SÁBADO, 5 DE JUNIO DE 2010
Presunciones infundadas y peligrosas

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“Todo gobierno, por supuesto, va contra la Libertad.”
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“Una presunción infundada se vuelve “dogma indiscutible”. Y nos pone en el umbral de sufrir restricciones odiosas, inútiles para el propósito que se predica, que pueden lesionar la confianza en la libertad de cambios.”


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Hace años trabajé en una revista de negocios, famosa entre otras cosas porque año con año difundía un informe sobre las 500 empresas más grandes de México, de acuerdo con indicadores como: ventas, número de empleados, activos, pasivos, exportaciones, importaciones y otros. Año con año se procuraba añadirle valor al informe con nuevos indicadores y elaborando a partir de los datos nuevos análisis.

Sucedió una vez que, procesado el cúmulo de datos, a uno de los jóvenes analistas le llamó la atención una anomalía: durante el año objeto de análisis las empresas habían disminuido notablemente sus activos; la caída en los activos se verificaba no sólo en el promedio, sino que se confirmaba con otras mediciones, como la mediana, así como en la inmensa mayoría de los casos individuales. En contraste, había crecimientos anuales, los previsibles, en todos los demás indicadores. Lleno de entusiasmo el analista empezó a formular hipótesis. Tarea peligrosa si el entusiasmo no es atemperado por la prudencia y el rigor analítico. Se le ocurrió una explicación que no sólo le pareció plausible sino de “gran valor noticioso”: las empresas mexicanas –concluyó fascinado- falsearon la información acerca de sus activos, minusvalorándolos, para eludir el pago del impuesto recién creado del dos por ciento a los activos.

Tan insólito “hallazgo” era tan falso como excitante.

En realidad la anomalía tenía su origen en un error elemental en el procesamiento de los datos: quienes los ordenaron confundieron una columna con otra: ¡tomaron como el año posterior el que en realidad era el año anterior! Los activos reportados habían crecido, no disminuido.

Desde hace días avanza en la opinión pública, inexorable como mancha de aceite, la presunción de que una abundancia de dólares en efectivo (que aún está por comprobarse) indica sin lugar a dudas que el crimen organizado está lavando cuantiosos montos de dólares en billetes, cambiándolos por pesos. Esa presunción infundada está avalando, a su vez, la peligrosa ocurrencia de poner trabas y prohibiciones al intercambio de divisas en efectivo. Todo ello gracias a la peregrina lógica moralista de que lo más eficaz para evitar una conducta indeseable es prohibir el uso del instrumento que, suponemos, sirve para el delito. Como si lo más inteligente para evitar los accidentes en las carreteras fuese prohibir la fabricación de automóviles.

¿A nadie se le ha ocurrido que miles de familias mexicanas, aleccionadas por las experiencias traumáticas de grandes devaluaciones del peso (1976, 1982, 1986, 1994-1995), ven en la tenencia de dólares en efectivo un mecanismo barato y accesible para ahorrar y precaverse en caso de “malos tiempos”?, ¿acaso nadie sabe que esos “guardaditos” caseros de dólares en billetes son ahorros que quedan a salvo de los instintos depredadores de políticos desaprensivos, como lo fue José López Portillo cuando decretó de un plumazo un tipo de cambio muy inferior al del mercado para esos dólares “mexicanizados” que se habían depositado en los bancos?, ¿no saben que esos ahorros caseros suelen ser cambiados a pesos, todos o en parte, cuando hay apuros económicos?

Una presunción infundada se vuelve “dogma indiscutible”. Y nos pone en el umbral de sufrir restricciones odiosas, inútiles para el propósito que se predica, que pueden lesionar la confianza en la libertad de cambios. Como lo veo, lo digo.

• Cultura económica

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