JUEVES, 23 DE SEPTIEMBRE DE 2010
Después de la fiesta

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“La fiesta del bicentenario puede haber sido divertida, como lo fue para Porfirio Díaz la que organizó para el centenario en 1910. Pero las fiestas no nos dejan nada. En cambio el conocimiento y la reflexión histórica nos permiten construir un mejor futuro.”


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Quizá el peor error de las celebraciones del bicentenario de la independencia de México es haber desperdiciado la oportunidad para reflexionar sobre la historia de nuestro país y sobre las lecciones que ésta tiene para el futuro.

La historia tuvo, efectivamente, un papel muy reducido en unas celebraciones que se distinguieron más bien por construcciones fastuosas e incompletas (como la emblemática Estela de Luz que, con suerte, estará lista en un año), desfiles de carromatos (como de carnaval brasileño o Disneylandia), espectáculos de luz y sonido y conciertos de artistas de todo tipo.

En la parte histórica el gobierno panista no hizo más que repetir los mitos creados por los grupos de poder del pasado y que convierten, contra toda la información histórica, a Miguel Hidalgo en el consumador de la independencia y a Agustín de Iturbide en un traidor.

El presidente Calderón cayó en un toque morboso copiado de Porfirio Díaz cuando ordenó sacar del interior de la Columna de la Independencia los huesos de los héroes de la independencia y los hizo desfilar con honores militares por el Paseo de la Reforma con el fin de depositarlos para su exhibición pública en el Palacio Nacional. El supuesto gobierno laico mexicano no tuvo mejor idea que sacar los huesos de sus santitos en una procesión.

Mientras el país perdía el tiempo con cenas, desfiles, conciertos, espectáculos de luz y sonido, y despliegues pirotécnicos, faltaba el elemento fundamental. Casi ningún político o funcionario recordó que la razón real del festejo era reflexionar sobre la historia del país. ¿Por qué estalló la rebelión del 16 de septiembre de 1810? ¿Cuáles eran los objetivos del cura Miguel Hidalgo? ¿Buscaba realmente la independencia? ¿Por qué se distanció de Ignacio Allende y de otros líderes de la rebelión? ¿Por qué permitió u ordenó las matanzas indiscriminadas de españoles –hombres, mujeres y niños—en la alhóndiga de Granaditas, Guadalajara y Valladolid? ¿Cuál era la motivación de Morelos? ¿Por qué el movimiento se fue desvaneciendo hasta perder casi toda relevancia? ¿Por qué Iturbide cambió de bando y decidió impulsar la independencia?

De mucho nos habría servido el bicentenario si hubiéramos podido tener una discusión abierta e histórica, no patriotera, sobre estos temas. Pero habría sido incluso más útil si nos hubiera llevado a preguntar por qué si la independencia sirvió para impulsar un desarrollo espectacular en Estados Unidos en México sólo generó conflictos y empobreció al país durante décadas. No habría sido mala idea, de hecho, si con el pretexto del bicentenario hubiéramos financiado estudios para determinar si realmente hemos avanzado o hemos perdido terreno frente a otros países desde la independencia.

La fiesta del bicentenario puede haber sido divertida, como lo fue para Porfirio Díaz la que organizó para el centenario en 1910. Pero las fiestas no nos dejan nada. En cambio el conocimiento y la reflexión histórica nos permiten construir un mejor futuro.

• Historia no oficial • Centenario y bicentenario

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