VIERNES, 20 DE AGOSTO DE 2010
Homosexuales, ¿otra vez al clóset?

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Mercado significa libertad para producir y libertad para consumir. Atacarlo es atacar la autonomía de la voluntad.”
Antonio Escohotado


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“Si yo fuese lesbiana –que no lo soy, ojo señores- lo penúltimo que me interesaría sería casarme con mi pareja –una cosa es encamarse y pasarla bien y otra matrimoniarse- y lo último que desearía hacer es adoptar a una huérfana o a un huérfano. Vamos, si una va a romper las reglas hay que romperlas todas de una vez, digo yo.”


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Todo este afán de la progresía occidental, en diversas latitudes del mundo hay que advertirlo, por la promoción del matrimonio y de la adopción para los homosexuales me resulta extraordinariamente absurdo. Me explico, antes de que los progres me tiren ajos y cebollas previos a la ceremonia de incineración en leña verde.

No tengo nada, de veras, contra las libérrimas preferencias sexuales de cada cual, siempre y cuando los gobiernos –cualquier gobierno– no quieran entrometerse en mi cama. Ya nos dicen las autoridades, a horas y deshoras, que no fumemos, que no comamos fritangas, que no usemos bolsas de plástico para llevar las compras del supermercado, que comamos frutas y verduras, que nos sintamos orondos por ser mexicanos y mexicanas bicentenarios, que no compremos antibióticos sin receta médica y quién sabe cuántas cosas más. Pocos espacios nos quedan para sentirnos libres a plenitud y a gusto, sin la mirada del déspota benevolente encima de nosotros. Uno de esos espacios de libertad intocada –hasta ahora- es el del afecto personal y sus consecuencias, que incluye desde esos amores que los antiguos llamaban de benevolencia y auxilio mutuo (amistad, hermandad, amor filial, solidaridad, como quieran llamarle), hasta el terreno escarpado, placentero, y no pocas veces tormentoso, del amor concupiscente, del ayuntamiento carnal. Cada cual elige, bien o mal, ya el tiempo lo dirá, qué hace en ese terreno, con quién y cómo. No son asuntos, entiendo, para andarse ventilando en la plaza pública ni para someterse a referendo o plebiscito.

Entiendo que si una ha elegido tener una pareja estable que no sólo comparte con una el lecho y el techo, sino también el mismo sexo, desee dar a conocer ese hecho a los demás sin mayor estridencia y proporcionar a la pareja (o que ésta nos la proporcione a nosotros) cierta seguridad, sancionada por leyes y reglamentos, de que nos haremos cargo de ella, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, en la juventud y en la vejez, y demás. Dicho de otra forma: si uno quiere mucho a alguien y quiere que se beneficie de las bondades (si las hay) de su seguro social y de su fondo para el retiro, ¡perfecto! Resolver ese deseo amoroso de cuidado del otro o de la otra puede hacerse de múltiples formas, digamos mediante un contrato civil de asistencia mutua y convivencia, a través de una cuenta mancomunada en el banco o hasta con la conformación de un fideicomiso. ¿Qué necesidad hay, entonces, de hacer imitaciones inopinadas del matrimonio convencional? No lo entiendo. Lo que sí entiendo es que la mayoría de quienes promueven el llamado matrimonio gay (los medios de comunicación tienen una capacidad infinita de banalizar todo mediante las etiquetas y una de ellas es esta de reducir el asunto a si el casamiento fue “gay” o “de los otros”) no tienen la menor intención de casarse en una boda gay, mucho menos creo que vayan a salir corriendo al DIF a buscar una bebita o un bebito que “bendiga su hogar” con sus sonrisas y sus berridos a medianoche para que alguien le cambie los pañales. No me la creo. Si lo hacen es porque tienen nostalgias insospechadas por todo aquello que se consideraba ortodoxo antaño, quieren que mami y papi (y abuelito o abuelita, y cura o curita, y jefecito o jefecita en el trabajo) dejen de verlos “diferente” porque no formaron una familia “normalita”, heterosexual, en la que papá tiene un pene y mamá tiene una vagina. Es decir, son rebeldes vergonzantes, apenados de salirse de la norma burguesa y convencional.

Una amiga, llamémosla Gertrudis para no exhibirla en público, que lleva en su haber un par de divorcios tormentosos y atribulados, amén de cinco o seis relaciones “difíciles” con otros tantos individuos masculinos, vivía disgustada porque sentía –me dijo– que el resto de sus amigas no le dábamos un trato “normal”. Por ejemplo, nadie hablaba a su casa para felicitar al señor de turno por su santo o su cumpleaños (el onomástico del señor, obviamente) y en cambio algunas sí solíamos enviar alguna felicitación a los maridos de las demás amigas. Por más elocuencia que le puse a mis argumentos, no logré que mi amiga entendiese que, más allá de otras razones reales o imaginadas, se trataba de problemas de índole práctica: “¿Cómo diablos quieres que sepa siquiera cuándo es el cumpleaños de tu pareja si ni siquiera sé si tu pareja de hoy es el mismo sujeto que me presentaste hace seis meses? No hay manera de seguirte el ritmo, amiga, no hay agenda que aguante tantas actualizaciones y tan frecuentes”. Por fin, uno de los sujetos masculinos que fue pareja de mi amiga, Carlitos se llamaba, tuvo a bien durar más de seis meses sosteniendo una relación “estable” con Gertrudis y en una cena tuvo la ocurrencia de entregarnos a cada una de las amigas de Gertrudis una copia miniatura, protegida con mica de plástico, ¡de su acta de matrimonio civil!, acompañada de esta petición: “A ver si así ya nos tratan como una pareja normal”. A nadie le hizo gracia la ocurrencia, pero Irene (otra amiga que tiene fama de claridosa) fue aún más lejos: le regresó la copia del documento diciendo “Carlitos, de éstas yo me consigo cincuenta con diferentes tipos; el chiste no es tener el papelito, sino vivir como si de veras Gertrudis y tú se tomaran en serio lo que ahí dice”. Por desgracia Irene no se equivocó: tres meses después Carlitos desapareció de la vida de Gertrudis después de una serie de pleitos fenomenales, demandas y contrademandas por la propiedad de un departamentito que compartían e historias de horror… Hoy para Gertrudis el personaje se ha vuelto innombrable (es capaz de clavarte un cuchillo si se lo mencionas) y sólo merece el apelativo de “ése pelafustán delincuente que tanto daño me hizo”.

He contado esta anécdota para ilustrar mi perplejidad. Crecí en un entorno cultural que aplaudía la rebeldía y el rompimiento de reglas y patrones de conducta. Abierta o veladamente admirábamos a quienes se enfrentaban al mundo, a la familia, al gobierno, a la iglesia, a los curas, a los maestros y proclamaban el amor libre y libérrimo sin ataduras ni compromisos. Más aún, algunos de mi generación hicieron cosas que sigo admirando: Juan y Lucía se casaron, se divorciaron y a los tres años volvieron a ser pareja pero jamás volvieron a casarse, “¿para qué casarnos?, me explicó Lucía, no tienes idea de lo divertido y emocionante que es vivir en tórrido amasiato. Me encanta espantar a la gente presentando a Juan como mi amante o como mi concubino”.

En fin. Me gustaba más el progresismo de antes y sus rebeldías me sonaban más genuinas. Si vas a romper con las convenciones, rompe con ellas en serio, no te andes con medias tintas. Si vas a salir del clóset, salte de él, pero no te quieras regresar a escondidas al armario de la hipocresía exhibiendo copias del acta de matrimonio con tu pareja. ¿O será miedo a que los expulsen del club? No entiendo. De veras.

• Demagogia • Adopción • Sexualidad progresista

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