durante una exposición pública. El “analista” confiesa sin rubor lo que considera de veras importante: “el razonamiento y la conclusión (del funcionario) no se discute (sic); sin embargo (…) la metáfora es desafortunada”. ¿Debemos concluir que lo importante de la tarea del funcionario no es conducir responsablemente las finanzas públicas o la política monetaria, sino acuñar “metáforas afortunadas”? ¿Afortunadas, además, a juicio de quién?, ¿de un experto que no sabe lo que es la concordancia gramatical e ignora que al empleo de dos sustantivos (“razonamiento y conclusión”) corresponde el uso del verbo en plural (“discuten”) y no el uso del verbo en singular (“discute”)? También este del “analista” se trata de “un buen rollo” que nos ahorra las fatigas de la lógica y que es aceptado socialmente. Da para seguir de “analista”, especializado por cierto en economía, aun cuando lo que se haga sea pontificar, erróneamente además, sobre semántica.

¿Estos autoengaños funcionales en sociedad tienen consecuencias? Sí, aunque no haya alarma interna que nos avise del peligro, porque la hemos desconectado. No sólo consecuencias morales, sino prosaicamente pragmáticas. El autoengaño nos instala en la perpetua incompetencia (socialmente aceptable) que seguirá siendo el mejor abono para nuestros futuros fracasos.

Ya se encontrarán entonces renovados autoengaños (culpar a los demás de nuestros errores, es el más frecuente) para seguir disfrutando de una placentera complacencia social.

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